Editorial: Contra la violencia sexual

Editorial: Contra la violencia sexual

13 de junio 2014 , 08:18 p. m.

Desde el comienzo de la primera cumbre sobre la violencia sexual durante la guerra, que fue inaugurada el pasado martes 10 en Londres, quedó claro que ha llegado la hora de que el mundo entero sepa que la vergüenza jamás debe caer sobre la persona que ha sobrevivido a una violación, sino sobre la persona que ha sido capaz de cometerla. La cumbre fue, no cabe duda, un acontecimiento que marcará un antes y un después: no había precedentes de que se encontraran –a reivindicar a las víctimas que soportan semejante horror en secreto– delegaciones de cerca de 150 países, organizaciones no gubernamentales, grupos religiosos, conjuntos de abogados, investigadores militares y ciudadanos conscientes de la ignominia.

Este viernes, luego de cuatro intensos días de reunión en los que no faltaron las radiografías más crudas de la violencia sexual en regiones agobiadas por los conflictos armados, se había avanzado enormemente en la comprensión de que la violación no tiene por qué hacer parte de la guerra; ni la conflagración, ni la pobreza, ni nada –se oyó desde el martes en boca de religiosos, de sicólogos, de filósofos– pueden legitimar, justificar, hacer posible una agresión de carácter sexual. El mundo entero tiene que impedir lo que sucedió en Congo, en Ruanda, en Sierra Leona, en Bosnia, en Colombia: millones de mujeres fueron violadas, como botines de guerra, como daños colaterales, en medio de aquellos genocidios.

Fue el miércoles 11 cuando un grupo de prestigiosas profesionales colombianas presentó al mundo lo que ha sucedido en el país, en materia de agresiones sexuales, durante el prolongado conflicto armado que se ha estado malviviendo. Y fue la valiente subeditora de EL TIEMPO Jineth Bedoya, superviviente de la barbarie paramilitar, quien se atrevió a llamar las cosas por su nombre: en América Latina y en otros países, dijo, el machismo endémico, arraigado, profundo, no solo sigue tolerando sino que sigue promoviendo la violencia sexual, y entonces las víctimas suelen ser invisibles salvo cuando –por medio del infame “ella se lo buscó”, poniendo la cultura machista por encima de la misma ley– son obligadas a sentirse culpables.

Se habla, acá en Colombia, de dos millones de mujeres víctimas de violencia sexual por causa del conflicto armado: una vergüenza difícil de superar para cualquier sociedad. Habría que reconocer sin embargo que, aun cuando esté demasiado lejos el fin de la cultura machista, y cada día estén todavía en riesgo, en las zonas de la guerra, tantas y tantas mujeres, el presente gobierno –en consonancia con sus políticas de víctimas y sus esfuerzos por poner en la agenda el tema de la violencia sexual– ha tenido el valor de ponerle el pecho al asunto.

Tanto los paramilitares como los guerrilleros, los unos como otra de sus muestras de poder y los otros como otra de sus demostraciones de fanatismo, han sometido a las mujeres que se han encontrado por los caminos de Colombia a lo largo de estas décadas sangrientas. El Gobierno colombiano no podría obrar de manera diferente a la que ha elegido en estos últimos años: un poderoso lugar común de esta primera cumbre en Londres, avalado por las intervenciones de líderes de todo el mundo, ha sido el llamado a contar la propia historia para que llegue la paz a cada víctima, para que jamás se olvide que la violación no es una posibilidad, para que los hijos producto de una agresión sexual sean recibidos en una sociedad que no tolere la barbarie. Ni la impunidad, que es otra vergüenza.

 

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