Voto por la paz y las reformas

Voto por la paz y las reformas

El presidente Santos ha realizado esfuerzos serios y valerosos.

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13 de junio 2014 , 07:03 p. m.

Cuando el expresidente salió de la Fiscalía General de la Nación, a donde, según lo anunció profusamente, llevaría las pruebas sobre la supuesta recepción de dineros calientes en la primera campaña presidencial de Juan Manuel Santos, e hizo limpiar sus botas embadurnadas de bosta caballar, él, que no conoce de semiología, estaba enviándole un mensaje desinstitucionalizador al país: “¡La justicia me importa un bledo!”.

No presentó, sin embargo, ninguna prueba contra el primer magistrado. Simplemente buscaba desplegar una cortina de humo frente al fenomenal escándalo por las maniobras de espionaje promovidas por su disfraz y, de paso, dejar el tufo de su demoniaco heroísmo en los pasillos del Búnker.

Mas no por ello podría inferirse que dicha representación simbólica (la de embolarse los zapatos a la salida y no a la entrada como debió haberlo hecho un individuo decoroso) fuese sólo producto de su proverbial arrogancia. No. Esa fue otra de sus conscientes embestidas contra la majestad de la justicia a la que teme tanto como al fantasma de su sombría trayectoria, porque sabe que aquella es la base de la democracia y de la paz.

Quienes han padecido la “ética de la barbarie” de sus dos gobiernos, saben que al obsesivo-compulsivo cacique no le conviene ni le interesa la convivencia democrática interna ni las relaciones armoniosas entre los países de la región.

Pero ese es el talante del operador político sin escrúpulos, chasquear los dedos y hacer que aparezcan y caigan de hinojos los más débiles de espíritu y las conciencias más frágiles ante él. Mendigos de poder o en capacidad de serlo que, por sus “afinidades electivas” o por franca desviación del buen gusto social, contribuyen a colectivizar el miedo y a propagar las falacias, en que fundamenta su reputación autoritaria, para desplazar la capacidad de razonamiento de los ciudadanos, que algunos medios reproducen como si se tratara de la palabra iluminada de un demiurgo.

Hemos llegado al punto en el que amplias capas de la sociedad justifican tales comportamientos y, sin rubor alguno, hacen pasar como clarividente lo amoral y como digno de encomio lo abusivo; naturalmente, la consecuencia es un país anómico y perturbado. Sin embargo, no deja de ser esperanzador que, para muchos colombianos, la persistente y prolongada dependencia de montajes informáticos, mentiras y simulaciones como base del ejercicio público, enfrentada a sólidas y concluyentes pruebas en contrario, esté alcanzando niveles que llaman a alarma y causan repudio entre la ciudadanía decente.

En sentido inverso, el presidente, que, como decía Thomas Hobbes, intenta arreglar los desórdenes heredados, ha realizado esfuerzos serios y valerosos para construir y darle sostenibilidad a un proceso complejo y lleno de riesgos como el de la paz -que cuenta con enemigos muy poderosos- con una de las insurgencias más antiguas del mundo; se propone iniciar un proceso de diálogos con el ELN para asegurar así la superación definitiva del conflicto armado interno y evitar que las próximas generaciones se vean implicadas en la guerra fratricida. Asimismo, sus esfuerzos por restablecer y normalizar las relaciones con los países vecinos que el gobierno de la “Seguridad democrática” rompió irresponsablemente, constituyen logros notables que el país registra con gratitud.

Además, el más reciente acuerdo sobre el reconocimiento de las víctimas y la eliminación del servicio militar obligatorio, son marcas respetables de gobierno que le confieren al presidente Santos la confianza necesaria para su victoria en la segunda vuelta, este 15 de junio, frente al proyecto neofascista que encarna su opositor.

Alpher Rojas C

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