La vida secreta del compositor de la música del Himno Nacional

La vida secreta del compositor de la música del Himno Nacional

Un investigador de 25 años prepara libro con los pormenores de la vida del músico Oreste Sindici.

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13 de junio 2014 , 05:48 p.m.

Una vieja tumba en el Cementerio Central con errores de ortografía, los vestigios de su historia regados por el mundo y tal vez el recuerdo fugaz del colegio, ese en el que decían que él, el italiano, era el que había compuesto la música del Himno Nacional, son los recuerdos vagos de una sociedad en deuda con su historia.

Eso inspiró a Alexánder Klein, de solo 25 años y recién graduado como músico y compositor teórico en la Universidad de Los Andes, a indagar en la historia de la música colombiana. Así se topó con el capítulo que cambió el curso de sus días, el de Oreste Sindici, aquel genio de la música, el educador que murió solo, endeudado y con reconocimientos mínimos por lo que sus enseñanzas musicales le dejaron a la sociedad bogotana. “La gente no dimensiona que él fue el compositor de la música del Himno Nacional, el que escuchamos todos los días”.

En hemerotecas, archivos antiguos, páginas web y museos, Klein encontró tantos tesoros que hoy ya es un hecho que publicará, y lo dice sin titubear, el libro más completo del italiano. “Soy su biógrafo y voy en rescate de todas sus obras musicales religiosas, escolares, sus misas, sí, las que hacían parte de la vida bogotana”, dice.

Pero no solo eso. Recorrió sus pasos desde que nació ese 31 de mayo de 1828 en Ceccano (Italia), dato que corroboró en la parroquia donde fue bautizado. “En todos los registros estaba mal su fecha de nacimiento, como 21 de mayo”, cuenta indignado.

Documentos, hallados en Italia, revelarían que a los 3 años murió su padre y que su niñez transcurrió en un hospicio apostólico de Roma mientras su madre contraía matrimonio con otra persona. Fue casi un huérfano. “Estudia canto y a los 25 años debuta como tenor en varias compañías de ópera. Con sus conciertos tuvo buenas críticas, pero, a fin de cuentas, su profesión, en Italia, no era una novedad; era uno más”, dice Klein.

En una carta que permanece en el Archivo Histórico de Cartagena de Indias, condenada a ser carcomida por el polvo, se evidencia la llegada del barco en el que arribó Sindici desde Oporto (Portugal), el 12 de octubre de 1862. Partió porque no tenía familia, tal vez aventurar le daba sentido a sus días.

Aquí encontró la venía de los más fino de la sociedad bogotana. Claro, era el extranjero. Sindici fue grande en la temporada de ópera de 1865 en Bogotá. Hizo vibrar al teatro Maldonado, demolido a finales del siglo XIX para construir el Colón. Vio la gloria sin buscarla, y fue aclamado por la damas de la élite, que le pedían que fuera el maestro de sus hijas cuando la música era uno de los pocos oficios permitidos para el género, y hasta le dedicaban poemas. Era visto como un mesías de la ‘verdadera civilización’.

Como profesor dejó su mayor legado. Amaba enseñar. Así formó una compañía de zarzuela infantil en 1879 y estrenó tres obras musicales para niños. “Lamentablemente, ninguna de estas ha podido ser localizada, aunque sobreviven los libretos de dos de ellas”, se lamenta el investigador.

Aquí también conoció el amor. Una cubana de padres franceses. “Mi bella Justina Jannaut”, le escribía en cartas de amor cuando la distancia en un país sin vías los mantenía alejados meses, años. Con ella se casó en 1866, en la Catedral Primada de Bogotá, y tuvieron cuatro hijos; un hombre y tres mujeres, y de ella se despidió en medio de lágrimas cuando tuvo que soportar su partida prematura, en 1894, en Nilo (Cundinamarca), donde Sindici adquirió una hacienda que aún existe y de la que partió, en quiebra, otra vez a la capital.

Tuvo que despedir a dos de sus hijos. A Oreste Justino, su único varón, lo asesinaron; María Teresa murió muy joven, y Eugenia y Emilia permanecieron solteras y sumidas en la tristeza esperando a que algún gobierno reconociera la composición musical de su padre. Apenas en 1938 el Museo Nacional realizó la compra de la partitura del Himno. Nadie más honró la vida de su padre. Es tanto así, que en una de las casas en donde vivió Sindici en Bogotá durante décadas, en la calle 14 con carrera 15, hoy hay un taller de motos. “Lo bonito es que los mecánicos se saben la historia, incluso que una placa conmemorativa fue retirada por la Academia Colombiana de Historia. Iba a ser robada”, contó Klein.

Sindici murió el 12 de enero de 1904 en una casita en el barrio Las Aguas que hoy no existe. Se fue con la humildad que lo caracterizó, la misma con la que ofreció conciertos gratis para recaudar fondos para los establecimientos de caridad.

Todavía hay mucho que contar, sí, del hombre al que le debemos ese júbilo inmortal cada vez que escuchamos el Himno Nacional de la República de Colombia.

Carol Malaver
Redactora de EL TIEMPO
Escríbanos a carmal@eltiempo.com

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