Las mamás de los futbolistas colombianos hablan de su crianza

Las mamás de los futbolistas colombianos hablan de su crianza

Seis mamás de la Selección Colombia nos cuentan cómo llevaron a sus hijos al éxito.

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11 de junio 2014 , 03:57 p. m.

 

Su relación con la pecosa empezó a temprana edad. Suena a frase de cajón, pero desde niños los jugadores de la Selección Colombia sabían a lo que se querían dedicar. Y sus padres, con ese olfato aguzado, se dieron cuenta y los motivaron a aprender a darle patadas y cabezazos a esa pecosa cuando apenas salían de la primera infancia.

Era tanta su devoción por este deporte que al Niño Dios siempre le pedían balones o guayos, y en la adolescencia, cuando es común no saber para dónde se va en la vida, repetían hasta el cansancio que querían ser futbolistas. Uno de ellos, Adrián Ramos, incluso llegó a inquietar a Anayiver, su mamá, porque “tenía cuatro costales llenos de pelotas y quería más”.

Y podría sonar a frase típica de madres orgullosas, pero si ellos tenían claro lo que querían ser en la adultez, ellas, como en una especie de epifanía, lo presentían. Beatriz, la mamá de Stefan Medina y furibunda hincha del Nacional, equipo en el que juega su hijo, se arriesga a decir que desde que él estaba en su vientre ya anunciaba con pataditas, cuando se lo preguntaba, su intención de ser futbolista y, por supuesto, del equipo de los amores de su familia. ¿Exageración o una extraña revelación? Eso solo una mamá lo sabe.

Por eso, quién mejor que ellas para contarnos cómo se desató esa pasión futbolera, por qué ellos tenían esa certeza de lo que “querían ser cuando grandes” y por qué, a diferencia de muchos compañeros de lucha que se quedaron en el camino, sí están cumpliendo sus sueños. ¿Acaso se nace para ser un líder, héroe o campeón, o cualquier mamá puede criar hijos triunfadores?

En la crianza no hay pociones ni fórmulas mágicas, pero sí dos ingredientes que son el alimento esencial para formar seres capaces de asumir con entereza los éxitos y las derrotas: el amor y el buen ejemplo. Lo dicen las mamás de Adrián Ramos, Juan Fernando Quintero, Juan Guillermo Cuadrado, Fredy Guarín, Stefan Medina y Camilo Zúñiga. Pero ese amor debe ser del bueno. El que no espera nada a cambio, salvo la realización y la felicidad del ser amado. Y a esto súmenle mano dura. Disciplina o rigor, diría Radamel, el padre del Tigre de la Selección. Algo que comparte Fredy, el papá de Guarín.

Por eso cuando se le pregunta a Radamel, papá, lo que más admira de Carmenza Zárate, la mamá del jugador samario, resalta y agradece ese rigor con el que formó a su hijo. “Fue fundamental para que a sus escasos 15 años, cuando se fue a vivir solo a Buenos Aires, Argentina, aprendiera a manejarse con responsabilidad. Ayudó que desde niño ha sido tranquilo y serio con sus cosas, por eso nos llamaba para contarnos cuando los amigos lo invitaban a fiestas. Pero no iba, porque sabía que si quería ser un futbolista profesional debía madrugar a entrenar”, recuerda.

En otros casos se necesitó mano más férrea. Anayiver Vásquez, desde su casa en Villa Rica (Cauca), confiesa que tiene muy claro el día que su hijo, a sus 17 años, recibió rejo. Y aún hoy, 10 años después, no se arrepiente de haberlo hecho. “En ese entonces ya estaba con el equipo América de Cali y yo le había dicho que cuando volviera del entrenamiento tenía que lavar el uniforme, y en lugar de eso se quedó en la calle jugando con la pelota. Esa fue la última vez que reprendí así a mi morocho”, recuerda.

Anayiver, de 48 años, quien sacó a sus dos hijos adelante como empleada doméstica y requisando caña, no repetía dos veces una orden para que se cumpliera. “Fui muy estricta con mis hijos; no tenía de otra, porque a mi esposo lo mataron y yo me quedé sola con la responsabilidad”. Y vaya que Ramos –jugador del Hertha Berlín de Alemania y que acaba de firmar contrato con el Borussia Dortmund– aprendió la lección: esforzarse, ser humilde y escuchar no solo a su mamá sino a su familia, a su entrenador, a sus compañeros y a sus hinchas, así esté en la cresta de la ola.

Mamá solo hay una

¿Y qué es ser una buena madre? “Es conectarse desde el amor con sus hijos, alimentarlos no solo con comida, sino con sabiduría, buenos consejos, protección, y no descuidarlos frente a los riesgos que enfrentan”, apunta Íngrid Gómez, asesora de procesos de crecimiento interior. Ella y la psiquiatra de familia Olga Albornoz insisten en que, sobre todo, es aquella “que hace a su hijo cada día más independiente”.

Para el terapeuta transpersonal Carlos Morales, una buena madre “procura ser ejemplo de vida y se acepta a sí misma con sus imperfecciones, pero, sobre todo, da a sus hijos la posibilidad de equivocarse y aceptarse sin exigencias ni engaños”.

Al igual que las madres de la Selección Colombia, las madres en general se caracterizan por la capacidad de creer en sus sueños y hacerlos realidad, y eso, precisamente, es lo que les inculcan a sus hijos. “Uno los guía, les da herramientas, pero los deja perseguir sus anhelos, y para lograrlo hay que confiar por entero en ellos. Es parte del proceso”, agrega Marcela Bello, la mamá de Juan Guillermo Cuadrado. Ella recuerda que con fe ciega creyó en su palabra cuando le prometió que si lo dejaba irse a vivir solo a los 14 años para ser futbolista no la iba a defraudar. “Y así lo hizo”, dice Bello, que ahora ya en tiempos de cosecha, como califica este periodo por el que atraviesa, dejó Necoclí (Antioquia), y su trabajo como digitadora en un hospital para acompañarlo en Italia, donde es uno de los jugadores estrella del Fiorentina.

Hablar de hacer hijos campeones puede sonar pretencioso y hasta utópico, pero no es así. Se trata de formar campeones de la vida o estrellas de su propia historia personal, no de crear rutilantes figuras del fútbol, las artes o la ciencia, como si se tratara de una raza superior y con la falsa idea de que solo estos ídolos de multitudes alcanzan la felicidad. “La cuestión es criar personas normales, que se sientan exitosas, tranquilas, creativas, autosuficientes, felices con sus decisiones afectivas, laborales y económicas, porque vienen a este mundo a cumplir sus sueños o expectativas, no los de sus padres”, explica Albornoz.

Y eso es lo que se advierte en jugadores como Stefan Medina o Fredy Guarín, por citar algunos. Ellos eligieron sus caminos, y sus padres los apoyaron. Nacieron en hogares con distintas condiciones, pero los identifica ese deseo vehemente de saber a lo que se querían dedicar de por vida. Medina creció en una familia de empresarios paisas y eligió el fútbol como profesión, y Fredy Guarín, hijo de una empleada doméstica y un vigilante de Puerto Boyacá, hizo lo propio. Tienen en común esa pasión desbordada por un balón, las ganas de crecer y la fortuna de contar “con una madre como sostén emocional de la familia”, precisa Morales, terapeuta transpersonal.

Mamá y papá a la vez, el dos en uno

Si bien lo ideal es que haya una familia constituida por padre y madre, sería ridículo pensar que es así, porque no sucede siempre, como lo advierte Albornoz. Por eso la vida hay que vivirla como viene. Y las familias de los jugadores de la Selección Colombia son una representación en miniatura de lo que es el mapa de las familias del país. Hay mujeres solas, abandonadas o viudas que tuvieron que asumir el reto de ser mamá y papá con todas sus letras.

Y esto no es inconveniente para criar bien a un hijo. Por algo dicen que “el hierro se forja en el fuego y el hombre en las adversidades –apunta Morales–, una mujer guiada por su innato instinto maternal desarrolla su capacidad resiliente para sobreponerse a las dificultades y llevar a sus hijos a superarse, desafiando cualquier obstáculo”.

Esa complicidad madre e hijo, como la que tienen Anayiver y Adrián o Marcela y Juan Guillermo, “ayuda a formar personas más determinadas. Se ha comprobado que hijos que no tienen padre tienden a responsabilizarse más y a aliarse con su madre para hacerle las cosas un poco más fáciles. La necesidad hace que se esfuercen y logren sus metas por sí mismos”, asegura la psicóloga Íngrid Gómez.

Los golpes de la vida también forjan el carácter y dan fortaleza. Suena duro, pero parece que a cada quien le llega la carga que es capaz de soportar. Fredy Guarín, jugador del Inter del Milán, tenía apenas 11 años cuando afrontó la pérdida de su hermana menor, quien murió atropellada por un automóvil. “Eso lo destrozó, pero también se convirtió en su motor para salir adelante; se volvió más guerrero y nuestra familia en medio de esa crisis resurgió de las cenizas, como el Ave Fénix”, cuenta Fredy, su papá.

Por su juicio, valentía y entrega es admirado entrañablemente por Silvia Vásquez, su mamá. Desde temprana edad se convirtió en su mano derecha y en la de su padre y dos hermanos menores. Esa capacidad de sacrificio que lo caracteriza la sacó de ella, enfatiza su padre: “Mientras yo lo acompañaba a jugar sus partidos con Cooperamos Tolima, Silvia, mi señora, se quedaba haciendo empanadas que él llegaba a vender los domingos. Tenía apenas 11 años”.

Prepararlos para el fracaso es otra lección que enseñan con maestría estas mujeres. Lina Paniagua, la mamá de Juan Fernando Quintero, volante de creación de la Selección, recuerda que el mayor momento de crisis lo vivieron tras su lesión hace cuatro años en una final entre Envigado y Pasto en la lucha de los equipos contra el descenso.

“Estuvo fuera de las canchas ocho meses. Yo lloraba sola, nunca me vio hacerlo, pero le inculqué valores espirituales y le dije que a quien está con Dios, nada le falta. Su tristeza aumentaba porque una varilla que tiene en el pie, por una anterior lesión, lo estaba afectando todavía más. Pero se dio cuenta de que este tropiezo o pellizco de Dios, como lo llamé, lo hizo más fuerte”, dice esta mujer que se convirtió en su mamá cuando apenas tenía 17 años. De hecho, contra todo pronóstico, Quintero jugó el Mundial de la Sub-20 en Turquía, y “aunque Colombia no fue campeón, fue el mejor jugador y anotó el mejor gol de ese torneo”, asegura con orgullo su mamá.

De esos primeros auxilios emocionales también entiende mucho Beatriz, la mamá del tímido y serio Stefan Medina, a quien una lluvia de críticas le cayó por su desempeño en las eliminatorias con la Selección. El bullying a través de las redes sociales no se hizo esperar. “Pero a pesar de sus 21 años, me sorprende con su madurez y capacidad de autocrítica. Él mejor que nadie sabe si ha hecho las cosas bien; es su más duro crítico porque, a diferencia de otros seres humanos, no escuda sus fallas en algo o alguien”.

Otra certera lección, y que es el reflejo de un consentimiento sano. “Sí, porque cuando a los hijos se les consiente, en el mejor sentido de la palabra, y no se sobreprotegen, se les enseña que nadie es víctima de nadie, porque si nos quedamos en ese papel seremos como el pescado, que a los tres días ya olemos feo”, explica Albornoz.

Eso es resiliencia, “esa capacidad de superar los embates de la vida, tener entereza y gallardía para afrontar las adversidades y entender que los sueños, el amor y el dinero se ganan”, asegura el médico Rafael Rodríguez. “Es enseñarles que en la vida real también hay estímulos negativos y está en nosotros capitalizarlos como parte del crecimiento porque uno aprende a valorar lo que le cuesta conseguir. Solo se aprecia el agua que se toma cuando se tiene sed”, añade.

La vida es un juego

Ese infinito agradecimiento con sus familias, y en especial con sus madres, es otra constante en estos campeones. Hoy, que están en los gloriosos, devuelven las atenciones y redimen la lucha de sus progenitoras. Y eso pasa porque aun cuando a ellas ningún experto en psicología les dijo que dar amor es como tener una cuenta de ahorros de por vida, están recibiendo los frutos: la realización de sus hijos y su eterno agradecimiento. María Eugenia, que vive en Chigorodó (Antioquia), no se cambia por nadie. “Camilo (Zúñiga) me manda mensajes que me hacen llorar. Me dice: ‘Gracias, Morena, por haberme tenido nueve meses en su vientre y haberme traído a este mundo’”.

Cuando él tenía 5 años lo inscribió en la selección de los Teteritos mientras ella trabajaba largas jornadas en una finca bananera. Hoy Zúñiga, de 28 años, milita en el Napoli, de Italia, y es tan generoso como años atrás cuando debutaba en el fútbol profesional y recibió su primer millón de pesos tras la venta de su pase del Inder de Chigorodó al Nacional. “A cada uno, al papá, a la abuela y a mí, nos dio 200.000 pesos. Dicen que la fama cambia a la gente y más si proviene de una familia humilde, pero él es el mismo: un muy buen hijo”, agrega María Eugenia.

Ser futbolista es más que darle patadas a un balón. Es una profesión difícil en la que están expuestas la autoestima y la valía personal a muchas miradas y juicios. Quizá quien mejor la define es el papá de Guarín: “Un jugador de fútbol es como el euro, baja tan rápido como sube, y así de veloz y dura puede ser la caída”. Y eso nos pasa a todos, futbolistas o no: estamos en el juego de la vida, que es como una carrera de empinados ascensos y vertiginosos descensos.

Ser madre también tiene mucho de eso, insiste desde Italia Marcela Bello, la mamá del bien cotizado Cuadrado: “Lo más gratificante es enseñarle a otro ser humano que no hay que dejarse dominar por el miedo, porque la vida es como un partido de fútbol en el que solo se anotan goles si se toman riesgos, pero mientras se logran, hay que gozarse el juego con los aciertos y las equivocaciones”.

FLOR NADYNE MILLÁN

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