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Patricia Nieto, un yarumo en medio de la selva

Patricia Nieto, un yarumo en medio de la selva

Esta cronista, portadora del testimonio de los que sufren, narra con poesía caricias postreras.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
11 de junio 2014 , 09:40 a. m.

En Sonsón, al oriente de Antioquia, nació en 1968 Patricia Nieto. De haber nacido en un país pacífico, probablemente no se hubiera dedicado a escribir sobre la guerra, hubiera sido jardinera. Pero como ella misma dice que le es imposible pensar en una realidad distinta a la que tiene en frente y de la cual es testigo directa, planta flores con sus palabras para menguar el dolor de las víctimas. (Vea más de la serie Plumas de Antioquia)

Sus páginas, como sábanas blancas que no cubren un cuerpo vacío, abrigan y protegen las voces que construyen la memoria y la historia de un país al que muchos dan la espalda: el nuestro.

Habló con EL TIEMPO.

¿Cómo tener la energía para narrar el conflicto?

Nace de un deseo de que la vida, la existencia, los intereses estéticos y políticos están directamente conectados con el oficio. Cuando se presenta esa conexión es posible tener esa aparente fortaleza para hacer el trabajo.

En mi caso no puedo decir que uno es un roble y que soporta toda la parte emocional y física sin afectarse. Hay que reponerse, hay ciertos momentos en estas historias en las que uno decae, necesita ayuda y se derrumba, pero viene luego la recompensa de que el trabajo fue importante para las personas que contaron su historia.

También porque lleva una información a otros que no tienen idea y se va generando una comunicación simbólica, emocional, entre los que viven las historias y los que las leen y de ahí, pienso que viene una fuente de energía y surge la capacidad para uno mantenerse.

¿La gran recompensa es cuando las víctimas se sienten fielmente retratadas?

La relación con los personajes se construye durante los meses del trabajo y va teniendo recompensas gota a gota: que una fuente quiera repetir un encuentro, volver a contar su historia, que esté receptiva para que uno llame y pregunte cuantas veces corresponda, quiere decir que ha encontrado en uno una relación posible, una conversación posible.

Luego, cuando los personajes leen la historia y sienten que esa representación se parece bastante a lo que ellos vivieron, es otro momento más que de recompensa, de tranquilidad.

Diría que el culmen de la satisfacción es cuando el lector genera un sentimiento hacia los personajes de las historias, cuando uno sabe que ya no son indiferentes. Que la historia de otro colombiano se quedó dándoles vueltas y les provocó una actitud y un averiguar algo más, una opinión, tomar partido por alguien o por la compasión, por el dolor o por la denuncia.

Es muy significativo, porque es cuando uno, como periodista, consigue comunicar.

Puso a escribir a las víctimas, ¿qué, en medio de lo trágico, es lo más bello de leer?

Lo más bonito es cuando las personas a medida que escriben van haciendo poesía, una simbolización de los hechos atroces que vivieron.

Pasan del relato literal del asesinato, de la masacre, del secuestro y producen una frase al final del párrafo que le da una vuelta para convertirlo en poesía. Es lo más bonito de la escritura, cuando uno ve que un campesino logra hacer eso intuitivamente, espontáneamente.

Seguramente les va a doler menos o va a sentir que esa frase bonita logró hacer una caricia para sí mismo y para los suyos frente al hecho violento por el que pasaron.

¿Pueden sanarse o salvarse de lo que padecieron con la escritura?

La escritura alivia, aligera la carga. Pero no cura en este caso el dolor.

Hay tres momentos que uno puede identificar: El momento del horror, cuando la familia o la persona ve cómo asesinan a su esposo, cómo queman el pueblo, la orden de salir o la ráfaga asesinando a todos los hombres de la vereda en el muro de la escuela.

Es un momento horripilante en el que la gente cae en pánico; ver la cabeza cortada o el cuerpo desmembrado, se ve pero no se contempla. El horror es también "vámonos de aquí, cojamos lo poco que tenemos a la mano y a huir".

Después viene el dolor, ese desgarramiento donde ya hay llanto, culpas, recriminaciones, donde no se entiende lo que pasó. Es un tiempo en el que las personas piensan que tal vez se lo están imaginando, se está desgarrado emocionalmente.

Luego viene el sufrimiento. Ya no hay horror, el dolor ha menguado, pero viene el tiempo de aceptar y empezar a sobrellevar esa historia. Ahí es donde la escritura es pertinente y alivia.

Escribir y pensar la historia, con la mano, borrarla, volverla a escribir, reordenar los párrafos, romper las hojas, que es un poco revivir los hechos muchas veces para rearmar el relato, es como la persona tiene la posibilidad de hacer una narrativa que no necesariamente corresponde a los hechos tal y como ocurrieron, sino tal y como él los puede reconstruir tres años después.

Esa creación con palabras permite que el desgarramiento del dolor se vaya apaciguando. El cuerpo y la emotividad arman el relato con principio, medio y fin, y ponen un punto final, que simboliza al testigo no que su sufrimiento terminó, sino que hizo entender a otros lo que le pasó y pudo hacérselo entender a sí mismo.

Es poner en una plana un dibujo, y borrar y borrar, hasta que queda más o menos lo que satisface los propios recuerdos, y esa construcción que es tan íntima, para su primer lector que es él mismo a la vez, alivia el peso del dolor.

¿Cómo es la forma en la que las víctimas narran sus hechos comparada con la que usted lo hace?

Una revelación importante para mí es que ellos suelen ser más directos, más certeros y ese no dar rodeos hace que sus narraciones sean más crueles. Ellos nos están demostrando que el lenguaje simple y llano les permite contar de una manera clara y concreta.

Nos están demostrando que de la guerra se puede hablar sin poner telones ni solapas a la realidad; están adoloridos y sufriendo y logran contarlo con crudeza, con una que si uno escribiera se sentiría mal porque creería que al hacerlo directamente está ofendiendo.

¿Cómo percibe a la mujer?

El hecho de que en muchas crónicas que he escrito haya más mujeres que hombres no fue una decisión. En primer lugar, la mayoría de los muertos son hombres, entonces no hay hombres, por decirlo dramáticamente, para narrar la guerra.

Habría que decir que las víctimas integrales, como decía Primo Levi, son los hombres. Ellos no van a regresar de la muerte para contar la guerra, son las víctimas definitivas si hablamos en cifras.

El segundo rasgo es que las mujeres tienen mayor capacidad para tramitar el dolor con la palabra, por eso hablan más que los hombres, son menos prevenidas, establecen relaciones de confianza y de solidaridad con mucha más facilidad.

Frente a la ausencia de hombres (el padre asesinado, el hijo desaparecido o prestando servicio militar o en un grupo armado), a las campesinas y mujeres colombianas les ha tocado volverse las proveedoras, las cuidadoras y las líderes, llenar ese vacío que han dejado los desaparecidos. Y han sabido ocupar ese lugar.

Sin embargo, a mí me conmueve mucho el silencio de los hombres que sobreviven. Por ejemplo cuando hablo con mujeres mientras en la casa está el hombre, el papá o el hermano en el último cuarto encerrado y lleva tres días sin salir porque está deprimido, tiene miedo o se siente inútil.

Esos hombres que se desplazan a las ciudades y no tienen cómo trabajar en lo que saben, porque él sabe ordeñar o sembrar una huerta, y aquí no hay vacas ni huertas y son ellas quienes se inventan las maneras de proveer.

Ellos se sienten inutilizados, que pierden su condición social de varones y esos golpes a la identidad de lo que son como campesinos en Colombia los arruina y derrumba. Ese silencio me duele mucho. No sé si la sociedad no los oye o ellos tienen mucho dolor encima para hablar o tienen en su memoria un inconsciente de la certeza de la muerte y de la violencia, que prefieren quedarse callados.

Generalmente en las entrevistas la mujer está y el hombre parece una sombra y esa sombra a mí me conmueve.

¿Qué actor de la guerra en Colombia tiene más responsabilidad en el conflicto?

Todos por haber infringido sobre el país y los ciudadanos una violencia sin límites, por haberle propuesto a este país un modo de vida que es una danza de la muerte, en su forma de actuar en la guerra incluso.

Pero pienso que el origen de su responsabilidad sí es diferente. Que el surgimiento de una lucha campesina por la protección de sus territorios y bienes se convirtiera en una guerrilla; que los paramilitares nazcan como un modo de protección de sus tierras y bienes, y se hayan extendido con una crueldad impresionante en todo el territorio, y que el ejército haya virado según los diferentes gobiernos por la urgencia de controlar el orden público al interior, y se haya imbricado con paramilitares, y que estos tres actores hayan recogido al narcotráfico como modo de riqueza, hace que todos tengan una responsabilidad de distinto origen pero con un peso muy importante en el conflicto colombiano.

Siendo por muchas razones más grave la actuación de la fuerza pública y del Estado que ha promovido, provocado y le ha dado cuerda a la máquina de la guerra por lo menos, de conflicto armado 60 años, y de aquí para atrás 150 años de violencia ejercida directamente desde la fuerza pública.

¿Cree que la justicia debe ser punitiva en nuestro país?

La justicia tiene un peso fundamental en el castigo y la sociedad necesita que se castigue a los ofensores. Ahora, qué tipo de penas, no sé, pero debe haber castigo punitivo para los victimarios, porque si no la sociedad va a seguir en un desbalance eterno.

La historia en Colombia ha dado muy pocos ejemplos de que las treguas y las amnistías permitan la reconciliación. La víctima requiere saber que fue reparada en todas las esferas, pero parte de la reparación es que, quien infringió daño sobre su ser querido, sea castigado.

Yo no entro en las formas del castigo, si es el presidio, si es el trabajo social, si es el envío a cárceles lejanas, no sé, ni cuántos años, pero debe haber castigos para los que afrentan.

¿Y cree en los procesos de reparación de víctimas colombianos?

Si no hay una justicia integral, que incluya la punitiva, es muy difícil que se logre porque los ciclos de violencia que hemos tenido muestran que son procesos inconclusos, algo así como dejemos de hablar de esto por un tiempo y 20 años después vuelve a aparecer lo que no se habló, lo que no se selló, lo que no se procesó debidamente.

No puede haber reparación para los colombianos si los mandos militares o paramilitares o guerrilleros que fueron autores de homicidios, además que declaran miles o cientos, se perdonan, o hay una amnistía, como si no lo hubieran hecho. Es borrón y cuenta nueva.

Las sociedades necesitan encarar la verdad, y la verdad lleva a la justicia, y cuando no hay justicia no hay verdad, porque esta no es solo decir "declaro que cometí 300 asesinatos o que di la orden de ejecutar a 300 personas". No. Esa no es toda la verdad: a quiénes, dónde, a qué horas, por qué, dónde están sus cuerpos, devuelva los cuerpos…

Si esos pasos una sociedad no los da, la herida de la guerra nunca va a cicatrizar ni a cerrar.

Parece que a los colombianos no nos da pena, en el sentido de vergüenza civil, que maten a 85 personas en una iglesia con una bomba o que más de cien personas resulten quemadas en Machuca (corregimiento de Segovia, nordeste de Antioquia) o que a un pueblo entren y masacren a todos los hombres. No nos da vergüenza, pero nos da vergüenza decir que hay criminales y que deben ir a la cárcel y hasta ahí llegamos.

¿Tiene mayor protagonismo en los medios de comunicación colombianos el victimario que la víctima?

Llevamos oyendo hablar de víctimas desde hace mucho tiempo, desde finales de los años 80 se hablaba en este ciclo de violencia de los desalojados, los desarraigados, los desprotegidos, porque la palabra desplazados se incorporó muy tarde en el léxico y la prensa está llena de referencias a las víctimas.

Pero el punto de quiebre es que la sociedad colombiana creyó que lo que las víctimas narraron en la prensa durante 15 años era cierto solo cuando los victimarios lo contaron. Es un país que le cree a los victimarios.

Eso trastoca la manera de ver el problema; no es cuántas apariciones estén del victimario o de las víctimas en los periódicos, sino del país que escucha, que lee y cómo legitima esa información.

Cuando HH o el Iguano o Mancuso o Don Berna hacen sus declaraciones es como si fuera el sello de verdad de lo que estas mujeres llevan 20 años denunciando.

¿Nos hemos vuelto inmunes frente al conflicto?

No. Pienso que los ciudadanos generan formas de protección familiar o personal, y es posible que una forma de protección sea no ver las noticias o evitar la conversación para que los niños o adolescentes no la escuchen. Pero yo creo que es tal la afectación que las personas se protegen, de otra manera no lo harían.

Cuando una familia de clase media evita que sus hijos vean la televisión es porque saben que lo está pasando ahí es terriblemente desastroso, entonces hay un reconocimiento de la gravedad de lo que pasa.

No estamos acostumbrados, ni en general los colombianos son indiferentes frente al dolor de los otros, lo que sí siento es que es una sociedad paralizada en la acción política.

El dolor, la molestia, la inconformidad y el desasosiego se viven un poco en privado, pero cuando podrían ir a la plaza pública o a una manifestación masiva, no van. O cuando alguien escribe en un periódico desparpajadamente sobre lo que está pasando dicen que se le está yendo la mano.

Hay un quiebre en la identidad política de los colombianos y eso puede ser un efecto de muy largo plazo de la guerra. Después de 60 años, los muchachos no van a ir ni a votar, ni a protestar, ni a firmar un comunicado público. Ellos arrastran una herencia de silencio de varias generaciones atrás.

En su último libro, 'Los Escogidos', denunció que el Río Magdalena sigue siendo una fosa común, ¿alguien ha intervenido?

Yo no creo que por un libro como el mío vayan a poner vigilancia en la ribera del Magdalena para evitar que los muertos sean tirados, esa es una práctica ancestral de la violencia colombiana.

Quienes tienen en sus manos la solución, ya lo saben. Cómo no va a saber el ejército o el Gobierno que el Río Magdalena es eso si los reportes de levantamiento son elocuentes.

Esta no es una información que revela nada, pero son procesos desconocidos y que sin un campesino cuenta la historia creen que no es cierto. La pertinencia de ese libro es que los que no lo saben, lo sepan, porque quienes pueden hacer algo, ya están enterados.

¿Cómo narrar sin cruzar la línea?

Cuando uno acepta que se está relacionado con personas iguales, con las que tiene mucho tiempo por delante para hablar y a las que va a escuchar más que a preguntarles, va descubriendo los caminos para entrar en esa intimidad y para reconocer los puntos de corte: de aquí no puedo pasar.

Creo que eso lo da muchas horas dedicadas al oficio, de que esas historias se van con uno, uno las sueña, las escribe, las reescribe, las cuenta, las busca en la literatura, en el cine y digamos que se va acercando un poquito a conocer lo que sucede aunque nunca lo va a conocer plenamente.

Se va encontrando el momento en que las puertas se están abriendo, dejar que ellas se abran y no patearlas.

Un secreto es también darse un poquito a la fuente, si ella me cuenta, yo le cuento. Estamos intercambiando historias y aunque la que es importante es la de ella, yo también puedo liberar de lo que soy para que el otro sienta que hay una recompensa en la palabra.

En cuanto a la relación de la ética y estética en sus textos, ¿cómo se filtra la poesía?

En medio del dolor debe haber un poco de cariño, pero no es deliberado. Por ejemplo con Los escogidos, el tono que está ahí es lo que el corazón dicta cuando se está escribiendo, un acto de delicadeza con los sobrevivientes y un acto de ternura con la gente que murió tan cruelmente así ya no esté.

No tuvieron quién los cubriera con una sábana, les cerrara los ojos, les tomara la mano en el momento final… que tengan una caricia postrera. No se puede dejar de contar la atrocidad de la que fueron víctimas pero tampoco podemos dejar que con la palabra con la que uno la cuenta les siga haciendo daño. Que la palabra de la crónica sea otro dardo que se lanza.

Hay que convertirla en una caricia y ese puede ser el balance: En la crueldad un acto amoroso, acompañar al otro en el dolor que es el de la mamá, el del hijo, pero también el que ahí en el libro se está muriendo. Contar esas historias es volver a matarlo en el relato, entonces que esa segunda muerte sea un poco amorosa.

Y eso puede hacerlo el lenguaje, no lo hace el concepto, la interpretación académica, la doctrina religiosa o la proclama política. Lo hace la poética que uno encuentra en su propio lenguaje.

Tal vez me respondería que todo esto ha valido la pena, en caso de ser cierto, ¿por qué?

Es una pregunta con muchos caminos. Ha valido la pena personalmente porque he logrado hacer de un deseo una manera de vivir. Profesionalmente para mí encaja, hago lo que quiero y deseo. Ahora, sé que es un trabajo incipiente, que los libros y los ejercicios son todavía el principio y no es posible decir que es una obra madura, como lo que ha hecho Alfredo Molano que no tiene comparación en este país.

Tengo muy claro que he logrado, persistiendo, conciliar mi deseo con los productos y eso es gratificante.

Por otro lado creo que para los lectores estas historias descubren un país que requiere un cambio de actitud de todos nosotros y si eso ocurre, o si al menos lo piensa alguien, para eso valió la pena.

Y vale la pena también por los estudiantes, porque para mí esa otra faceta de ser profesora en la universidad que enseña periodismo en Colombia (Universidad de Antioquia), es muy importante. Si yo logro dejar una reflexión en los estudiantes y si alguno de ellos se conecta con este tema o con otro, y lo hacen con pasión, claro que vale la pena.​

Por último, ¿qué imagen quedó fijada en su memoria?

Machuca. Un pueblo quemado, el olor de los cuerpos calcinados de los hombres y los animales. La gente caminando por la única calle principal del pueblo en estado de enajenación, vagando desorientados y en un estado de parálisis y pánico. La incapacidad para dar una declaración con coherencia sobre la noche que pasaron.

Esa escena es muy dantesca, muy impresionante y permanece fija.

Obras, estudios y reconocimientos

1990: Patricia Nieto es egresada de Periodismo de la Universidad de Antioquia. En 1990 ingresó como reportera al periódico ‘El Mundo’. En 1992 ganó el Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí de la Agencia Prensa Latina. Continuó con la revista ‘La Hoja de Medellín’ y estuvo en ella desde 1993 hasta 1996.

1998: Para este año la docencia se consolida como su segundo oficio con el de la escritura. Ganó en 1996 el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. En 1998 publicó el libro con la Editorial Universidad de Antioquia El sudor de tu frente: Escuela Nacional Sindical junto con el fotógrafo Juan Fernando Ospina.

2006: Inició sus talleres de escritura creativa con las víctimas ‘De su puño y letra’, de ellos publicó los libros Jamás olvidaré tu nombre (2006), El Cielo no me abandona (2007) y Donde pisé aún crece la hierba (2010). En 2007 empezó a dirigir el periódico ‘De la Urbe’ de la facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia.

2014: En 2008 publicó Llanto en el Paraíso. Crónicas de la guerra en Colombia. En 2011 publicó Relatos de una cierta mirada. El acontecimiento, la fotografía y el sentido con Natalia Botero. En 2012, Los escogidos publicado por Sílaba Editores. Hace parte de los ‘Nuevos cronistas de Indias’ de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano FNPI.

Muchas de sus crónicas han sido publicadas en revistas colombianas como Semana, Cambio, Cromos, SOHO y en el periódico El Espectador. También en revistas internacionales como Anfibia y Letras Libres.

Es ahora Magíster en Ciencia Política de la Universidad de Antioquia y Doctora en Comunicación por la Universidad Nacional de La Plata.

Manuela Saldarriaga H.
Para EL TIEMPO
Medellín

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