Se habla más de política y economía que de fútbol

Se habla más de política y economía que de fútbol

A un día de la inauguración, en las calles se percibe más descontento que emociones del evento.

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10 de junio 2014 , 09:31 p. m.

En esta monstruosa ciudad de cemento y asfalto, de hierro y concreto, en la que este jueves se dará el puntapié inicial de la Copa Mundo de Fútbol de la que se espera sea una fiesta colorida de samba, capoeira, mujeres bellas y sonrientes, hay un movimiento que palpita inconformismo, protesta, pide cambios y exige mejores condiciones de salario y vida, en general.

Aquí, cientos de miles de personas han salido a las calles a protestar por la realización del Mundial de fútbol, un empeño del gobierno del que se considera una de las nuevas potencias económicas y sociales del planeta. La administración de la presidenta Dilma Rousseff destinó la gigantesca cifra de 17.500 millones de dólares en adecuación de obras de diferente tipo (desde estadios hasta vías de comunicación, en las 12 ciudades que serán sedes del torneo.

Las imágenes que le han dado la vuelta al mundo de las inmensas manifestaciones y huelgas (como la del metro) y que incluso tuvieron que ser reprimidas y dispersadas por la fuerza pública con la utilización de gases lacrimógenos, se hicieron famosas desde el año pasado cuando, con motivo de la Copa Confederaciones (el ensayo general para este Mundial), los inconformes encontraron su escenario perfecto debido en la enorme exposición mediática.

Basta con recordar la inauguración de aquella Confederaciones cuando 70.000 personas le dieron la mayor silbada de la historia a la presidenta Rousseff cuando intentó dar su discurso de bienvenida.

Con apenas algo más de 15 horas en Sao Paulo, la ciudad se ve normal y calmada. En las autopistas que conducen al estadio Arena Corinthians no había manifestante alguno y no había reporte de congregación de manifestantes ni siquiera en los lugares aledaños al lugar donde se inauguró el Congreso de la Fifa.

Lo que no se puede desconocer es que todo este marco de descontento se produce en un año electoral: en cuatro meses, el próximo 5 de octubre, hay elecciones y la presidenta Rousseff busca su reelección siendo la abanderada del Partido de los Trabajadores (izquierda), la heredera del icónico Luis Inácio Lula da Silva.

En noviembre pasado, Dilma lideraba las encuestas con el 40,8 por ciento de la intención de voto, que ha venido decayendo. En el último sondeo, publicado el pasado viernes y elaborado por la firma Datafolha, se mostró una pérdida entre mayo y junio de esa favorabilidad, pero aún con amplia ventaja sobre su inmediato rival, Aecio Neves, del Partido social Demócrata (PSDB).

En los últimos dos meses, según ese estudio, Dilma rebajó sus cifras en tres dígitos (del 37 al 34 por ciento), frente al 19 por ciento de Neves que, por su parte, perdió un punto.

Quienes se oponen a Dilma, desde los discursos de campaña electoral o en las enormes manifestaciones que cubren los medios del mundo entero desplazados aquí por el Mundial de fútbol, alegan la elevada inflación (empezando por el incremento en el precio del transporte público), por lo que reclaman mejoras salariales por encima del 10 por ciento, mayor cobertura escolar y calidad educativa, ampliación de los servicios de salud, construcción de nuevos hospitales, revertir las ‘cesiones’ que la actual administración le ha dado con sus políticas a las empresas de capitales privados en detrimento de las empresas públicas estatales.

Son al menos cinco organizaciones sociales las que lideran la catarata de protestas en Brasil: Trabajadores sin techo, el Frente Independiente Popular, el Movimiento Pase Libre, el Comité Popular de la Copa (que reúne a varios con el mismo nombre en diferentes estadios y ciudades de este país, la agrupación ‘No vai ter Copa’ (No van a tener Mundial), entre otros; apoyados por varios sindicatos y conglomerados de educadores, transportadores, por ejemplo, que consideran que el dinero invertido en la realización del Mundial se despilfarró a cambio de ser empleado en mejoras y políticas sociales.

Sea por lo que fuere, lo que es incuestionable es que la situación y la tensión política le han quitado brillo, hasta ahora, al Mundial a poquísimas horas de su comienzo. Lo que durante los últimos cuatro años se esperó como todo un verdadero carnaval colorido y musical de balompié, por ahora no tiene mayor ambiente de fiesta. Según informan varios medios locales, en las grandes calles de las principales ciudades se ha evitado hacer un generoso despliegue de carteles, avisos y pendones alegóricos al mundial para no provocar ningún acto en su contra, aunque desde el Gobierno se insiste en los beneficios que dejará para todo el país el máximo torneo deportivo.

El propio Lula defendió la inversión estatal en el Mundial. El gobierno federal ha tomado una actitud ejemplar en asociación con los gobiernos en los proyectos estatales y de infraestructura local”, dijo en una publicación reproducida por el diario O’Globo.

Y agregó: “El derecho a protestar no debe afectar el derecho que también se tiene de poder asistir a los juegos del Mundial. Quien quiera marchar, que lo haga. Lo que es importante es que la gente sepa que de la misma manera que alguien tiene el derecho de decir que no quiere la Copa del Mundo, hay otro ciudadano que compró boletas y quiere ir a ver los partidos y debe tener la libertad de ver el Mundial”.

Las cifras oficiales anunciadas por el ministerio de Deportes, basadas en el estudio ‘Impactos socioeconómicos por la realización de la Copa 2014 en Brasil’', elaborado por la firma Value Partners Brasil, representan un millonario reembolso en la economía. Se afirma que la Copa del Mundo impactará favorablemente las rentas de la nación en unos 107.700 millones de dólares lo que reportaría una ganancia cercana superior a los 35.000 mil millones de dólares.

¿Es un cálculo exagerado o sobredimensionado?

Lycio Vellozo Ribas, autor del libro El mundo de las copas es un firme convencido de que el Mundial nunca ha generado pérdidas económicas para ningún país organizador. “Si la Copa Mundo causara algún tipo de pérdida económica, no habría tantos países interesados en organizarla”, le dijo a la periodista Débora Bressan Mühlbeier, en la web Infosurhoy.com.

Su argumento se sostiene, básicamente, en dos pilares: la exposición al mundo del país sede que así atrae futuros capitales de inversión y en los réditos que deja a mediano y largo plazo el turismo efectivo en el comercio y los impuestos.

Sin embargo, no todo lo que brilla es oro. Hace cuatro años, Sudáfrica, el coloso de África, la pujante y rica nación ‘arcoiris’ de Nelson Mandela, esperaba muchos y mayores beneficios en sus finanzas.

El Ministerio de Turismo sudafricano reportó que los visitantes que se tuvieron en su país por el Mundial dejaron 520 millones de dólares menos de lo que esperaban las autoridades. El país más rico de África invirtió en ese entonces casi 60.000 millones de dólares para cumplir con las exigencias de infraestructura deportiva, hotelera y de comunicaciones exigidas por la Fifa.

“Si el 50 por ciento de los recursos desplegados alrededor de la Copa del Mundo hubieran sido destinados a estas cuestiones críticas, creo que el país habría dado un gran, gran paso”, dijo Achille Mbembe, sociólogo de la Universidad Wits de Johannesburgo, en un reporte de Reuters.

Este profesor asegura que en países emergentes con tantas carencias y demandas sociales como Sudáfrica o Brasil –a pesar de ser catalogados como nuevas potencias continentales emergentes– un cambio en el desarrollo de la infraestructura deportiva con la multimillonaria inversión en estadios “no constituye una prioridad” con respecto a la prestación de servicios básicos, como el saneamiento, la electricidad, el educativo o el desarrollo económico.

Sin embargo, los beneficios a mediano y largo plazo en el turismo parecen darle la razón a Vellosos Ribas. Sudáfrica, que cargaba el estigma de ser un país inseguro y violento, incrementó el número de turistas.

Hoy, cuatro años después, en medio de una ola de huelgas, marchas, concentraciones y protestas de sectores que aprovechan la Copa del Mundo y la cercanía de las elecciones presidenciales, en Brasil se pondrá en marcha un nuevo Mundial en el que, por ahora, se habla más de política y economía que de fútbol.

GABRIEL MELUK
Enviado especial de EL TIEMPO
SAO PAULO

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