Las carreras de don Luis Quintana

Las carreras de don Luis Quintana

Estuvimos con el padre de Nairo Quintana el día en que se convirtió en el líder del Giro de Italia.

10 de junio 2014 , 05:00 p. m.

Son las 12:30 del día, y don Luis Quintana –las personas se refieren a él como don Luis o don Quintana–, vestido con una chaqueta negra, una camisa azul, un pantalón beige y unas botas negras, solo ha probado un tinto desde las seis de la mañana. Unos exámenes de sangre y el triunfo de su hijo en la decimosexta etapa del Giro de Italia son los culpables de su estómago vacío. Cae un fuerte aguacero en la Plaza de Bolívar de Tunja, pero él, sin paraguas, con hambre y con afán, les responde a los periodistas de RCN y de Caracol las preguntas que le hacen en directo para los noticieros del mediodía. “¿Cómo se siente?”, “¿Cuál fue la primera bicicleta de Nairo?”, “¿Lo sorprendió el triunfo de Nairo”?”, “¿Nairo va a ser el campeón”?

Don Luis tiene la respuesta para cada una de ellas; no es la primera vez que le hacen esas preguntas. Cada frase que pronuncia comienza con un “de verdad que…”. “De verdad que no nos sorprende lo de Nairo”; “De verdad que estamos muy orgullosos”; “De verdad que le hacemos mucha fuerza”. De telón de fondo, lo acompañan Jacinto y sus hermanos, un grupo de carranga, cuyos integrantes le dicen que no olvide pasar más tarde por el CD que grabaron para Nairo.

Hay personas que cuando no comen se ponen de mal genio, pero ese no es el caso de don Luis Quintana, el papá del hombre que Colombia decidió rebautizar como ‘Naironman’. Y no es para menos. Nairo fue capaz de dejar atrás una gripa, una infección en la garganta y la rabia de varios equipos que se sintieron traicionados luego de la negativa de los comisarios de la Unión Ciclista Internacional de recortarle tiempo en la general por haber atacado en bajada cuando había una orden de neutralización. La consigna era atacarlo a él, al líder. Él se defendió e hizo lo que sabe hacer como ningún otro: pedaleó. Así se convirtió en el primer colombiano y latinoamericano en ganar un Giro de Italia.

Don Luis está apurado. Su hija Lady le acuerda que su esposa lo está esperando en la finca con las vacas y que a las tres de la tarde tiene otros exámenes médicos.

—¿Y ahora qué hacemos con el carro? –le pregunta a Lady–. Ella lo mira confundida, sin saber qué hacer. Esa mañana don Luis dejó las luces de su Mazda 323 encendidas y se quedó sin batería. Su gran preocupación es que su esposa y Dayer –el hermano de Nairo que ha decidido seguirle los pasos y entrena en España– lo esperan en una finca con las estacas para cercar el terreno y no dejar que las vacas se escapen.

La periodista de RCN Radio se ofrece a llevarlo hasta donde dejó el carro. Lo sigue una móvil de Caracol TV, y también nosotros, en una camioneta Nissan de platón. Al llegar al lugar, don Jorge, el conductor que nos lleva, saca los cables y los conecta a la batería. El camarógrafo de Caracol graba con su cámara la situación, pero Lady le sale al paso y le dice que eso no lo grabe, que se puede prestar para malentendidos. A Don Luis parece no importarle. El carro prende, pero una falla mecánica no deja que las luces se apaguen. Don Luis calienta el motor y le pide a Lady que vaya a comprar un pollo, que su familia debe estar muerta del hambre. Mientras la espera hace una llamada.

—¿Qué hago? Voy a perder los exámenes de por la tarde –dice Don Luis.
Al parecer, la voz al otro lado del teléfono le reclama.
—Mujer, eso no es ‘lamparear’. Usted sabe que toca atender a los medios –responde Don Luis.

Don Luis

Para Nairo siempre ha sido muy importante el apoyo de su papá. El día de su triunfo le agradece Foto: Efe.

Yo insisto, como lo haría cualquier intenso periodista, en la reunión que habíamos pactado desde Bogotá para ese día, pero que, debido al triunfo de Nairo y a los exámenes de Don Luis, tiene más de dos horas y media de retraso.

“Sumercé, entiéndame, no es que no lo quiera atender, pero venga le cuento algo, es que mañana nos vamos para Italia, pero no hemos querido decirle a ningún medio”, me explica don Luis. Finalmente, quedamos de vernos en su casa a las cinco de la tarde, pero antes del encuentro nos pide que lo sigamos para que no nos vayamos a perder después buscándola.

Don Luis camina con mucha dificultad y le cuesta doblar el cuerpo. A los ocho años tuvo un accidente en un camión que se volcó y desde entonces camina ayudado por un bastón, que a veces parece que lo encartara más que ayudarlo, y lo deja a propósito dentro de su carro. Hace toda clase de maromas para subirse al Mazda que maneja casi en posición horizontal. Justo antes de partir, una mujer que tomaba cerveza en una tienda se acerca y le dice: “Don Luis, le puedo dar un abrazo. Gracias por darnos ese hijo”. Él se ríe tímidamente y desde su asiento saca los brazos por la ventana para abrazarla. Él es una figura a través de la cual la gente puede vivir los triunfos de su hijo.

La casa donde creció Nairo, queda en la vereda La Concepción, en el municipio de Cómbita, a unos 25 minutos de Tunja. En la carretera se ven ciclistas con uniforme y casco (¿futuros Nairos?) y hay un trayecto que están pavimentando. Los obreros, al ver que se trata del papá de Nairo, el hombre que ese día ganó una etapa en el Giro de Italia y subió a la primera posición en la general, se apuran a darle paso y lo saludan con entusiasmo.

Llegamos a una casa de dos pisos de fachada amarilla. En el primer piso hay una tienda que Nairo les regaló a sus papás y que ahora está en arriendo. En una de las paredes hay un pendón con una foto de Nairo que mandó a hacer el colegio en el que hizo el bachillerato, el Alejandro Humboldt.

El celular de don Luis vuelve a sonar. Así ha sido desde por la mañana. Él le explica a quien está al otro lado del teléfono que no puede llevar las estacas ni los bebederos para las vacas porque no le caben en el carro. Don Jorge se ofrece a ponerlos en el platón de la camioneta. Don Luis descansa y da las gracias. “Síganme. Vamos acá, a unos cinco minutos”. Luego de volver a hacer las maromas para subirse al carro llegamos a una casa en medio de un potrero. De repente sale un niño de unos 10 años con una sudadera verde, que persigue a don Luis, como si fuera un escolta, en una bicicleta azul.

Jonathan es vecino de la familia de Nairo y don Luis le ayudó a conseguir la bicicleta. “Aquí hay mucho semillero de Nairo; queremos muchos Nairos, pero la gente es muy pobre y no hay plata para conseguir bicicletas”, dice don Luis, y le pide al niño que por favor le ayude a pasar estacas a la camioneta.

“Jonathan, ¿está feliz con su bicicleta?”, le pregunto. Él me mira asustado y no pronuncia palabra. “Mijo, Jonathan, uno dice sí o no, pero se habla”, le aconseja don Luis. Entre todos subimos un par de neumáticos de camión embarrados que están cortados por la mitad y que sirven como bebederos para las vacas.

Aprovechamos el paisaje boyacense, y Ana María, nuestra fotógrafa, le pide que pose unos minutos para la cámara. “Don Luis, ríase un poquito, como si Nairo hubiera ganado hoy”, le propone ella. Él se ríe y dice: “Ay, sí, Nairito ganó hoy”, como si sus ocupaciones en el campo lo hubieran hecho olvidar semejante triunfo.

Luis y Dayer

Don Luis Quintana junto a Dayer, el menor de sus hijos, quien sigue los pasos de Nairo. Foto: Ana María García.

A las 4 de la tarde, don Luis sabe que perdió su cita con el médico y que tendrá que arriesgarse a viajar a Italia sin que le hayan chequeado las piernas. Pero a él no le importa. Él solo quiere llegar con los bebederos y las estacas a donde está su familia. Arribamos a un potrero en el que hay 11 vacas y unos 10 perros. “Saluden a los periodistas”, les dice don Luis. “Muchachos, manos a la obra”, dice Eloísa, la mamá de Nairo, quien luego de arrear por más de cuatro kilómetros el ganado, parece no estar cansada.

Mientras don Luis lava los neumáticos y les pone agua, las vacas se acercan desesperadas. “Pobrecitas, tienen sed”, dice, mientras les acaricia la cabeza.

¿Le gusta mucho el campo?
—Para mí es una medicina. Siempre he tenido el corazón de campesino. Esto es lo mejor de mi vida para mí. Tenemos un problema con unos ‘malarios’ que dicen que estos terrenos son de ellos, pero nosotros estamos tranquilos porque tenemos los papeles en orden.

¿Malarios?, nos preguntamos. Luego entendemos que don Luis se refiere a malandros.
Su celular suena nuevamente. Es otro periodista. Él le explica que Nairo no puede hablar con nadie porque no lo dejan. “Él gana una etapa y no sale a celebrar. Celebran sus papás”, remata risueño, frente a la insistencia del reportero.

Nos separamos por algunas horas. Los planes cambian nuevamente. Quedamos de vernos en Tunja a las 5:30 de la tarde. A esa hora lo llamo y dice que a las 6; a las 6 que a las 6:30; a las 6:30 que a las 7, y a las 7 que a las 7:30. Finalmente, él, con Dayer al volante, llega a la Plaza de Bolívar a las 7:45 de la noche. Un policía comienza a pitar y a preguntar por el dueño del carro.

Justo cuando me disponía a sacar mi carnet de periodista, el policía reconoce al papá de Nairo y nos dice que tranquilos, que nos tomemos el tiempo que sea necesario. Incluso bromea y dice que si él también puede salir en las fotos. Don Luis es una celebridad y puede parquear donde quiera.

¿Cómo es su relación con Nairo?
—De verdad que nosotros, una vez nos encontramos, somos un par de amigos. Tenemos aquella confianza íntima donde él me cuenta sus cosas y yo le cuento las dificultades que paso mirándolo a él.

¿Sufre mucho viéndolo?
—De verdad, las angustias de verlo cuando se ha caído, de verlo bajo la lluvia o bajo 38 grados centígrados. Pero esta mañana iba tan sereno, tan tranquilo, tan formal. Él es sangre de mi sangre y quisiera estar allá para poder ayudarlo en algo.

Mañana lo van a ver…
—De verdad que la alegría es harta, y aunque es dificultoso viajar por mi enfermedad y dejar a mi gente sola, él aprecia mucho el calor de sus papás. Nunca fui una persona de haberlo dejado solito en una competencia, en ningún circuito; siempre estuve presto a él.

Don Luis me mira como diciéndome que ya no tiene más tiempo. Han pasado 10 minutos desde que estoy hablando con él. Última pregunta, don Luis.

¿Qué tiene Nairo de usted?
—De verdad que el ser inquieto, ser aquella persona como lo está siendo en el Giro, en aquellos países europeos, donde así llegue de tripas corazón, no se queda quieto porque tiene un deber por delante y hay que cumplírselo a su equipo, a su Boyacá y a su Colombia.

Don Luis camina con dificultad hacia el carro. Le pregunto si mañana salen hacia Bogotá en el Mazda, temiendo que los deje botados y sin batería. “No, mañana los de Movistar nos ayudan. Yo sé que sí. Ellos nunca nos han abandonado”. Lo dejo tranquilo para que vaya a alistar la maleta del viaje. Viaje que, sin saberlo ese día, terminaría con su hijo alzando el trofeo del Giro de Italia y dándole un beso en la cabeza a su padre. Luego de perseguirlo durante todo el día, entiendo que padre e hijo nunca pueden quedarse quietos.

SERGIO CAMACHO IANNINI

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