Monarquías en Europa, ¿para qué?

Monarquías en Europa, ¿para qué?

Revive el debate sobre el sentido de conservar la institución, en tiempos donde de democracia.

notitle
08 de junio 2014 , 08:51 p.m.

La monarquía es hoy, para muchos, una institución inservible y anacrónica: el fantasma de una época que en Occidente se acabó con las grandes revoluciones democráticas y burguesas de la modernidad, o que sobrevivió pero solo como un símbolo o una pieza de museo nostálgica y ornamental.

Es una discusión de nunca acabar, que además tiene todos los ingredientes posibles que la hacen aún más rica, pero también más compleja y desigual: los ingredientes de la historia y de la filosofía y la ciencia política o el derecho, y los de la llamada “sabiduría convencional”: las opiniones de la gente en la calle, la volátil percepción de la ciudadanía, e incluso los chismes y los caprichos del poderoso mundo del jet-set y la farándula, que por muy frívolo que pueda parecer influye mucho, y tiene en la nobleza y las monarquías uno de sus bastiones favoritos.

Sin embargo, la pregunta sigue teniendo una gran vigencia, quizás ahora más que antes: ¿sirven para algo las monarquías de hoy? ¿Tiene algún sentido conservarlas en un mundo cada vez más comprometido con los valores de la ciudadanía y de la democracia, sin fueros ni jerarquías heredados? ¿No bastaría con dejarles de lleno la nostalgia monárquica a los reinados de belleza? ¿Vale la pena seguir sosteniendo una institución tan onerosa que sirve para tan poco? Habrá quien diga que sí, habrá quien diga que no. Con vehemencia, con argumentos, con pasión o con desdén. En un sentido o en otro.

Lo que queda claro también es que el debate no es tan sencillo como parece, y no basta con resolverlo de un plumazo y hacer que la guillotina vuelva a pasar para llevarse consigo las últimas coronas: las que aún sobreviven –y de qué manera– y que soportaron los golpes del tiempo y las transformaciones de la historia; las que vieron cómo su mundo dejaba de serlo, con sus primos abdicando o yéndose al exilio a morder el polvo de la soledad, de la igualdad, de la pérdida del poder y la eternidad.

Porque es obvio que muchas de las monarquías supérstites de hoy en el mundo son un símbolo. De la unidad nacional, del pasado del pueblo, de la estabilidad institucional. Pocas ejercen de verdad lo que podría equipararse a un poder real que vaya más allá de los rituales y las ceremonias y la beneficencia, porque además casi todas, por lo menos en Europa, y aun las que no son europeas, son también hijas de la revolución liberal, por paradójico que suene. Casi todas tuvieron que acomodarse a la democracia y a los parlamentos, y a que sean los políticos de oficio quienes decidan lo importante.

Pero tampoco hay que olvidar que los símbolos existen y son importantes justo por eso: por lo que simbolizan y poco más. Es una obviedad, casi una tontería, pero así es, y de allí que tanta gente los defienda y los quiera por encima incluso de las exigencias utilitarias y concretas de la racionalidad. Porque el objetivo de los símbolos es simbolizar todo un universo de valores o de principios o de tradiciones, de relatos, y ese objetivo se consume en sí mismo. Casi podría decirse que su utilidad es su inutilidad; que su servicio está en estar allí y poco más.

El tema ha vuelto ahora con tanta fuerza gracias, por supuesto, a la noticia política que a principios de esta semana sacudió por igual a los medios de Europa y de América, a las redes sociales, a los activistas, a los analistas y hasta a los mercados. La abdicación de don Juan Carlos I de Borbón, rey de España. Una noticia sobre la que se venía rumorando desde hacía meses, y que llega en un momento muy sensible para la corona española, salpicada por escándalos de corrupción como nunca antes en su historia reciente, y con unos bajísimos índices de popularidad, también por primera vez desde el proceso político de la transición.

Se trata de un desgaste natural –la famosa ‘fatiga del metal’– para una institución que a muchos españoles les resulta innecesaria y costosa, más en medio de una crisis económica con miles de desempleados en la calle que interpretan la supervivencia de la monarquía como un lujo que sería mejor suprimir ya. A lo cual hay que sumarle la pasión, ahora renovada, que en España siguen teniendo los nostálgicos de la república, y las discusiones autonómicas, como la de Cataluña, cuyos voceros más radicales aspiran a llevar hasta el punto mismo de la independencia, transformando así los pactos de la transición.

Y no deja de ser interesante que sea justo la monarquía española la que ahora traga grueso y tiene que afrontar el desprestigio y las manifestaciones callejeras en su contra, porque quizás de todas las que hay en Europa fue siempre una de las más apreciadas por el pueblo, para decirlo en un lenguaje acorde con el tema, y una de las que supieron interpretar mejor su lugar y su servicio en el mundo de hoy, su carácter simbólico y por eso mismo tan útil. Era famosa la frase de que los españoles no eran monarquistas, sino juancarlistas.

Ahora, con tantos escándalos encima, con todo el peso y el óxido de su poder de varias décadas, con las nuevas generaciones que ignoran la historia o que como es obvio la quieren cambiar sin pensar demasiado en el pasado, ahora es muy fácil menospreciar el papel de la monarquía en España, defenestrarla. Pero nadie podría negar que Juan Carlos I fue determinante en el proceso político que permitió el desmonte de las viejas estructuras del franquismo y la instauración de una democracia moderna y constitucional, que es la que allí existe hoy.

Quizás por eso se dé su abdicación en este momento: para que su hijo Felipe, educado desde niño para ser el sucesor, el rey, pueda cumplir a su manera el mismo papel que cumplió su padre cuando la transición. El de un símbolo que le devolvió el sentido a la monarquía y que fue fundamental en la configuración de la democracia española. Hoy los problemas son otros, sin duda, y en el nuevo rey, en su talento y su capacidad, o no, está la suerte de una institución que hace parte esencial de la España contemporánea, en la que muchos creen que es mejor tender la alfombra roja y despedir por fin a los reyes.

El caso español es también un espejo para las demás monarquías europeas –el Reino Unido, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Noruega, Suecia, además de los principados de Mónaco y de Liechtenstein y el gran ducado de Luxemburgo– porque todas, cada una a su manera, han pasado por lo mismo: transformaciones generacionales e institucionales, oleadas de popularidad y desprestigio, escándalos, crisis. La británica, por ejemplo, logró superar sus dos décadas terribles de los 80 y los 90, para ser hoy un referente inobjetable de la cultura y la política en la Gran Bretaña.

En un mundo como el nuestro, donde la ciudadanía tiene más espacios y más poder, donde la democracia con sus formas parece ser la única manera concebible de legitimar el orden político, donde hay una opinión pública cada vez más exigente, las monarquías parecen en efecto estar viviendo sus últimos momentos de gloria. O eso dicen algunos. No hay que subestimarlas tampoco, porque muchos otros las defienden con el alma, y varias veces en la historia las mataron y varias veces revivieron también.

Se trata, hay que repetirlo, de un debate que parece muy fácil y superficial pero que no lo es en absoluto. Porque las instituciones no suelen existir solo porque sí, por razones inerciales y caprichosas. Las monarquías que hoy subsisten en Europa le ganaron la partida a la Revolución Francesa –muchas de ellas incluso la incorporaron a su esencia y a su identidad–, y de su capacidad para acomodarse a las nuevas realidades depende su futuro. Mientras los símbolos funcionen, al menos como eso, como símbolos, acabarlos no es tan fácil.

Basta ver si quienes hoy quieren desahuciar a las monarquías con razones tan válidas lo van a lograr. Basta ver si su invocación a la guillotina esta vez funciona de verdad. El rey ha muerto, ¿viva el rey?

ARCESIO FONSEKA
Para EL TIEMPO

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.