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La idiotez de lo perfecto

La idiotez de lo perfecto

El elector racional votaría por los resultados de un gobierno aun cuando no le gustara el candidato.

08 de junio 2014 , 08:35 p. m.

En todas las democracias electorales del mundo, los ciudadanos escogen periódicamente al candidato que consideran 'menos malo' (que es la única forma realista de definir al 'mejor) para ocupar el máximo cargo del Estado. No es posible estructurar un voto verdaderamente racional contaminándolo con fundamentalismos políticos perfeccionistas porque no existen los gobernantes ni mucho menos los gobiernos perfectos. En otras palabras, el elector solo vota por candidatos que cree 'perfectos' cuando ha caído presa del fanatismo y el mesianismo personalista que lo enceguecen.

Desde esta perspectiva, el perfeccionismo es apenas un signo de inmadurez e ignorancia en la comprensión del fenómeno político, salvo cuando es utilizado como herramienta de manipulación de masas por personas inescrupulosas. La política real, desprovista de maximalismos, es el arte de lo posible, no de lo 'ideal' sino apenas de lo realizable en un universo dramáticamente complejo y por ello mismo inmune al perfeccionismo. No es raro que las utopías, entre las que se cuentan todos los grandes totalitarismos, se hayan erigido sobre el perfeccionismo político, sobre 'la idiotez de lo perfecto' que devela Jesús Silva-Herzog en ese libro prodigioso del mismo título.

Sin embargo, a una buena parte del personal político profesional le gusta movilizar proyectos perfeccionistas porque le resulta a la larga electoralmente rentable. En estas elecciones presidenciales, los colombianos hemos visto 'pelar el cobre' del perfeccionismo político más fanático a sus mayores comerciantes. El negocio del fundamentalismo perfeccionista es sucio porque se basa en el engaño: la creencia infundada en que los ideales y la perfección son empíricamente realizables en el campo político; y particularmente fácil de movilizar desde la oposición porque se reduce a un ejercicio muy sencillo: magnificar todo lo malo y desaparecer todo lo bueno que pueda haber hecho cualquier gobierno.

Los dos más grandes perfeccionistas de la política colombiana son los senadores Álvaro Uribe y Jorge Enrique Robledo, ambos elegidos –no por casualidad– con las más altas votaciones en las pasadas elecciones parlamentarias y ambos ubicados en los dos extremos de las ideologías de derecha e izquierda, respectivamente. Ese es su negocio, de eso viven, de engañar al elector haciéndole creer que el mundo político está condenado a la catástrofe, a la imperfección, salvo cuando ellos tienen el poder.

De ahí el delirio paranoide de Robledo al afirmar que "Santos y Zuluaga son lo mismo", porque lo que no es perfecto cabe todo bajo el sello idéntico de lo imperfecto. De ahí también el delirio de Uribe cuando intenta venderle al país una "paz perfecta", una "paz sin impunidad" que en realidad es una paz imposible por quimérica, como él muy bien lo sabe pero lo esconde de mala fe.

El verdadero dilema que enfrenta Colombia en las próximas elecciones, sin duda las más importantes de la historia reciente, no es entre una paz con impunidad y una paz con plena justicia; sino entre una guerra sangrienta llena de víctimas inocentes, en la que la completa impunidad está normalizada desde hace 50 años, y una paz imperfecta que parará el desangre al precio sinceramente inevitable de alguna dosis de impunidad.

El próximo domingo votaré por un candidato imperfecto para que sea reelegido como presidente. Juan Manuel Santos merece mi voto porque bajo una mirada desapasionada ha sido un excelente jefe de Estado, si se evalúa con objetividad su gobierno. El listado de indicadores de buen desempeño estatal en estos cuatro años que tiene para probarlo es largo y escapa a las posibilidades de esta columna.

Me limitaré a señalar dos que bastan para justificar, de lejos, su reelección. En primer lugar, la inminencia del fin del conflicto armado, nada menos que el problema más grave que ha tenido el país durante el último medio siglo y que, de superarse, nos permitiría por fin convertir en prioridad fiscal la inclusión y el desarrollo como principales objetivos del Estado. De liberarse los descomunales recursos que se gastan en la guerra (21,5 billones de pesos anuales), las matemáticas más elementales indican que el país tomaría otro rumbo.

Y en segundo lugar, los impresionantes resultados económicos y sociales, cuyos principales indicadores (crecimiento, inflación, inversión extranjera directa, empleo, desigualdad y lucha contra la pobreza) son ampliamente superiores no solo a los del anterior Gobierno, sino varios de ellos a los de las últimas dos décadas. Estas son razones poderosas, más que suficientes, para que Santos merezca el favor de los electores en las urnas el domingo.

Infortunadamente, el elector racional es la especie más escasa del ecosistema político. El principal problema que encierra la democracia mediatizada contemporánea es que la popularidad de los gobernantes no solo es función de la calidad de su gobierno, sino de otras variables que hacen que no siempre coincidan. La mayoría de ciudadanos vota emocionalmente, por el candidato que "le gusta" o "le cae bien", o en contra del que no lo seduce con independencia de los buenos resultados que tenga para mostrarle en el manejo del país. Las cifras están ahí, son incontrovertibles, pero muchos colombianos han sido 'envenenados' en contra del actual mandatario con base en mentiras repetidas durante años por una oposición virulenta, aupada por el político más popular –y mentiroso– de la historia reciente de Colombia, quien domina a la perfección el principio fundamental patentado por el ministro de la propaganda nazi Joseph Goebbels: "Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad".

El elector racional votaría por los buenos resultados de un gobierno aun cuando no le gustara el candidato que los ejecuta. Esta es una invitación a hacer parte de esa ciudadanía responsable que logra ponerse incluso por encima de sus preferencias personales y votar no por una persona, ni por un candidato, sino sobre todo por una gestión sustentada en indicadores de buen gobierno. Colombia va bien, muy bien, pero la emocionalidad de sus electores podría desviar el rumbo y perder la mayor oportunidad histórica de terminar con la guerra que la desangra hace décadas.

Post scriptum: solo por si hiciera falta, cabe recordar que la otra opción electoral consiste esencialmente en relegitimar la 'parapolítica', la 'yidispolítica', 'los falsos positivos', el acoso al periodismo independiente, la negación del conflicto, el desvanecimiento de las víctimas, la satanización de la oposición, las 'chuzadas', el matoneo a la autonomía de la Rama Judicial, la expoliación agraria, el belicismo como sustituto de la diplomacia, la desinstitucionalización, el regreso del personalismo mesiánico y la repulsión por la alternancia en el poder que se le apareja, entre otra larga lista de vicios caudillistas que Colombia no merece repetir.

 

JOSÉ FERNANDO FLÓREZ RUIZ

@florezjose en Twitter

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