La política y los intelectuales

La política y los intelectuales

La teoría de Ospina de una élite política que agoniza y otra que nace no es nueva.

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04 de junio 2014 , 06:34 p. m.

No me escandalizó leer el artículo de William Ospina (http:/elespectador.com/opinión/de-dos-males) publicado el pasado domingo en El Espectador. Tampoco me sorprendió la velada defensa que hizo de Álvaro Uribe como la encarnación de una nueva Colombia, en pugna con “la vieja élite bogotana”, de la cual J. M. Santos sería su epígono, el último, nos dice Ospina, si no permitimos que la nueva clase ocupe su lugar.

La posición de Ospina es una posición más. Pese a haber desconcertado a muchos y decepcionado a sus admiradores, su teoría de una élite política que agoniza y otra que nace bajo el liderazgo providencial de Uribe no es nueva. En febrero del 2012, en un artículo titulado ‘Un gran hombre en peligro’, en defensa de Luis Carlos Restrepo, hizo su primera y ambigua justificación del expresidente, pero nadando y guardando la ropa.

“No es difícil ver que Uribe representa nuevos poderes económicos y políticos que se han formado en Colombia en los últimos 40 años, y Santos la vieja élite que manejó el país durante más de un siglo”, aseguró Ospina. Y trató de convencernos de que Uribe “confrontó la vieja estructura de poder e impulsó fuerzas nuevas”. Santos, en cambio, estaría haciendo “un esfuerzo de restauración de la vieja aristocracia y de su manera de gobernar”.

No hay columnista de opinión o figura pública de Colombia que no haya tomado partido por o contra las conversaciones de paz de La Habana. A la incomprensible discreción del Gobierno durante largos meses –reacio a hacer claridad sobre lo acordado con las Farc– se le sobrepuso una campaña de ruindades patrocinadas directa o indirectamente por el uribismo.

Ciegos y sordos al hecho de que por el Gobierno colombiano no están negociando izquierdistas ni guerrilleros disfrazados de civiles, sino personalidades del establecimiento (dos generales de la República, un exdirigente de los industriales, un exvicepresidente liberal), los enemigos del proceso consiguieron que fuera este el factor decisivo en las elecciones del 15 de junio.

El mismo día en que se puso en evidencia la mentira de Uribe sobre los dos millones de dólares de los narcos que habrían entrado a la campaña de Santos en el 2010, Ospina ponderaba la sinceridad del ahora senador. “Con ellos no es posible llamarse a engaños”, dijo. No sé, pero esa clase de sinceridad también hace parte del código de los mafiosos: la omertà.

Celebro que Ospina haya calentado el debate confesando sus preferencias, pero deploro que no se dé cuenta de que ahora no están en juego la supervivencia de la “aristocracia” capitalina (¿?) ni el asalto al Palacio de Invierno de la nueva clase social, sino algo más concreto: llevar a buen término o abortar un proceso que no es de Santos ni de Uribe, sino de los colombianos que refrendarán o enmendarán acuerdos que este gobierno ha llevado al punto esperanzador en que se encuentra.

La teoría del hipócrita sofisticado y el plebeyo frentero es solo una teoría. Como la de Fabio Echeverri: vaticinó que si Santos y Uribe no hacían las paces, íbamos a vivir algo peor que la violencia liberal-conservadora. Esta es también la teoría de Ospina: el enfrentamiento Uribe-Santos “podría desencadenar una nueva violencia colombiana”.

Pienso, por el contrario, que si se llega al final del conflicto armado con las Farc, independientemente de los desacuerdos que tengamos sobre el modelo neoliberal de Santos, veo más probable con este que con Zuluaga el paso hacia una democracia liberal, plural y abierta, a partir de la cual se encarrilen los grandes cambios del país.

Óscar Collazos

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