Así vivió Uruguay el primer Mundial, en 1930

Así vivió Uruguay el primer Mundial, en 1930

Hablar de fútbol es referirse al país que organizó el torneo que abrió la historia de los mundiales.

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01 de junio 2014 , 08:59 p. m.

A pesar de que en el Viejo Continente se dio origen al fútbol, fue en Suramérica donde empezó a tener vida. Y hacer historia no es fácil. Requiere tiempo, talento y una pizca de suerte. La tierra charrúa, esa en la que viven hoy 3 millones de personas, tuvo un poco de las tres y de a poco forjó el camino para preparar el primer campeonato del mundo.

Montevideo echó a andar el primer Mundial de fútbol de la historia. El de Uruguay 1930. Fue en los Juegos Olímpicos de 1924 (París) y 1928 (Ámsterdam) donde el fútbol uruguayo pudo difundir su encanto y su gloria. Los europeos, en ambas justas olímpicas, cayeron uno a uno en sendas goleadas propinadas por el equipo del Río de la Plata, que jugaba con una técnica callejera y ruda. Su estilo, como el tango y el candombe, venía de los suburbios, se forjó a fuerza de los apartados, de los negros e inmigrantes, de los obreros, de los ateos. Era pura sangre, pura garra.

“La designación de Montevideo como sede de este torneo es una historia en la que se mezclan iniciativas, discusiones, negociaciones e intercambio de correspondencia”, dice Luis Prats en su libro La crónica celeste.

La idea del Mundial fue lanzada en febrero de 1929 por dos dirigentes del Club Nacional de Fútbol, uno de los dos grandes equipos uruguayos (el otro es Peñarol) y luego retomada por la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), que la defendió en el Congreso de la Fifa en Barcelona, ese mismo año.

Europa no podía presentar una opción de peso, pues la Gran Depresión de 1929 y el lastre de la Primera Guerra Mundial tenían a sus economías en un punto frágil. “Los europeos pujaron, lo que pasa es que tenían condiciones adversas. Estaban diezmados políticamente, venían de una guerra mundial”, dice Mario Romano, director de la Comisión Administradora del Field Oficial, estadio Centenario.

En lo deportivo tampoco sobresalían. Los premios más importantes eran de Uruguay, como el bicampeonato de los Juegos Olímpicos. Ni siquiera habían llegado al segundo lugar de esos torneos, puesto conquistado en 1928 por Argentina. Suramérica era el ganador indiscutible del fútbol. “El prestigio del fútbol uruguayo y el ofrecimiento de cubrir los gastos de traslado y estadía de las delegaciones visitantes volcaron a la Fifa a favor de Montevideo”, continúa Prats.

El 18 de mayo de 1929, con 23 votos a favor, cinco en contra y la abstención de Alemania, se echaron a rodar los mundiales. Montevideo era la sede del primero. Nunca más la justa se haría en una sola ciudad. “Al principio la idea de un mundial fue recibida con poca expectativa. Montevideo era una sociedad conservadora, y despreció los grandes hitos populares, como el tango, y con el fútbol pasó lo mismo, y eso se demuestra en la poca literatura que hay de esa época. No es lógico que tenga tan pocas muestras cinematográficas y tan pocas muestras teatrales”, explica Romano.

Pese al rechazo de algunas familias de ‘bien’, el Parlamento le dio a la AUF 500.000 pesos oro para la organización del torneo. De esos, 200.000 como “un préstamo sin interés amortizable a 30 años para la construcción del field oficial”, según relata Prats.

Hoy, solo el estadio de Maracaná, en Río de Janeiro, para Brasil 2014, cuesta 584 millones de dólares. Su organización total se estima en 16 millones de dólares o más por los retrasos en las obras de las 12 sedes. Solo en estadios invirtió 11.000 millones de dólares.

Con el préstamo del Parlamento, y otro dinero puesto por terratenientes con grandes capitales por la alta exportación de ganado, Uruguay construyó el legendario estadio Centenario, que fue bautizado así porque en 1930 se celebraban los 100 años de la Jura de la Constitución de Uruguay. Era un campo al que llamaban Stadium, que prometía albergar a 100.000 espectadores, y que fue construido en tiempo récord –ocho meses– por el arquitecto Juan Antonio Scasso, con la particularidad de que las tribunas se llamaban Ámsterdam y Colombes, por las ciudades donde consiguieron la victoria en los Juegos Olímpicos; la Olímpica, por la vuelta olímpica, inventada por los uruguayos, y la América, por las 15 copas América conquistadas por la ‘celeste’ hasta ahora.

El estadio, que logró tener capacidad para 90.000 personas, tuvo problemas durante y después del Mundial por las corrientes de agua que fluían debajo del cemento. Tal cantidad de personas suena extraño hoy, cuando el estadio más grande de Brasil albergará a 72.000. Pero en esa época, lo que era cemento se vendía como butaca: en las escaleras, e incluso detrás de los arcos, la gente podía acomodarse. Actualmente, el Centenario puede albergar un máximo de 75.000 personas.

A falta de los últimos retoques del estadio, y ante un invierno muy lluvioso que azotaba a Montevideo en julio de 1930 y que inundaba la precaria cancha, la organización decidió mover el primer partido al estadio de Pocitos. Este, al igual que el Gran Parque Central de Nacional, oficiaron de ‘sedes’ alternas. Se desconoce el número exacto de asistentes por partido. La falta de cifras concretas tiene que ver con una cierta informalidad en las entradas. Según el libro Memorabilia. El primer Campeonato del Mundo, de Rony Almeida, en la “primera fase de la Copa se utilizaron boletos simples de control”. Para la segunda fueron utilizados boletos más sofisticados, diseñados por el dibujante Carlos Perelló.

El preámbulo

Solo 11 días antes de iniciarse el campeonato se informó sobre la capacidad de entradas y los precios de las mismas. Estaban entre los 20 centésimos, para las tribunas Ámsterdam y Colombes; 50 céntimos, para la Olímpica, y un peso, para la América. Para las plateas, el precio era de entre uno y dos pesos.

“(...) La recaudación total del certamen fue de unos 255.000 pesos oro”, dice Prats en su libro. Hoy, una entrada para el Mundial 2014 puede costar entre los 110 y los 990 dólares. La Copa sumará 13.600 millones de dólares a la economía brasileña, según un estudio del Ministerio de Turismo de Brasil.

Antes de la ceremonia inaugural de Uruguay 1930, siete de las 13 selecciones quedaron fuera del torneo. Solo Francia, Bélgica, Rumania y Yugoslavia hicieron el viaje desde Europa y en compañía de Jules Rimet, mítico director del a Fifa, quien tenía en su equipaje la Copa del Mundo, bautizada con su nombre, enchapada en oro y diseñada por el francés Abel Laffleur.

A esas selecciones se sumaron Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay, Perú, Estados Unidos, México y el local, Uruguay.

Los primeros dos encuentros en la historia de la Copa se hicieron en simultanea el domingo 13 de julio, fecha en la que EE. UU. se impuso ante Bélgica 3-0, mientras que Francia superó a México 4-1. El primer tanto fue convertido por el francés Lucien Laurent. Cinco días después (18 de julio), el Centenario abrió sus puertas. La selección anfitriona estrenó la cancha todavía con barro, en un encuentro de lujo contra Perú. Un solo tanto de Héctor Castro (que era manco) doblegó a la selección inca.

El camino de fase de grupos estaba empezando a trazar un cruce fatal entre antiguos rivales para la final. Argentina y Uruguay, dejando atrás a europeos, parecían destinados a volver a enfrentarse. “La final se inició a las dos y veinte de la tarde del miércoles 30 de julio, bajo un profundo silencio, de acuerdo con las crónicas”, relata Prats.

El miércoles 30 de julio de 1930 la niebla cubría a Montevideo. Argentina y Uruguay, la misma final disputada dos años atrás, en los Juegos Olímpicos, se repetía, pero esta vez por la historia y el honor de ser el primer equipo en alzar la Copa Jules Rimet. Resúmenes de prensa e historiadores califican a los días previos al encuentro como “muy tensos”, con declaraciones altivas de unos y otros jugadores.

La final

La final empezó con una pelea por la pelota que se usaría. Cada selección acostumbraba a llevar su balón y quería jugar con él. El juez tomó una solución salomónica: en cada periodo se jugaría con una pelota diferente. El sorteo favoreció a Argentina, que puso su esférico en el primer tiempo. Solo 12 minutos habían trascurrido cuando el balón argentino, con la audacia de Pablo Dorado, atravesó el arco uruguayo. El primer tiempo terminó 2 a 1 a favor de Argentina.

La segunda parte fue un festín charrúa. Pedro Cea, a los 57 minutos, igualó el marcador; y a los 68, Victoriano Santos Iriarte, apodado el ‘Canario’, volvió a poner a los celestes en el podio de los ganadores. Argentina no se rendía. Un solo gol lo dejaba en igualdad y le devolvía la fe en que un milagro podía hacerse realidad.

En el campo, 11 jugadores corrían por la pelota y contra el tiempo. Los otros 11 dibujaban en sus rostros la sonrisa del ganador. Quedaban dos minutos, y el marcador estaba 3 a 2 a favor de Uruguay. Al minuto 90, un gol de Héctor Castro cortó la esperanza argentina. Uruguay entero estalló. Desde la plaza Independencia, por todas las calles del 18 de julio, hasta el estadio Centenario, ríos de gente celebraban el cierre de la tripleta perfecta. Vencedores en el 24, el 28 y el 30; el paso a la historia, el sello con sudor y lágrimas de su proeza deportiva. El anfitrión batió a Argentina 4-2 ante 93.000 espectadores y ganó su primer título mundial de la Fifa.

Argentina, en cambio calló. El silencio inundó desde jugadores hasta el Gobierno, que decidió romper relaciones deportivas por cinco años; estas solo se reanudaron cinco años después.

Han pasado 84 años desde aquella epopeya atlética. Uruguay sigue mostrando su altura. Prueba de ello son jugadores como Luis Suárez o Edinson Cavani. En Sudáfrica 2010 logró el cuarto lugar y el premio de mejor jugador fue para Diego Forlán. Además, es el actual Campeón de América. Clasificar a Brasil 2014 no fue un camino fácil –Colombia lo goleó 4-0 en las eliminatorias– y por momentos se pensó que los celestes se perderían la justa internacional.

Ahora está en el ‘grupo de la muerte’, integrado por dos equipos que también han sido campeones del mundo: Italia e Inglaterra; además de la complicada Costa Rica.

CINDY A. MORALES
EL TIEMPO
Montevideo

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