Miles de placas recuerdan a las víctimas del nazismo

Miles de placas recuerdan a las víctimas del nazismo

Un proyecto cultural integra los nombres de los fallecidos al espacio público de Alemania.

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01 de junio 2014 , 08:58 p. m.

Desde la década de los ochenta, la sociedad civil alemana comenzó a participar activamente en el proceso de superación de su pasado nazi, con una gama de iniciativas socioculturales y de investigación histórica que refuerzan y contribuyen a mantener vigente la política estatal de reparación, reconciliación, recuperación de la memoria y prevención del racismo y la xenofobia, que incubaron la era del nazismo en el centro de Europa.

La gama de proyectos es tan extensa como fue la catástrofe humanitaria del exterminio de 6 millones de judíos, más los germanos disidentes del régimen, los homosexuales, los discapacitados, los gitanos y los cristianos, ordenada por el Tercer Reich.

Del inmenso repertorio se destaca un proyecto cultural sugestivo, sutil y trascendental, que devuelve la identidad a las víctimas y logra que su nombre retorne para quedarse. Es el proyecto llamado Stolperstein (Una piedra en el camino), del artista berlinés Günter Demning, quien lo concibió en 1993 y lo lleva a la práctica desde entonces.

La propuesta está inspirada en el proverbio judío contenido en el Talmud: “El ser humano sólo muere definitivamente cuando su nombre desaparece en el olvido”.

‘Aquí vivió’

Una piedra en el camino es una placa conmemorativa de cobre hecha a mano e incrustada en el andén o en la calzada del espacio público, pero siempre ubicada enfrente de la puerta de entrada de las casas o lugares de trabajo que fueron ocupados por las víctimas, antes de ser deportadas a los campos de concentración nazis.

Günter Demning, de 59 años, explica que tanto la manufactura como la leyenda, tamaño y ritual de incrustación de las placas en los andenes son una constante inmodificable del proyecto.

El tamaño de la placa es de 96 por 96 milímetros, se incrusta a 12 centímetros de profundidad del andén, de donde sobresale 100 milímetros, lo suficiente para imponerse a la vista del paseante sin obstaculizarle el camino o ponerlo en riesgo de caer.

Sobre la superficie, la placa lleva una leyenda grabada con fuego, a manera de epitafio, que comienza siempre con la frase ‘Aquí vivió’, seguida del nombre completo de la víctima, la fecha y lugar de nacimiento, así como de su muerte. Estos datos van acompañados por una brevísima descripción del desenlace de su infortunio.

Una de las placas, por citar un caso, rinde homenaje a Max Sittner, nacido en 1870. Deportado en 1942 al campo de concentración de Theresienstadt. Asesinado en diciembre de 1943. A su lado se encuentra la placa dedicada a su esposa, Melanie Sittner, también deportada al mismo campo de concentración, en 1942, y asesinada ese mismo año, según consta en la leyenda.

Estas dos ‘piedras en el camino’ se encuentran frente a la entrada de la casa 133 de la calle Mehringdamm, del barrio Kreuzgberg, de Berlín, uno de los de mayor afluencia turística de la capital germana.

En el mismo pasaje, según la cronología del proyecto, se encuentran incrustadas otras 600 placas que hacen parte de las 4.560 esparcidas por los barrios de la capital alemana, y del número global de 45.000 que están instaladas en 15 ciudades germanas, así como en Austria, Hungría, Bélgica y Polonia, principalmente.

Sin embargo, la cifra es una variable en crecimiento, puesto que cada año se registran nuevas incrustaciones. “Este proyecto tiene alas. Crece y se multiplica. La gente lo cuida, lo experimenta, lo acepta y lo protege, incluso del vandalismo de los neonazis, que de tanto en tanto intentan volver a borrar la memoria de un ser humano esparciendo brea sobre la placa”, dice una de las 12 multiplicadoras del proyecto en Berlín, quien añade que el porcentaje de ataques es insignificante, pero que, cuando se producen, los gestores los denuncian ante la Policía mientras proceden a limpiar o, en caso necesario, a reemplazar la placa.

‘Historia está sembrada’

Hanna Mehrens, una comerciante germana de 43 años y madre de dos adolescentes, de 13 y 15 años, cuenta que no sintió rechazo pero sí mucha aprehensión y dudas cuando, antes de mudarse de casa, durante la visita al apartamento que pretendía tomar en arriendo, “tropezó” enfrente de la entrada no con una, sino con cinco placas conmemorativas del nacimiento y la desaparición de una familia judía: padre, madre y tres adolescentes de apellido Rosenthal.

“Vi que el apartamento era apto para mi familia, pero no entregué papeles. Regresamos un par de días después con mi esposo y mis dos hijos. Ambos ya sabían leer, uno mejor que el otro. El mayor se arrodilló espontáneamente para leer los nombres; el menor, en cambio, exclamó: ‘¡Ay! Miren, esos nazis también estuvieron aquí’ ”, comentó Mehrens, quien reside desde hace ocho años en el barrio Charlottenburg, al occidente de Berlín.

“Le pregunté cómo era eso de ‘también estuvieron aquí’ para indagar lo que sabía, y me dijo: ‘¿No las has visto? Enfrente de la escuela también hay una casa con estas piedritas, allí también llegaron los nazis. La profesora nos contó lo que hacían con la gente. Un día les llevamos flores’. En ese momento, supimos que debíamos tomar el apartamento, porque la historia ya estaba sembrada y teníamos el deber de terminar de contarla a nuestros hijos”.

Padrinos protectores

Sobre la mecánica, financiamiento y mantenimiento de las placas, los organizadores del proyecto en Berlín explican que detrás de cada placa se encuentra un padrino, que patrocinó su manufactura mediante el pago de 120 euros.

“No solo son los parientes supervivientes de las víctimas, sino, mayoritariamente, gente joven, universitarios, investigadores, historiadores, parejas y habitantes actuales de las casas que fueron domicilio de un deportado a los campos de concentración, entre otros. La gente normal y corriente es la que mantiene vivo este proyecto, con sus donaciones y también con su voluntariado en el trabajo de mantenimiento de las placas”, agrega la activista.

Entre tanto, el apoyo estatal consiste, básicamente, en permitir y otorgar el permiso para que la placa sea incrustada en el espacio público que configuran los andenes y calzadas, para evitar, de esa forma, tener que entrar en trámite o negociaciones con los propietarios de los inmuebles.

PATRICIA SALAZAR FIGUEROA
EL TIEMPO
Berlín

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