Celibato: dos relatos de amores clandestinos

Celibato: dos relatos de amores clandestinos

26 mujeres le enviaron una carta al papa pidiéndole volver opcional el voto de castidad.

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31 de mayo 2014 , 09:49 p. m.

‘Fui novia de un sacerdote’

Cuando Mario tenía a su cargo la misa, la iglesia se llenaba. La comunidad lo quería y lo respetaba, porque hacía honor a su vocación y a su misión sacerdotal: visitaba a la gente, organizaba actividades, mediaba en conflictos, estaba siempre dispuesto para todos… Además, era un caleño en sus treinta, atractivo, moreno, inteligente y carismático.

Yo tenía 18 años. Recién me había graduado del colegio, pero pensaba trabajar un año antes de empezar la universidad. Iba a misa los domingos con mi familia, me interesaban las actividades de la Iglesia y, como tenía tiempo, decidí dictar catequesis los fines de semana a los niños.

Poco después ya era la directora de ese curso y eso nos puso más en contacto, así que rápidamente nos hicimos amigos. Admito que él no pasaba desapercibido para mí. Para nadie. Recuerdo que les preguntaba a mis alumnos si sus mamás iban a misa y muchos de ellos me respondían, con un gesto muy inocente, que sí, pero que en realidad lo hacían solo para ver al cura.

Y era verdad, veía a solteras, casadas, maduras andar detrás de él, pero él sabía mantenerlas a raya. Era un sacerdote serio. Y fue eso, lo confieso ahora, lo que hizo que acabara fijándome en él, aunque yo no buscaba ni esperaba nada.

Un día, después de que él regresó de un retiro con su comunidad, me pidió que habláramos y me soltó una frase que no olvido: “Solo quería que supieras que durante este retiro pensé en ti todo el tiempo, y que darme cuenta de eso me ha puesto a reflexionar sobre mi vida”. Y selló lo dicho con un beso apurado, pero inmensamente tierno, en los labios.

Lo aparté y le dije que eso no estaba bien, aunque en el fondo me sentía halagada. Dejamos las cosas así y yo decidí esquivarlo. Ocho días después, él entró al salón de catequesis y me sacó, literalmente. Se disculpó de mil maneras y yo seguí haciéndome la difícil, pero un tiempo después ya estábamos juntos.

Fue una relación medio idílica, que no podía ser pública. Aun así, lejos de la iglesia éramos un par de novios que salían juntos a todas partes y se brindaban apoyo mutuo. Me ayudó a prepararme para las entrevistas que presenté en las universidades; él dictaba clases en la Javeriana y quería que yo optara por esa universidad para que estuviéramos más cerca. Me decidí por la Tadeo y él apoyó mi decisión.

La relación nos duró casi un año hasta que una de mis hermanas mayores se dio cuenta de que él me llevaba a la casa por las noches. Mi familia es paisa y aunque no es católica devota, sí es conservadora, y sobre todo en temas como este. Ella me confrontó prácticamente en la puerta: “O deja la catequesis o mañana mismo le monto un escándalo a este cura en la iglesia”. Fue un aterrizaje de barriga en la realidad.

Que hubiera curas que después de misa salieran con mujeres, fueran a fiestas y llevaran la vida que llevamos todos no era una novedad para mí. De hecho, era y es muy común. Pero resulta que yo estaba saliendo con un sacerdote y eso estaba mal, nadie lo aceptaría.

Al día siguiente le puse término a todo, a pesar de sus protestas y ruegos. Pasada una semana me llamó a preguntarme qué tanto lo quería y me dijo que si yo lo amaba de verdad, él dejaba el sacerdocio para estar conmigo. Y yo no iba a permitirle hacer semejante cosa. Lo dejé y me aparté de todo su mundo.

Después supe que finalmente dejó la Iglesia para construir una familia. Puesto en perspectiva, siento que eso estuvo bien. Él hubiera podido hacer lo que otros curas: mantener una doble vida, pero él, que era de una sola pieza, prefería con honestidad una cosa o la otra.

Eso es respetable. Hoy lamento, por ejemplo, que el sacerdote que me casó cuando yo tenía 21 años, tuviera mujer en el pueblo en el que vivía, ¡y todos los feligreses lo sabían! Como era primo de mi esposo vine a saberlo cuando se presentó en una reunión familiar con su señora. Me pareció terrible. De hecho, me negué tajantemente a que bautizara a mi primer hijo. Esa clase de cosas, las mentiras y la hipocresía, hacen zozobrar la fe de la gente.

‘Tras ocho años de vida religiosa pedí la dispensa’

Una convicción personal de que allí había cosas que no me gustaban me llevó a abandonar la vida consagrada. No lo hice por contraer matrimonio aun cuando hoy soy casado. Digamos que conocer a quien hoy es mi esposa fue un ingrediente más para acelerar mi decisión. Lo definí así porque entendí que no era algo que me llenaba de satisfacción totalmente y debía encontrar otros elementos para mi vida. Simplemente no me conformé con lo que recibí.

Se dio casi desde el momento en que llegué a ejercer a una parroquia en un pueblo del Valle del Cauca. Profesé mis consejos evangélicos –pobreza, castidad y obediencia–. Desembarqué con hábito y toda la disciplina eclesial, pero descubrí que quería un vuelco vocacional a mi experiencia de fe.

Tres años después de mi llegada, en una Semana Santa, hablé con ella por primera vez. Estaba terminando su carrera en la universidad y era de esos feligreses que van a misa con frecuencia.

Congeniamos e iniciamos una relación que cuando creció y quisimos visibilizarla hubo que dar el paso al costado: luego de ocho años o más de vida religiosa pedí la dispensa de mis votos a Roma.

En esa época que viví en el Valle muchos clérigos tenían mujer. Una doble vida que se explica fácil: ‘Mi novia la tengo en el Restrepo y mi parroquia en Chía’. Los fines de semana se iban a ‘visitar a la mamá que es viejita y vive sola’. El domingo llegaban oliendo a whisky. Ocultaban a sus esposas y al regresar a sus parroquias vendían la idea de que eran transparentes y sinceros.

Nunca sentí culpa porque entendí que los consejos evangélicos eran promesas. No estaba faltando a ningún dogma ni a ninguna verdad revelada en la Iglesia. Vi que hacer una vida en familia era parte del complemento de mi existencia.

Unos años después inicié el proceso en la iglesia Episcopal en Colombia Comunión Anglicana para continuar mi vivencia vocacional, pero sin afectar a mi familia.

Hoy me siento conforme y creo que aquella doctrina que señala que quien es célibe se une al único y eterno amor no es del todo positiva porque nosotros, con esposa y con hijos, llevamos un ministerio tan pleno como lo lleva el que decide seguir el celibato.

Llevo una vida normal, solo que cuando llego a mi casa no estoy solo. No tengo que aparentarles a otros que mi soledad es fruto de mi consagración a Dios. Ejerzo mi ministerio en la Iglesia, llevo una vida como sacerdote, atiendo a muchos y hasta oficio matrimonios.

Ser casado me ha permitido ser más sensible. Más humano. Más justo con las mujeres. Me ha enseñado a respetarlas más porque ya no son una teoría: las tengo al lado y las crío. Sé qué es que un hijo se enferme, que se alimente bien, que tenga su ropa, que estudie. Paradójicamente, soy más consciente que cuando era célibe, porque entonces solo me preocupaba por mí.

El matrimonio enriquece al sacerdote, así como el celibato bien vivido también lo hace, siempre y cuando se sea feliz. Por eso hay que dejar un margen para la decisión de cada cual.

En más de 20 años de vida religiosa y posteriormente sacerdotal he conocido a muchos sacerdotes católicos romanos que tienen pareja e hijos. Siempre hay una persona que los acompaña. Es quien les cocina, la secretaria, la abogada, la doctora. Algunos hasta se casan por lo civil, atentando contra su ordenación sacerdotal. Y muchos obispos saben y se quedan callados.

El celibato no pasa solamente por tener una pareja. No se trata de tener novia, amantes o hijos. Pasa por reivindicar mis derechos como persona. El celibato es un accidente que no altera el ministerio ni la concepción de fe de la persona ni clarifica la postura de una iglesia en el siglo XXI. Si la Iglesia habla de defender los derechos humanos, que empiece por hacerlo con sus propios clérigos. No todos se casarán, seguro. No todos tendrán familia. Pero al menos sí la posibilidad de hacer más pleno su ministerio, aterrizándolo en experiencias de vida y no limitándolo a los libros.

Han pasado 18 años desde que me casé. Tengo tres hijos, la mayor entra a la universidad y los otros dos viven la adolescencia. Y sí, ellos hacen preguntas. Pero tienen claro, sin necesidad de ocultar nada, que soy sacerdote, pero a la vez su papá.

Voces
El debate tras la ‘puerta abierta’

Tras esa “puerta abierta” a la que se refirió el papa para que el voto de castidad se convierta en opcional, la Iglesia está jugando un partido entre las distintas facciones que apoyan o desestiman la idea. Pero hasta ahora no es más que “una forma de medir el pulso para saber hasta dónde estamos preparados para discutir este tema”, expresa el padre Ramón Zambrano, director del canal Cristovisión.

Han pasado 800 años desde que se decretó el celibato, y ese partido apenas está comenzando. “Lo primero que debemos entender es que uno no es sacerdote porque no le gustan las mujeres, sino porque aun gustándole, elige la pasión por la Iglesia. Por eso es un don. Hay que quitar el mito de telenovela: un sacerdote se puede encaprichar por una mujer, pero tiene la formación espiritual para superar las crisis”, agrega Zambrano.

Aunque no hay una cifra exacta, el diario ‘l’Osservatore Romano’ calculó que entre 1970 y 1995, unos 46.000 sacerdotes perdieron su estatus por dejar el celibato; hoy, el Vaticano concede unas 700 dispensas cada año.

Para Javier Darío Restrepo, director de la revista ‘Vida Nueva’, la solución pasa por una simple reforma de la legislación canónica. Considera que el mundo “requiere hoy una pastoral mucho más aterrizada. Lo que parece más oportuno es que la asesoría a crisis de parejas la haga alguien con la autoridad de estar dando ejemplo de una relación de pareja estable”.

Así se lograría una “mayor autoridad moral y una mejor imagen”, agrega Isabel Corpas de Posada, doctora en Teología, que considera que suprimir el celibato podría contribuir a reducir los casos de abusos sexuales dentro de la Iglesia.

“En ocasiones un inadecuado proceso de selección, un abandono del acompañamiento permanente, la soledad en la que se encuentran algunos ministros y ciertas características de personalidad, hacen que se presenten situaciones que escandalizan a la comunidad”, señala el teólogo Fabián Salazar Guerrero, investigador del Instituto Colombiano para el Estudio de las Religiones.

Mientras tanto, en la Iglesia existen opciones intermedias, como el diaconado permanente, que permite a hombres casados acceder a ser ministros ordenados.

El jesuita Alfonso Llano advierte que la reforma podría, incluso, diferenciar a los sacerdotes religiosos de los diocesanos, permitiendo el matrimonio solo a estos últimos. “Hoy hay diocesanos que viven de forma informal, ilegítima con una mujer. Si el papa reconoce que pueden casarse, sería un gran paso”, advierte.

EL TIEMPO

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