Editorial: Un reto en común

Editorial: Un reto en común

Los candidatos en contienda deben animar el debate con propuestas.

31 de mayo 2014 , 08:16 p. m.

Ha transcurrido una semana desde las elecciones presidenciales del domingo pasado, que definieron los nombres de los finalistas con miras a la segunda vuelta, el próximo 15 de junio. Tras conocerse el escrutinio, tanto la campaña de Óscar Iván Zuluaga como la de Juan Manuel Santos dedicaron la mayor parte de los últimos días a concretar alianzas, reestructurar sus respectivas organizaciones y afinar las estrategias de comunicación, que serán claves para definir el triunfador en la cita que se avecina con las urnas.

Pero, aparte de sumar apoyos y convencer a los ciudadanos de que cuentan con la mejor propuesta para las necesidades del país, ambos tienen la responsabilidad de vencer al que podría describirse como un reto común. Este no es otro que la elevada abstención, que el 25 de mayo se acercó al 60 por ciento. En cifras concretas, de casi 33 millones de personas habilitadas para votar, tan solo lo hicieron algo más de 13 millones.

Tan bajo nivel de participación genera profundos interrogantes sobre la calidad de la democracia colombiana. Es incuestionable que la legitimidad de los gobernantes y de las decisiones que estos toman cuando ejercen sus funciones se encuentra íntimamente atada a la fortaleza del mandato que reciben. Pero, así mismo, los gobernados tienen la responsabilidad de entender que escoger es un privilegio que hay que poner en práctica. Puesto de otra manera, aquel que sufraga pertenece y además entiende que al ejercer el derecho a elegir también pone en marcha el de exigir.

Quienes saben de estas cosas resaltan que el abstencionismo no es un fenómeno nuevo en Colombia. Un trabajo comparativo hecho por el Instituto Internacional para la Democracia (Idea), un organismo no gubernamental con sede en Suecia, revisó la participación electoral en 168 naciones entre 1945 y el 2001. En dicha muestra, ocupamos el puesto 161 en el planeta y el último en Centro y Suramérica, a gran distancia de Argentina o Perú, en donde en promedio votó más del 80 por ciento.

Ante la apatía ciudadana, se han emprendido diferentes estrategias, comenzando por las publicitarias. Pero, sin duda, el intento más estructurado quedó explícito en la Ley 403 de 1997, que determinó una serie de estímulos para invitar a la gente a intervenir en el proceso electoral. Lamentablemente, el grueso de la opinión desconoce que, con el certificado que se entrega una vez depositado el sufragio, se tiene derecho a media jornada de descanso compensatorio o a la rebaja de un mes en el tiempo de prestación del servicio militar obligatorio, al igual que un descuento del 10 por ciento en el valor de la expedición del pasaporte, entre otras ventajas.

No faltan, claro, quienes abogan por el voto obligatorio, que consiste en usar más la táctica del garrote que de la zanahoria. Bajo este sistema hay castigos que incluyen multas pecuniarias o sanciones de diversos tipos. Si tales métodos funcionan o no es algo que es objeto de discusiones sin fin, pero la verdad es que, según el Idea, la tasa de participación en las democracias más estrictas a la hora de aplicar los métodos coercitivos supera el 85 por ciento.

Aun así, en el mundo son mucho mayores los ejemplos de democracias que prefieren dejar en libertad a los electores. Dentro de las razones expuestas están las de que las sanciones acaban golpeando con mayor dureza a los pobres y los jóvenes. Por ello, la labor de convencimiento tiende, para decirlo en forma coloquial, a hacerse “a las buenas”.

Bajo ese parámetro, el desafío en Colombia consiste en conseguir que más ciudadanos se sumen voluntariamente a las corrientes de participación, algo que es más fácil de decir que de conseguir. Entre los motivos que se alegan para no votar se encuentran la percepción de que el sistema es corrupto, ya sea porque meterles mano a los resultados es fácil o porque manipular al elector es sencillo, a través de prácticas como la compra de votos, sin que se adopten sanciones ejemplares para quien las promueve.

Pero puede haber otros factores. Entre los comicios parlamentarios de marzo y la primera vuelta presidencial, la reducción neta del número de sufragantes fue cercana a un millón. La explicación más cínica apunta a que la mal llamada ‘mermelada’ no hizo presencia para ‘incitar’ a un grupo importante de ciudadanos, sobre todo de la Costa Atlántica, en donde se dispararon las tasas de abstención.

No obstante, hay analistas que creen que el problema estuvo realmente en la calidad del debate electoral, más centrado en la guerra sucia y las descalificaciones mutuas que en las propuestas constructivas. La base de estas afirmaciones está en que, en otras oportunidades, cuando la contienda se ha animado debido a ideas concretas, la gente se ha hecho presente en las urnas.

Sea entonces esta la ocasión para poner en práctica esa hipótesis e insistirles a Zuluaga y a Santos que esta recta final incluya, ante todo, el debate respetuoso de los planteamientos, con el fin de que los votantes escojan a los que consideren mejores. Esa es la manera más efectiva de combatir la pereza electoral y fortalecer, de paso, a la democracia colombiana.

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