El día que definió la Segunda Guerra Mundial

El día que definió la Segunda Guerra Mundial

El 6 de junio de 1944, 156.000 soldados aliados se tomaron la costa de Normandía, en Francia.

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31 de mayo 2014 , 07:57 p. m.

“La más grande operación anfibia de toda la historia”, la llamó en sus memorias el primer ministro británico Winston Churchill. Y lo fue: el 6 de junio de 1944, el próximo viernes hace 70 años, miles de soldados desembarcaron en las playas de Normandía para darle inicio a una larga batalla que sería definitiva en la liberación de Francia del poder y las garras de los nazis, y que selló la suerte de la Segunda Guerra Mundial y les dio la victoria a los aliados en el frente occidental. “La historia recordará esta proeza como una de las mayores”, le escribió en un telegrama Stalin, el máximo líder soviético, a Churchill.

Y lo fue, sin duda lo fue: 156.000 soldados aliados participaron en ella, entre el desembarco y las labores aéreas; 6.939 barcos de guerra y algunos civiles, todos armados hasta los dientes; 9.500 aviones y 1.900 planeadores, desde los que saltaron más de 7.500 paracaidistas. 80.000 toneladas de bombas, 80.000. Esas son solo algunas de las cifras del heroico y devastador ‘Día D’: “el día más largo del siglo XX”, como lo llamó el mariscal alemán Erwin Rommel en un presagio, dos meses antes de que ocurriera. Un día por el que sus artífices estuvieron esperando desde el inicio de la guerra.

Pero llegar a él no fue nada fácil –era casi imposible, de hecho–, porque cada pieza de ese mortal y épico reloj tenía que estar en su lugar y solo en él, sin errores ni fisuras. No podía sobrar ningún resorte, ninguna clavija, ningún tornillo que se quedara por fuera girando sobre un escritorio hasta apagarse y quedarse allí, como un reproche. Porque ese reloj era también una bomba de tiempo, como suelen serlo todos, pero ese más que ningún otro, y para que diera las 00:16 del 6 de junio de 1944 tuvieron que pasar casi cuatro años brutales.

Entre abril y junio de 1940, de hecho, la guerra europea que había empezado en septiembre de 1939 con la invasión de Alemania a Polonia tuvo una aterradora escalada. Porque ahora la gran obsesión de Hitler era neutralizar a los ingleses, y para lograrlo lanzó una feroz ofensiva contra los países que se le interponían en el camino hacia el Mar del Norte. Así fueron cayendo en sus fauces Noruega y Dinamarca, y luego, en mayo, Luxemburgo, Holanda y Bélgica. Todos como botín de guerra; todos alienados ahora por la causa del Führer.

Pero el golpe más importante vino sin duda en junio de ese año terrible, cuando el ejército alemán entró por fin a Francia y logró su rendición y su entrega, su envilecimiento. De nada valieron los esfuerzos del gobierno legítimo, con el heroico primer ministro Paul Reynaud a la cabeza; ni sirvió tampoco el apoyo militar de los británicos, cuya famosa Fuerza Expedicionaria se había regresado a su país, pies en polvorosa, mientras en París ya ondeaban las banderas con la esvástica y el águila negra del Tercer Imperio.

Con la firma del armisticio entre el nuevo gobierno y Hitler el 22 de junio de 1940, Francia quedó partida en dos mitades: una, la del norte, llamada la ‘zona ocupada’ y bajo el mando directo de los alemanes; la otra, la del sur, llamada la ‘zona libre’ y bajo el mando del mariscal Philippe Pétain y el régimen colaboracionista de Vichy, que aunque mantenía en los papeles la soberanía del Estado francés y su neutralidad, bah, acogió con fervor las desviaciones racistas de los nazis, en uno de los episodios más vergonzosos de la historia contemporánea.

Fue así como empezó ‘La Resistencia’: ese movimiento multiforme y complejo que se oponía por igual a la ocupación alemana y a la abyección del gobierno de Pétain, y cuyos miembros luchaban desde el exilio o desde la clandestinidad, o desde las colonias, por la liberación de Francia. Con una dificultad inesperada, o acaso no: que muchos de los franceses (demasiados) estaban de acuerdo con el signo de los nuevos tiempos, y aun brillantes escritores como Céline o Drieu La Rochelle celebraban con furia y encono las ideas de los invasores.

Se trata de un debate histórico de nunca acabar que aún hoy atormenta a Francia: ¿Eran de verdad tantos los resistentes? ¿Pero dónde estaban todos, qué se hicieron cuando los demás los necesitaban? Porque ahora, cuando la historia ya ocurrió, es muy fácil reescribirla y olvidarla: decirse héroe mientras muchos otros sí lo eran de verdad, y negar las delaciones y los hombros levantados, las miradas hacia el otro lado, los aplausos y las venias a la infamia. Ahora resulta que todos los franceses estaban por la libertad, y que los colaboracionistas eran otros, siempre los otros.

Pero los que sí lo estaban, muchísimos, también, no descansaron en su empeño de curar a su país de la invasión y de la usurpación. Con el general Charles de Gaulle moviendo los hilos desde afuera, soplando por las ondas clandestinas de la BBC la llama del patriotismo y de la fe, el rescoldo de los que se habían quedado adentro y no querían vivir presos ni humillados. Claro: ‘La Resistencia’ era muchos movimientos a la vez y con grandes contradicciones y diferencias entre sí, pero a todos los unía el objetivo obvio y común de derrotar a los alemanes.

Por eso, desde el principio –podría decirse aun que desde antes del principio: desde antes de la invasión, cuando se veía venir–, los aliados apoyaron a los resistentes y los hicieron parte esencial de su estrategia política y militar. Porque estaba muy claro que sin la libertad de Francia era imposible un triunfo en el frente occidental; y estaba muy claro también que sin los resistentes era imposible la libertad de Francia. Así de claro. El problema es que también los aliados estaban divididos, sobre todo en lo que tenía que ver con ‘La Resistencia’ y sus líderes.

Porque Churchill apoyaba a toda costa, aunque casi a su pesar, a De Gaulle, que le parecía un arrogante y un insolente y un problema más que una solución. El presidente Roosevelt, en cambio, detestaba a De Gaulle y no lo quería al mando de la Francia del exilio, porque le parecía un arrogante y un insolente y un problema más que una solución: un usurpador al que nadie le había dado ningún poder, y que hablaba en nombre de todos los franceses cuando ni siquiera podía hablar en nombre de sí mismo, dados los enfrentamientos de su propio grupo.

Lo cierto es que con De Gaulle o sin él –Churchill y Roosevelt jugaban a los dados, como Dios; al final ganó Churchill– había que liberar a Francia como fuera. Y los aliados trataron de idear un buen plan desde muy temprano. Pero los otros frentes de la guerra no daban tregua, en el Atlántico y en el Pacífico y en el Mediterráneo, y además esa era una operación que tenía que ejecutarse de manera perfecta y que exigía una destreza técnica que acaso tomara varios años de preparación, como en efecto ocurrió.

Así que ni en el 40 ni en el 41 ni en el 42 se pudo consumar la reconquista de Francia, hasta que en agosto de 1943, en la primera Conferencia de Quebec, Churchill y Roosevelt, y Mackenzie King, el primer ministro de Canadá, acordaron, entre otras cosas, darle vía libre a la operación, que llevaba el título encriptado de ‘Overlord’ y para la que se había escogido como comandante al general estadounidense Dwight Eisenhower. Ahora era el momento de ejecutar con minucia cada movimiento y cada paso, sin fallar; como un relojero que desactiva una bomba, o la activa.

El ‘Día D’ iba a ser el 5 de junio

Vinieron entonces varios meses de extenuantes preparativos, pensándolo todo a la vez, cada detalle: desde los puertos artificiales que se tenían que construir para garantizar el éxito del desembarco, hasta el sitio por donde había que desembarcar y que los alemanes creyeron siempre que sería el paso de Calais. Por eso los aliados escogieron en cambio las playas de Normandía: para no dejar que el enemigo saliera de su asombro y su estupor. Allí estaban las famosas cinco playas codificadas: Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword.

Lo curioso es que poco antes del fijado ‘Día D’ (5 de junio de 1944, que por mal tiempo se pasó para el 6) los nombres secretos de esas playas salieron en el crucigrama del Daily Telegraph, lo que disparó las alarmas del servicio de inteligencia británico. Pronto se supo que todo era una coincidencia, bah, y que ya nada podía arruinar los planes porque la suerte estaba echada: a las 22:56 del 5, salieron desde Inglaterra los seis primeros planeadores, cruzando el mar rumbo a Normandía, remolcados por los bombarderos Halifax.

El primero de ellos aterrizó en el Canal de Caen a las 00:16 del 6 de junio de 1944, y sus tripulantes lograron tomarse, de un golpe, justo como lo habían previsto, el ‘Puente Pegaso’. Fueron ellos quienes abrieron, rompiendo los alambres de púas de ese primer objetivo, el camino del desembarco horas después: con él se inició la larga y descomunal Batalla de Normandía. La liberación de Francia y el triunfo de los aliados en el frente occidental. Churchill llevó a De Gaulle hasta Londres en la víspera, el 5, y le contó de la operación cuando ya era inevitable. “¿Cuándo empieza?”, preguntó el general. “Ya”, respondió el inglés. Fue hace casi 70 años ese día señalado, el ‘Día D’. El día más largo del siglo XX.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
Especial para EL TIEMPO

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