La guerra por la paz

La guerra por la paz

Con semejantes bestias, a las que condenamos, es con las que hay que negociar la paz.

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27 de mayo 2014 , 07:11 p.m.

Después de más de 50 años de guerra es de no creerse que el pueblo colombiano prefiera la venganza a la paz. La venganza es uno de los padres de la violencia. Cuántos cientos de miles de vidas fueron segadas en aras de una ciega disputa y cuántas más seguirían rodando. Cuántos campesinos y gentes de las ciudades no vieron caer a los suyos para arrebatarles sus tierras, para castigar su militancia, para cerrarles el pico, y también, hay que resaltarlo, víctimas de la guerrilla en sus ataques nefandos a los pueblos y en la ejecución de rehenes que no alcanzaron a pagar sus rescates o cayeron bajo las inclemencias de la naturaleza. Con semejantes bestias, a las que condenamos quienes por la paz nos batimos, es con las que hay que negociarla, que no es con la abuelita; eso sería creer que los santos sudan. Mientras más sanguinario sea o haya sido el contrincante, mayor es el mérito de pararlo. Pero ante las buenas intenciones de acabar con el conflicto ha triunfado la desinformación de la extremista derecha de que en La Habana se está entregando la nación, de que van a quedar impunes sus bárbaros atentados, de que los sindicados de crímenes de lesa humanidad van a llegar gratis al parlamento y de que van a comandar las fuerzas militares, de que el castro-chavismo será la divisa del próximo régimen y de que vayamos dándole el adiós a la propiedad privada.

A lo mejor, los defensores de la paz no han sabido vender bien su producto y los abogados del diablo hicieron ochas y panochas para desmontar sus bondades. Aunque se dice que cuando uno está perdido no lo salvan ni los santos, siete poetas nadaístas de las primeras edades y ahora setentón el menor, quienes somos Pedro Alcántara, Jotamario Arbeláez, Patricia Ariza, Pablus Gallinazo, Armando Romero, Jan Arb, Rafael Vega-Jácome, Álvaro Medina, Elmo Valencia y el mismo Gonzalo Arango desde ultratumba, hemos elaborado un libro con testimonios personales, y un pronunciamiento acerca del proceso que lidera el nadaísta de sus mocedades Humberto de la Calle Lombana, a quien va dirigido, lo mismo que a cada uno de los integrantes de la mesa de paz en La Habana. El documento se titula A la mierda con la guerra. Nadaístas por la paz, y comienza:

“Los participantes en este compendio, escritores y artistas vinculados al Nadaísmo de vieja data y descreídos hasta la médula de las componendas políticas, manifiestan su respaldo y compromiso con las conversaciones de paz que se adelantan en La Habana entre representantes del Gobierno y de la guerrilla –entidades a cual más desacreditada pero de las únicas que depende pactar la paz–, con la decidida mediación de Humberto de la Calle Lombana.

“Consideran que su misión de denuncias con papel y tintas y cuerdas y en las tablas durante casi todo el tiempo del vergonzoso salvajismo patrio les permite acoger el proceso como una oportunidad de paz imperdible, merecido destino de una Colombia desfigurada en masacres pasadas y presentes que indignados repudian.

“Valoran que, aunque no se superen todos los problemas criminales internos, pues subsistirán narcotráfico, bandas criminales, delincuencia común y de cuello blanco, más los agazapados y desembozados enemigos de la paz, será una gran conquista que la guerra no declarada se declare al fin cancelada.

“Concluyen que actuar de otra forma, o no actuar, sería aupar los esfuerzos inaceptables de quienes prefieren la continuación de una guerra impredecible a una paz donde haya razonables concesiones de parte y parte. Ante una crucial circunstancia histórica que los deja sin evasivas, y cuando se ha atizado una guerra sucia contra las posibilidades de paz, expresan con toda su vehemencia a la mesa de conciliación en La Habana: ¡A la mierda con la guerra! Nadaístas por la paz. Mayo 2014”.

jmarioster@gmail.com

Jotamario Arbeláez

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