De la inteligencia y el espionaje

De la inteligencia y el espionaje

El gobierno acaba de emitir el Decreto 857, por el cual se reglamentan prácticas de inteligencia.

15 de mayo 2014 , 07:26 p.m.

El espionaje es tan antiguo como la guerra. De aquel hay indicios bajo distintas formas, bien, utilizado por los generales en campaña, bien, por gobiernos, reyes y políticos para sus respectivos fines y objetivos, por lo general asociados con el engaño y la falacia, cuando no con el asesinato del adversario desprevenido, al alcanzar asiento a la diestra del anfitrión para hacer fácil el empleo del puñal o del fino estilete para asesinarlo, si es que no fuere posible envenenarlo.

Como es obvio, el espionaje había cumplido la misión previa de conocer detalles que aseguraran el éxito de la eliminación del supuesto amigo. La inteligencia aparece siglos después como instrumento ultrasecreto de un Estado contra otro u otros enemigos.

La temible KGB soviética realizaba su función en forma abierta contra sus propios ciudadanos y encubierta al máximo contra Estados Unidos, Gran Bretaña y sus aliados. Inglaterra, con Scotland Yard; Estados Unidos, con el FBI, y Francia, con la Sureté, no teniendo enemigo político interno, concentraban su actividad en la Unión Soviética y sus satélites, doblegados por el Pacto de Varsovia. Los tanques soviéticos que aplastaban la rebelión húngara contra su régimen comunista, y las represalias sobre Checoeslovaquia y Polonia sacaban a la KGB de la clandestinidad, pero, al mismo tiempo, acentuaban el altísimo secreto sobre el espionaje en sus adversarios declarados.

Cabe citar el caso de dos espías británicos aprehendidos por el Kremlin en los años cincuenta. Ellos, cumpliendo el mandato de su servicio, negaron lealmente el secreto de toda conexidad con el gobierno de su majestad británica. La jefatura del Estado dejó toda relación con los presuntos espías sabiendo que serían torturados y bárbaramente asesinados para arrancarles la verdad.

La ejecución pública de los dos espías ingleses en la plazoleta del Kremlin fue advertencia disuasiva para sus adversarios y conspiradores internos, en particular para los países silenciados por el Pacto de Varsovia. Los soviéticos fueron expulsados del Reino Unido, a buen seguro castigados en secreto por dejarse descubrir, pero mantenidos en el servio de la KGB como ejemplo de lo que cuesta la colaboración, así sea involuntaria y a la larga valiosa como tal para la agencia secreta.

Los Estados Unidos crearon la CIA, central de inteligencia bajo la excelente dirección de Edgar Hoover durante más de veinte años. En la actualidad, el presidente Barack Obama tuvo que afrontar el delito de alta traición a la patria de un miembro de su gobierno por vender información secreta por un extranjero nacido en su territorio y protegido por la doble nacionalidad.

Prevalido del Derecho Internacional y cuidándose bien de no visitar países donde existan tratados de extradición, salió desvergonzadamente a pregonar por televisión y radio la felonía cometida sobre la materia, afirmando que jamás regresará a Estados Unidos.

En Colombia, nuestro gobierno acaba de emitir el Decreto 857, por el cual se reglamentan prácticas de inteligencia. Como decreto ejecutivo es público, lo que le quita a la inteligencia del Estado el carácter confidencial. El análisis del decreto se deja para próxima oportunidad.

A propósito, es conocido el caso de la Mata Hari, que vendía secretos de guerra a la inteligencia francesa y alemana valiéndose de sus innegables encantos y poderoso atractivo sobre los hombres del espionaje de Francia y Alemania.

La justicia francesa la condenó a muerte y el gobierno alemán aplaudió en secreto la medida por cuanto la espía gozaba de gran cariño en el pueblo alemán. Ese caso es único en la historia, pero, rodeado de leyenda, sigue siendo materia de películas, novelas y otras formas de amplia divulgación.

alvatov2@yahoo.com

Gral. Álvaro Valencia Tovar

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