León de Greiff, 100 años desde los Panidas

León de Greiff, 100 años desde los Panidas

En 1914 unos jóvenes crearon en Medellín un movimiento cultural del que surgió un poeta universal.

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13 de mayo 2014 , 10:49 a.m.

 El cuarto donde empezaron a congregarse los Panidas, a mediados de 1914, era tan reducido que los 13 integrantes no cabían juntos ni de pie. (Vea más de la serie Plumas de Antioquia)

“Músicos, rapsodas, prosistas, poetas, pintores, caricaturistas, eruditos, locos y artistas”, como los describió León de Greiff en su primer libro, Tergiversaciones (1925), planeaban dar un golpe cultural en la conservadora Villa de Medellín.

Ninguno superaba los 20 años, y a la mitad los habían expulsado meses antes de la Escuela Nacional de Minas, según archivos de la Institución, por “subversivos y disociadores”, es decir, por cuestionar a la Iglesia Católica y al Partido Conservador.

No todos escribían, Ricardo Rendón (Daniel Zegri), por ejemplo, era caricaturista; y José Gaviria Toro (Jocelyn), un músico.

El centro de operaciones de los mozuelos bohemios era el tercer piso de El Globo, un café ubicado en el parque Berrío, al lado de la iglesia La Candelaria. Según crónicas de EL TIEMPO, ese lugar fue rentado por Tomás Carrasquilla. Allí redactaron las 10 ediciones que tuvo la revista quincenal Panida, cuyo primer ejemplar brotó en febrero de 1915.

Hernando Cabarcas, investigador literario, afirma que antes de divulgar su primer poema en esta publicación, Balada de los búhos estáticos, ya se conocían algunos poemas, pero que en este movimiento de Greiff marcó su estilo “tradicional y vanguardista, romántico y maldito, relacionado con la tradición vaticinadora de los poetas”.

Entre ‘Los 13’ también estaban Fernando González, el filósofo; Teodomiro Isaza (Tisaza), el pintor; Libardo Parra (Tartarín Moreyra), el cronista; y Félix Mejía (Pepe Mexia), el arquitecto, entre otros. Sus seudónimos no fueron suficientes para escapar a la censura del Arzobispo Manuel José Caycedo.

El primer seudónimo de de Greiff fue Leo Legris. Santiago Gardeazábal, estudioso del vate, cree que el ‘gris’ refleja su gusto por ‘La Noche’ y está inspirado en el poeta simbolista francés Aloysius Bertrand, autor de texto Gaspard de la nuit, otro de los alter ego que usó León.

“Él entendía francés, y por eso tradujo literatura gala. Estaba influenciado por la música contemporánea. Su papá, el político liberal Luis de Greiff, trajo a la ciudad una de las primeras vitrolas. No es gratuito que todas sus letras parezcan música”, dice Gardeazábal.

Los primeros meses de 1914, luego de abortar la carrera de ingeniería, de Greiff viajó a Bogotá. En ese lapso, antes de retornar a Medellín para cofundar Los Panidas, fue secretario del caudillo Rafael Uribe Uribe y estudió derecho unas semanas en la Universidad Republicana.

Para Julián Vásquez, profesor de Literatura Comparada de la Universidad de Estocolmo, durante estos años de alumbramiento la poesía greiffiana tiene dos fuentes: la música y el radicalismo cultural y filosófico de Los Panidas, nombre que hace honor a Pan, el dios griego del éxtasis y del vino.

“La filosofía griega sobre los orígenes del ‘éxtasis’ lo inspiró profundamente. De ahí su convivencia toda la vida con el vino. Los Panidas leían también a Nietzsche, en cuya obra aparece una de las mejores descripciones filosóficas del ‘éxtasis’ como elemento vital en la creación artística”, agrega Vásquez, coordinador de Night Festival, un congreso anual que se hace en Korpilombolo (Suecia), alrededor de ‘La Noche’ greiffiana.

Por su parte, Gardeazábal considera que Los Panidas son importantes porque fueron la “primera logia” del poeta. Luego vendrían ‘Los Nuevos’, en Bogotá, del que hacían parte Felipe y Alberto Lleras Camargo, Germán Arciniegas, Jorge Zalamea, entre otros. “Siempre hubo un mito de que los Panidas acordaron suicidarse, y tres de ellos lo hicieron”, agrega.

La contribución de 10 centavos que hacían los lectores por cada ejemplar de Panida, y la poca pauta, tal vez por temor a retaliaciones de la Iglesia, hicieron que abandonaran el proyecto editorial ese mismo año.

En la crónica ‘Los Panidas de Medellín’, publicada en 1995 por Credencial, Miguel Escobar cita al propio de Greiff: “Nos animaba, ante todo, un propósito de renovación. Por aquellos tiempos la poesía y el arte se habían hecho demasiado académicos. Nos parecía una cosa adocenada, contra la cual debíamos luchar”.

Para Escobar, el ímpetu de este grupo comenzó a insuflar aires de modernidad en el arte y en la literatura colombiana.

El poeta incomprendido

La rúbrica del poeta de los neologismos y los arcaísmos viaja en varios vagones del metro de Medellín. Su nombre también lo llevan varios colegios, un hotel ubicado en el Centro y un Parque Biblioteca.

La Universidad de Antioquia y la Nacional han difundido su obra con exposiciones y foros; y el Metro puso a viajar sus letras con Palabras Rodantes.

También, hace un par de años, la Gobernación patrocinó una Cátedra para docentes. Su memoria también se ha perpetuado en libros de greiffianos como Julián Vásquez y Luis Fernando Macían y en documentales, como el realizado el año pasado por el periodista Oscar Mario Estrada, con apoyo del Instituto Departamental de Cultura y la Biblioteca Pública Piloto.

Pese a toda esta inversión y a la universalidad de obra, este autor es menos conocido o leído que otros escritores nacionales.

Según Vásquez, de Greiff es un poeta, básicamente, para poetas, pues su lectura exige concentración, y de ahí se puede derivar su supuesta “dificultad” e “impopularidad”. Considera que es un escritor para el futuro porque la profundidad de su obra aún no ha sido asimilada.

En Bolombolo, suroeste antioqueño, donde vivió el poeta entre 1926 y 1927 cuando trabajó con el Ferrocarril de Antioquia y donde según Vásquez realizó su máxima creación, una Corporación que lleva su nombre difunde su legado.

En varias escuelas de la región, niños y padres de familia recitan fragmentos de su poesía.
Cabarcas dice que es un poeta para el siglo XXI por su experiencia material del lenguaje. “Tiene una vigencia extraordinaria, humor y misterio. Su obra está dispuesta para que sea el mismo lector quien la escriba y eso implica meterse en la vida del autor”, agrega el greiffiano.

Jaime Jaramillo (X504), quien realizó la última antología de León, un año antes de que este muriera, dice que con los textos de León hay cierta predisposición, como la hubo con la persona.

“Decían que era difícil acercársele, y yo lo hice y fui su amigo al final. Una vez me prestó un libro con tachones suyos. Se lo dejé en El automático, en Bogotá, pero creo nunca lo reclamó, ya estaba enfermo”, recuerda X 504.

Vásquez afirma que los vocablos de su poesía tienen una avanzada musicalidad e imágenes pictóricas que a simple vista no aparecen. “Las generaciones futuras, quizás más cosmopolitas que la actual generación de lectores, sabrán apreciar un alquimista del verbo”.

Oscar Andrés Sánchez A.
Redactor de EL TIEMPO
Medellín

 

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