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Enrique Peñalosa: El hombre de las mil vidas

Enrique Peñalosa: El hombre de las mil vidas

Renunció a la nacionalidad gringa y en Bocas habló de la cantidad de roles que ha desempeñado.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
09 de mayo 2014 , 11:58 a. m.

De niño quiso ser santo y médico. Hoy dice que si tuviera otra vida se dedicaría a escribir guiones para el cine y la televisión. Su mamá le inculcó el amor por el verde y su abuela materna el gusto por charlar con la gente en la calle. En un arrebato de patriotismo renunció a la nacionalidad gringa. Le gusta subir solo en bicicleta al alto de Patios. Dice tener una doble vida, sin embargo, lo cierto es que ha tenido mil. Tiene montones de historias y ser presidente de Colombia, por el Partido Verde, podría ser el más serio cuento que tenga para contar en el futuro. Es Enrique Peñalosa.

Por Carolina Venegas K. / Fotos Juan Pablo Gutiérrez

De niño lució el uniforme de scout por las montañas del barrio Santa Ana (norte de Bogotá) y en esas mismas cuadras empinadas –y con la misma pasión aventurera– se voló dos dedos con un cohete lleno de pólvora que encontró tirado, que encendió y que le explotó en su mano derecha. Entonces, a partir de aquel día, quiso ser cirujano.

Con ese mismo espíritu científico, en su pubertad se hizo coleccionista de mariposas y lagartijas disecadas. Luego, al terminar la universidad, quiso estudiar cine y confiesa que su película favorita es Doctor Zhivago, a la que volvía una y otra vez por la actriz británica Julie Christie, de quien estaba profundamente enamorado.

Enrique Peñalosa ha querido –y ha sido– muchas otras cosas. Fue obrero, lavó platos, limpió pisos e, incluso, fue libretista de novelas, como Amándote, cuando su familia fue socia de la programadora Punch. También ha sido periodista y columnista, lo que lo hizo merecedor de un Premio Simón Bolívar.

Trabajó en el Acueducto de Bogotá, en la oficina de Planeación de Cundinamarca y en el gobierno de Virgilio Barco, como secretario económico. Entonces, un buen día, se convirtió en el político que repartía papelitos en las calles.

Era el “bicho raro” de la política, como dice su hermano Guillermo. Su estrategia, cara a cara con la gente, lo llevó a la Alcaldía de Bogotá, de donde salió con altos índices de popularidad. Con su fama de buen alcalde, ejerció de consultor en varios lugares del mundo (Irán, Indonesia, México, Mongolia), al tiempo que prefirió dedicarse a su familia y, en especial, a su hijo Martín, que en ese momento todavía estaba muy pequeño.

Después de perder las últimas elecciones a la Alcaldía ante Gustavo Petro, declaró a BOCAS que estaba políticamente muerto. Pero no lo estaba. Las encuestas dicen que, a sus casi 60 años (hoy, 59), podría ser el próximo presidente de Colombia.

Pero no falta quien lo descalifique. Sus contrincantes dicen que es arrogante y “muy de Bogotá”, pero quienes lo conocen más de cerca, afirman que no es arrogancia sino pasión. De hecho, su hija Renata (27 años) dice que es un “nerdo total”. Es muy urbano, sí, pero ha recorrido gran parte del país en bicicleta, en canoa, en carro, a pie. Se declara fanático del contacto con la gente y tiene alta estima entre las mujeres, que dicen que tiene buena pinta y está “bien plantao”.

Es un imán de colombianos en el extranjero: lo han abordado en Hong Kong, en un aeropuerto en Nueva York –donde pensó que iba a tener problemas por ser un colombiano que viajaba desde Teherán a Estados Unidos– e incluso en una playa nudista en Canadá, adonde llegó por error en un velero en el que viajaba con su hija.

Tiene tantas historias como vidas. Se ríe con potencia de sus propios chistes y es buen conversador, aunque es clarísimo que al mismo tiempo se le están pasando mil ideas por la cabeza; entonces para y anota con una pluma de caligrafía –una de las tantas que tiene– en una libreta de hojas blancas rayadas más chiquita que su mano, igualita a otras seis que forman una torre en la esquina del escritorio. En ese mismo escritorio, en el cajón de abajo, guarda su colección de té: de Sudáfrica, ruso, verde, de jazmín… “Café no tomo porque me pone muy ansioso”.

Su país ideal está formado por la cultura de movilizarse en bicicleta de Holanda; la agricultura y la cultura de Francia; la comida francesa, española e italiana; la capacidad de reírse de sí mismos de los italianos; la vida cultural de Londres; el humor mexicano, y la tranquilidad –“ese hakuna matata”– de los brasileros.

Y aunque cada vez que regresa a Nueva York se maravilla de la libertad que siente en esa ciudad llena de energía, lo que más disfruta es recorrer la montaña como cuando era niño. Así es este candidato verde.

Dicen sus críticos que no puede ser presidente porque no nació en Colombia…

Yo nací en Washington porque mi padre era lo que llaman junior professional del Banco Mundial. Pero allá duré dos meses porque luego nos regresamos a Colombia. Pero lo mejor de esa historia no es mi nacionalidad gringa, sino cómo renuncié a ella.

¿Cómo?

Regresamos a vivir en Estados Unidos cuando yo tenía quince años. Cuando llegué, no hablaba una palabra de inglés. Me sentaba frente al televisor y no entendía nada. Pero igual, hice mis últimos tres años de colegio en una escuela pública. Luego estudié con una beca de fútbol en la Universidad de Duke, lo que me aseguraba una vida muy confortable si decidía quedarme. Entonces, luego de haber vivido cinco años allá, a mis 21 años, fui a la embajada y le dije al embajador que quería renunciar a mi nacionalidad. Él me dijo: “Está loco. Mire por la ventana, mire esa fila de dos cuadras de personas que darían lo que fuera por tener eso a lo que usted está renunciando. Vaya y lo piensa y vuelve en una semana”. Yo tenía claro que quería trabajar en Colombia, en lo público, en la política. No era por evitar Vietnam ni nada de eso. Por ahí tengo una copia de la declaración juramentada de por qué renuncio a mi nacionalidad.

¿Se ha arrepentido en algún momento?

No, para nada. Una vez que fui a trabajar en la Universidad de Nueva York me pasó la cosa más chistosa. Necesitaba el número del social security y cuando fui a sacarlo se dieron cuenta de que era colombiano, pero que había nacido en EE. UU., la mujer que me entrevistaba no entendía nada, esa figura no la registraban sus computadores, entonces se desesperó y me preguntó que dónde estaba yo y dónde estaba mi mamá al momento de mi nacimiento.

¿Tuvo una infancia feliz?

Tuve un padre maravilloso, al que la verdad no veía mucho porque era un workaholic, trabajaba mucho, muy apasionado por Colombia. Absolutamente íntegro. Por ejemplo, cuando era ministro de Agricultura ni siquiera dejaba que el carro del ministerio nos llevara al paradero del bus, que era a seis o siete cuadras, porque decía que ese carro era solo para uso oficial...

¿Y de su mamá viene el amor por las plantas y la naturaleza?

Ella toda la vida diseñó jardines, tuvo un vivero, también trabajaba mucho. Entonces crecí entre flores y matas. También crecimos en un barrio en el que jugábamos en la calle todo el tiempo y que daba contra las montañas, entonces caminaba mucho por ahí. En una época viví con mi abuela en una casa grande de Chapinero y ella nos llevaba a las tiendas de barrio, yo me le colgaba del brazo y ella me arrastraba por el barrio, por las tiendas, me compraba trompos, íbamos a donde las marchantas porque había una plaza a media cuadra y todas eran amigas de ella, entonces la veía negociar, charlar. Sí, yo creo que tuve una infancia feliz.

¿Todavía recorre las plazas de mercado?

Cuando hay, voy. Me encantan las plazas.

¿Y hace mercado?

No, mi esposa, pero tengo que confesar que yo cultivé tomates durante varios años y me obsesioné con cómo se exhibían mis tomates y desde entonces me fascinan los supermercados. Cuando viajo me encanta entrar para ver qué frutas y qué productos venden, y cómo los muestran. La verdad, me gusta ir al mercado, claro que no me toca ir mucho, entonces mi esposa dice que es precisamente por eso que me gusta.

¿Cómo fue lo de los tomates?

Eso fue entre el 80 y el 82. En esa época tenía unos socios con los que cultivábamos tomates en Tenjo. Cuando no lograba vender los tomates a los supermercados, parqueaba mi Renault 4 a la salida de Carulla, abría la puerta de atrás y los vendía empacados en unas bandejitas de Icopor. Así fue como me surgió la idea de repartir volantes en la calles para mis campañas.

Volvamos a su infancia. ¿Es verdad que quería ser santo?

Eso era cuando era muy muy niño, a eso de los 6 o 7 años, que leía muchas historias de santos, cuentos y cómics. Y sí, estuve obsesionado, era mi sueño ser santo.

Su primer colegio fue el Campestre, ¿cómo le fue por allá?

Mi padre era exalumno de allá, de la primera promoción. Ese colegio era muy conservador, pero inculcaba valores de lo que es correcto y ético y demás. Pasábamos felices, jugábamos fútbol. Eso sí, yo era muy indisciplinado, a veces me iba mal en las materias y me ponían matrícula condicional por la indisciplina, porque hacíamos toda clase de locuras.

Pero también estudió en el colegio Refous, ¿qué recuerdos tiene de allá?

Un día mi mamá decidió sacarnos a todos y mandarnos al Refous. El rector, monsieur Jeangros, es un personaje maravilloso que, desde ese entonces, tenía muy claro el tema de la igualdad. Por ejemplo, cuando nos dejaba el bus no nos dejaba echar dedo porque decía que a los niños con pinta de estrato alto los recogían, en cambio a los obreros no, entonces no podíamos irnos echando dedo sino en bus. También nos sacaba a trotar descalzos por las carreteras destapadas de lo que es ahora Suba y hacía excursiones maravillosas por Colombia.

¿Quién se encargó de usted cuando se voló los dedos con pólvora?

Eso fue un accidente en el barrio y curiosamente al frente de mi casa vivía un médico especialista de cirugía de la mano, pero ese día no estaba, entonces me atendió un médico del Hospital Militar que era medio vecino. Tenía 11 años.

Hoy en día tiene éxito con las mujeres, dicen que tiene buena pinta, ¿cómo le iba con ellas en el colegio?

Ese era un colegio mixto, entonces uno se tragaba de las mujeres, pero nunca tuve éxito con mis tragas platónicas; era malo para echar carreta y nunca aprendí a bailar. Claro que eso fue antes de los quince. Después estudié en Estados Unidos.

¿Y agarró pronto el inglés?

Me costó trabajo. Yo digo que tiene más oído un eucalipto sabanero. Pero aprendí porque estaba allá y leía mucho y me iba bien. También me iba bien con los deportes, jugaba básquet y fútbol, y me dieron una beca por jugar fútbol.

¿Hubiera podido estudiar sin esa beca?

Me aceptaron en varias universidades muy buenas, pero es posible que sí. También es que trabajaba mucho. En esa época trabajé más de dos años como obrero raso en una construcción, tan raso que era el único no negro de la obra. No digo blanco, porque como latino solo estaba a mitad de camino. Aunque, para ser franco, muchas veces al final del día, después de andar cargando palos, pensaba “acabo de tirarme un día de mi vida que no va a volver”.

¿Y qué le quedó de esa época?

Uno aprende a respetar al otro como igual, por las condiciones en las que se encuentra. Cuando trabajaba lavando platos en Washington, mi compañero era un campesino ilegal, un inmigrante salvadoreño; él me contaba con orgullo que sabía arar con bestia, manejar un tractor… Otra cosa que aprendí es que uno puede aguantar sin importar qué pase, que es posible sobrevivir de alguna manera.

Tras perder las elecciones a la Alcaldía ante Gustavo Petro, declaró a BOCAS que estaba políticamente muerto. Su candidatura a la presidencia y algunos resultados de encuestas obligan a pensar que, al parecer, estaba equivocado.

Estados Unidos en los setenta, ¿qué tan hippie era?

Tenía amigos hippies, porque en esa época era bastante hippie. Tenía el pelo larguísimo y grandote y me tocaba amarrármelo para jugar al fútbol. Era hippie de pelo, pero no más. Un par de veces fumé marihuana, pero no me gustó.

¿Y qué pasó con el fútbol? ¿Nos perdimos de tener una estrella deportiva?

Nuuuu. Jugaba de defensa central, pero nunca fui lo suficientemente bueno como para haber sido profesional. Lo que pasa es que en el país de los ciegos, el tuerto es rey. Hasta los entrenadores me molestaban con eso. Lo que pasaba era que la beca me lo pagaba todo. Posiblemente ganaba más cuando estaba de estudiante en Duke que de alcalde de Bogotá…

Acá no hay de esas becas...

No, aquí no, además el deporte aquí no tiene ninguna importancia en ese nivel. Acá no hay campeonatos entre universidades ni nada.

Entonces terminó la universidad, dejó de ser gringo y... ¿arrancó para Europa?

Cuando terminé la universidad lo que quería era recorrer el mundo, soñaba con ir a los Himalaya, por Afganistán, y hacia allá nos fuimos con un amigo venezolano que conocí en Washington, pero luego terminé viajando con un árabe porque el venezolano se voló con una novia que se consiguió. Fui a Londres y luego a París y cuando llegué a París pensé que debía quedarme a vivir en esa ciudad tan divina.

¿Fue cuando le picaron las ganas de estudiar cine?

Sí, pensé que iba a poder hacer dos, cine y administración pública, y además trabajar, pero definitivamente era demasiado. Me fui por administración pública, pero creo que si tuviera otra vida eso es lo que me gustaría hacer: escribir libretos para cine y televisión, esa constituye otra manera de participar en la creación de la sociedad. Es más, cuando estuve en la Alcaldía invité a muchos libretistas de televisión para ver cómo lográbamos incorporar en los libretos temas educativos, relativos al control de la natalidad y cosas de esas.

Como con Francisco el matemático…

Bueno, Francisco el matemático es un invento mío hecho precisamente con ese propósito y con la idea de enaltecer a los maestros.

Dictó clases en el Externado y en NYU, ¿le hubiera gustado dedicarse a ser profesor?

Dicté clases más de 17 años y fui decano de la Facultad de Administración del Externado. Me encanta enseñar. Es maravilloso, primero uno estudia y aclara sus ideas a través de las preguntas de los estudiantes. Además, uno puede darse cuenta de que está cambiando el mundo hacia el futuro.

¿Y sí paga ser profesor en Colombia?

¡“Huich…”, terrible!, obviamente eso era un hobby.

Estuvo bastante tiempo por fuera, ¿cómo hizo para que Colombia no se le convirtiera en un país extraño?

Al principio venía cada dos años, luego no. Pero alguna vez vine y pasé un semestre de intercambio en la Universidad de los Andes y en Semana Santa me fui caminando solo desde Bogotá hasta los Llanos. Pasé el páramo de Chingaza, pasé la zona que después se volvió la zona más guerrillera, más complicada, de San Juanito, donde no había carretera ni carros –esto era a 50 kilómetros de Bogotá, en 1977, y había gente de 15 y 20 años que nunca había visto un carro en su vida–, y llegué por el río Guatiquía, creo. Fueron como cinco días de caminada, solo, por entre el páramo, solo, solo, solo, y de noche. Llegué a San Juanito pasando ese cañón de Guatiquía, incluso tenía una linterna y se me fue al abismo.

Por lo visto le encanta perderse entre el paisaje, ¿hoy en día se da esos lujos?

Casi todos los años me voy al Casanare a una finca de un amigo. Este año el paseo fue con mi hijo, decidimos darnos una vuelta larga en carro: llegamos a La Línea, cerrado el paso de La Línea, no pudimos pasar, nos tocó devolvernos y dormir en Ibagué; volvimos a tratar de pasar y nada, nos devolvimos para dar la vuelta por Mariquita, por Manizales, llegamos a Cali para la Feria y luego nos fuimos para Armenia a la finca de unos amigos.

¿Si le sirve el celular en esos paseos por las montañas?

Sí, tengo Movistar y es bastante bueno en general, cuando se corta no sé si es por cuenta del mío o el del otro lado, pero en general no me quejo.

No le va a quedar tan fácil volarse a la montaña si es elegido presidente...

A mí me gusta andar solo. Subo a Patios en bicicleta solo y allá tomo jugo de naranja y como arepa donde Rocío. Ando en buseta, en taxi, dejo el carro, lo saco a veces para salir de noche, pero me imagino que ahora todo eso va a cambiar. Eso es de las partes aburridas.

Además de subir a Patios, ¿usa la bicicleta para moverse por la ciudad?

Mire lo que hice ayer. Fui en bicicleta al lanzamiento de la vicepresidenta a la 80, aquí cerquita. Después, también en bicicleta, fui a las siete de la noche a Hora-20, en la 67. De allá fui a comer en la 85 con 14. Para la noche tengo mi chaleco reflectivo y mis luces. Esta mañana, temprano, fui en bicicleta hasta Todelar, que queda en la autopista con 84. Después, igualmente en bicicleta, adonde un amigo en la 93. Luego dejé la bicicleta en mi casa. Normalmente cojo una buseta, es más rápido y más tranquilo que ir en carro.

¿Ha montado en Transmilenio en hora pico últimamente?

Claro que sí, y obviamente puede ser mucho mejor, es increíble que no hayan arreglado el problema de las puertas que quedan abiertas y permiten que se cuele la gente.

¿Sabe usar los buses azules?

Sí, algo, también tengo mi tarjeta del Sitp, pero la verdad, no los sé usar muy bien.

¿Con cuánto carga la tarjeta de Transmilenio o de Sitp?

Con lo que más pueda… ¿Treinta mil pesos?

¿Cuánta plata tiene en la billetera?

Ahora tengo mucha, 197.000, pero no gasto mucho.

¿En qué la gasta?

En almuerzos en Crepes, adonde vamos mucho. Tengo un Carulla a dos cuadras de mi casa y me gusta ir a comprar Coca-Cola, le llevo un sándwich al portero, compro un aguacate, un baguetón, una bolsa de naranja para jugo, queso campesino. Me encanta el dulce de papayuela, entonces compro papayuela para que me lo preparen en la casa bajito de azúcar, y me lo como con mozzarella de búfala.

¿Tiene deudas en este momento?

Tengo muchas deudas. También tengo casa propia y me llega un predial muy alto, pero no me preocupa.

¿Da plata en la calle?

No me gusta dar plata en la calle a la gente que pide, pero sí les doy plata a veces a algunas personas que no están pidiendo. A veces a viejitos o a algún reciclador. A la gente que no está pidiendo sí le doy con alguna frecuencia.

¿Qué ha aprendido de sus derrotas políticas?

Creo que a pocos políticos los han derrotado tanto como a mí. Ya no sé cuántas derrotas tengo a cuestas, pero son muchas. Dicen que las derrotas lo vuelven a uno más sabio, entonces debo ser un gurú total porque he perdido muchas veces. En esta edad yo también tengo claro que uno está en los últimos capítulos de la vida, que queda mucho menos de lo que ya pasó. Y no es tan grave estar muerto…

¿Qué es lo más delirante que le sucedió cuando fue alcalde de Bogotá?

Me acuerdo de un cuento que sucedió durante la época de las calumnias y la campaña de desprestigio que causaron los bolardos que pusimos por la ciudad. Un día nos fuimos con Gilma Jiménez a Ciudad Bolívar y ella le preguntó a una niña de 10 años que si le gustaba el alcalde, ella dijo que no. Cuando le preguntamos que por qué, dijo que “¡Por los bolardos!”. Lo delirante es que probablemente esta niña en su vida se había subido a un carro particular ni había visto un bolardo, eran efectos de la campaña. Y pensar que ahora París y Madrid están “forradas” de bolardos, quince años después de que lo hicimos nosotros…

¿Está ansioso por la campaña y todo lo que se viene?

Claro, yo me tiré en paracaídas en mi juventud y sé que cada vez que uno se tira el susto es el mismo, pero uno sale de ese avión y se tira…

Sumemos paracaidista a sus múltiples vidas, ¿eso dónde fue?

En Estados Unidos, fue como una aventura. Ahora, en las campañas es igual. No sé si a otros no les da susto, pero cada vez que sale una encuesta uno se pone nervioso aunque diga que las encuestas no importan, porque claramente afectan.

¿Se siente con energía?

Total, y eso que en esto uno se cansa, de hecho estoy cansado porque anoche dormí supermal.

¿Le rinde el tiempo?

No, no tengo suficiente tiempo, por ejemplo hoy no he tenido tiempo ni de mirar Twitter.

¿Tuitea?

Sí, lo uso yo, solo yo. Hay otros de la campaña y eso, pero el mío, solo yo. Tengo una fracción de los seguidores que tienen otros candidatos, pero es impresionante que unas 30.000 personas vean lo que uno dice. Al menos sirve para desahogarse.

¿Por qué sigue diciendo que es mal político?

Es que he perdido tantas veces que debe ser que soy malo. O más bien mal candidato, porque creo que esas cualidades que se necesitan para ser buen candidato, que es decir mentiras y prometer de todo, son defectos cuando la persona es gobernante, porque ahí sí le toca ser serio, responsable. Obviamente que hay cosas duras en las campañas, los ataques y demás, y yo soy malo en los debates… Tengo una inteligencia como lenta, es como a los tres días, en la ducha, que me doy cuenta de qué es lo que debí responder, por eso tengo en la ducha una libreta especial, con hojas especiales, para anotar lo que se me ocurre, porque uno en la ducha piensa mejor.

¿Qué piensa de los otros candidatos?

Son buenísimos. Creo que Colombia tiene un lujo de candidatos: son técnicos, responsables, ordenados, honestos, no son populistas locos…

Hagamos una lista…

¡No, yo no voy a hacer comentarios en particular!

Obrero, vendió tomates, fue periodista, guionista, alcalde de Bogotá, esas son muchas vidas, ¿con cuál se queda?

No añoro ninguna y me gusta el momento en el que estoy. Me encantan las cosas sencillas. Me enloquezco con las mariposas, con los árboles, los paisajes de Colombia, con la luna llena. Yo disfruto mucho la vida, todos los detalles, como si me quedara una semana de vida.

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