Andrés Ospina, el escritor que hizo del chisme un cuento de Bogotá

Andrés Ospina, el escritor que hizo del chisme un cuento de Bogotá

El autor publica una serie de cuentos inspirados en historias de la ciudad y sus cercanías.

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05 de mayo 2014 , 07:07 p.m.

No ha vivido nunca más de tres meses fuera de Bogotá, dice el escritor Andrés Ospina, amante de las calles y de las historias de barrio de las que fue testigo desde niño, las de esa generación perdida que pocos se preocupan por escudriñar. Él, a sus 38 años, se saborea cada chisme que se le cruza por el camino. Eso, dice, es la esencia de su literatura.

Creador del Bogotálogo: usos y desusos del español hablado y conocido por presentar durante muchos años el programa radial 'La Silla Eléctrica', habló con EL TIEMPO a propósito del lanzamiento de una edición especial de tres cuentos compilados bajo el título 'Y yo que me creía un farsante'.

¿En qué lugares trascurrió su vida en Bogotá?

Viví en un barrio al que le llamábamos Sears (Galerías), luego nos fuimos a Quinta Camacho, luego Santa Bárbara Central, luego a La Cabrera y de ahí cerca al parque El Virrey. Me independicé viejo. Cuando tenía más de 30 años me fui a vivir a la 86 con novena. En Chapinero y Usaquén ha transcurrido mi vida. Una trayectoria vital de mudanzas. Nunca he estado más de un mes fuera de Bogotá y no tengo intenciones de vivir fuera; aquí me inspiro.

¿Siempre quiso escribir?

Yo aprendí a leer y a escribir viendo Plaza Sésamo. Soy torpe para muchas cosas: no sé nadar, no manejo, no bailo, pero tengo destrezas idiomáticas. A los 4 años, en el jardín infantil, nos contaban muchos cuentos. De hecho, mi informe dice que la actividad que más me gustaba era que me narraran historias. Claro que también quería ser detective, locutor, músico, periodista. Ahora creo que hago de todo un poquito.

¿Y cuándo escribió su primer cuento?

Cuando tenía 4 años nos contaron un cuento sobre un policía cívico. Recordé entonces que en el barrio San Luis había un policía cívico de apellido Torres que cuidaba niños. Así eran los agentes antes de los CAI. Ese fue mi primer cuento; escribí cuarenta páginas a mano y lo encuaderné. Ese policía se enfrentaba contra las fuerzas malignas del M- 19 y perseguía narcotraficantes. En esa época de la historia, y yo de niño, pues los veía como enemigos. Yo era muy tonto políticamente. Ahí comenzó mi curiosidad por la escritura y por Bogotá. Terminé estudiando literatura en los Andes.

¿Y cómo terminó trabajando en el programa radial ‘La Silla Eléctrica’?

Un día me invitaron a una conferencia en un colegio y ahí conocí a una mujer que trabajaba en la Radio Nacional de Colombia (Inravisión). Terminé haciendo un programa en la AM. Lo bueno es que de ahí saltamos a Radiónica con mi socio de muchos años Manuel Carreño. Trabajé nueve años en la radio. Ahí tuve la fortuna de estar en 'La Silla Eléctrica'. En esa época escribía, pero de forma más íntima; a los 30 años comencé a hacerlo de forma metódica.

Usted tuvo un blog de Bogotá. ¿Por qué se acabó?

EL TIEMPO publicó unas convocatorias invitando a gente para que escribiera blogs. Así surgió el Blogotazo de solo temas de Bogotá. Vivió desde el 14 de junio de 2006 hasta el 14 de julio de 2011. Terminó porque no podía quedarme escribiendo blogs toda la vida. Empecé con mi proyecto del Bogotálogo: usos, desusos y abusos del español hablado en Bogotá. Para lograrlo hice unas 400 entrevistas.

¿También entró en el mundo de la novela?

Sí. Hace un año presenté mi novela Ximénez, que es la historia del periodista José Joaquín Jiménez. En ella aparece la melancólica y grisácea Bogotá de los años 30 y 40 del siglo XX. Evoco el espíritu aventurero de este cronista colombiano y las costumbres de una sociedad que dejaba apenas de ser aldea para convertirse en urbe. Ximénez era un periodista que escribía las notas policiacas de la época pero que les infiltraba mucha ficción. Es la historia de un mentiroso fascinante.

¿Y de la televisión se salió?

Colaboré como libretista de un programa que se llamaba Culturama en Señal Colombia. Hoy sigo, y con programas de Bogotá. Participo en uno que se llama Callejeando; contará historias de la ciudad en tres épocas diferentes. Me parece honesto hablar de la ciudad que más conozco.

Cómo surgió la idea de compilar tres cuentos de Bogotá en ‘Y yo que lo creía un farsante’?

Uno de mis grandes amigos es Álvaro Castillo Granada, dueño de San Librario. Él me propuso escribir un libro de cuentos, y a mí se me ocurrió que estuviera ilustrado por un amigo que vive en Alemania, Andrés Roberto Londoño, un artista muy talentoso.

¿Qué podemos encontrar en esta trilogía?

Tres historia fantásticas de Bogotá en tres momentos de su historia. El primer cuento se llama La noche del Ruido, basado en un fenómeno natural sucedido el 9 de marzo de 1687; el segundo, El vigésimo suicida, inspirado en la ola de suicidas de principios del siglo XX en el salto del Tequendama, y El día en que llovieron discos, que tiene como escenario El Bogotazo.

Muchos surgieron de conversaciones que tuve. Me interesa el chisme, en eso se basa mi literatura.

¿Y se fue hasta el salto del Tequendama para inspirarse?

Sí. Me dejaron parar en la piedra de los suicidas.

¿Leeremos más historias de Andrés Ospina este año?

Al final de este año presentaré una novela gruesa. Cuenta la vida de una familia de la capital durante 400 años de historia.

¿Por qué hay que indagar en otras épocas de Bogotá?

Porque aquí se encuentran cosas mágicas. Hay que raspar la superficie. Esta es una ciudad inexplorada. Nuestra generación conoció cosas del siglo XX pero vivió en el siglo XXI; nos despojaron del siglo que nos pertenecía. Hay que rescatarlo.

¿Y a un amante de Bogotá qué no le gusta de la ciudad?

La agresividad, la desconfianza tácita, la falta de interés de los ciudadanos por su historia, por su pasado. No me gusta la falta de estética de la gente, que en vez de hacer un aviso bonito para un ‘corrientazo’ pongan un tablero sucio con letras feas.

De Bogotá odio la inequidad, que haya gente que no tenga cómo pagar un arriendo y que a la vuelta otros paguen hasta 30 millones de pesos. Eso puede acabar con Bogotá.

¿Dónde se consigue?

‘Y yo que lo creía un farsante’ se consigue por 20.000 pesos en San Librario de la calle 70 número 12-48 y también se consigue en www. sanlibrario.com o en el teléfono 3101738.

CAROL MALAVER
Redactora de EL TIEMPO

 

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