Memorias sueltas de Gabo, desde La Cueva

Memorias sueltas de Gabo, desde La Cueva

En la pluma del periodista Heriberto Fiorillo, los momentos que compartió con García Márquez.

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22 de abril 2014 , 09:24 p. m.

Gabito ha sido parte de mi vida. Como lector, le debo a él, a Shakespeare, a Lee Falk, a Rojas Herazo y a Cepeda Samudio mi amor por la literatura. Lo conocí hace 34 años, el día en que nació Leonardo, mi hijo mayor. Entusiasmado por mi jefa, Elvira Mendoza, entonces directora de Cromos, dejé la clínica de maternidad y corrí a las oficinas de la revista donde me esperaba el autor de Cien años de soledad, acompañado por el colega Gustavo Álvarez Gardeazábal.

Me preguntó por mis cuentos, “los otros hijos” que él llamó, mientras alababa la importancia de tener una esposa, “esa con la que uno va de la mano por la vida, firme, sin soltarla, como cuando se va a estrellar un avión”.

Por sus libros maravillosos y por las originales declaraciones que daba a la prensa internacional se consolidó con rapidez como uno de mis héroes. Debido a múltiples motivos y visiones –que sería muy largo descifrar aquí–, Charles Chaplin, admirado personaje de mi infancia, hizo en mí simbiosis de alma con el Gabito de mi juventud. Chaplin-Gabito, Chabito o Gaplin, un nuevo superhéroe.

Después me enteré de que leía mis artículos y me incluía con generosidad entre los buenos cronistas del país. Lo dijo varias veces, en petit comité, con la discreción del adulto que teme malcriar al jovencito, si este se entera.

Durante mis años de televisión, me concedió en La Habana una breve entrevista en la que fustigó al entonces Ministro de Defensa colombiano. El día en que le anunciaron el Nobel viajé a México a cubrir el suceso para Cromos y tuve, en medio de la alegría colectiva por el premio, la dicha adicional de reencontrarme, después de diez años, con un amigo argentino que me sacó del hotel donde estaba, me llevó a su casa y puso, para celebrar, todas sus botellas de vino sobre la mesa.

Al otro día –enguayabado y convencido de que ya la radio y los diarios habían publicado todo lo que Gabito expresara en aquella ocasión histórica– toqué muy temprano en su casa de San Ángel y le pedí revelarme lo que aún no había contado él sobre el Nobel. Amable, atado a una corbata cuyo uso reanudaba a las puertas de la consagración, me entregó con paciencia –mientras esperábamos por Álvaro Mutis para asistir con Obregón y Rulfo a un homenaje en el palacio presidencial– un material sorprendente y noticioso con el que llené siete páginas de la publicación.

A estas alturas, su hermano Eligio o ‘Yiyo’ era ya mi mejor amigo en Bogotá. Nos habíamos conocido en Londres, donde él residía, gracias a la invitación de una aerolínea británica. Tras un día de lluvia en un acogedor hotel de Knightsbridge, empezamos a consolidar un afecto que ni el cáncer ni la muerte han logrado disminuir. Un nuevo prisma se sumaría desde entonces a la perspectiva que los años me fueron dando del más famoso de los García Márquez. Si, para algunos muchachos de Cartagena, Gabito era en ocasiones el hermano del Cuqui, uno de los camajanes más populares de la ciudad, para nosotros aquel monstruo siempre fue, en familia, el hermano de ‘Yiyo’, ese tipo importante que llegaba a visitar a la familia y, sin querer, lo desordenaba todo con su mera presencia, porque los visitantes querían tomarse de una vez, sin excepción, una foto y un trago con él.

‘Yiyo’ me contó que la primera imagen que tuvo de su hermano Gabito fue una caja de libros. La mítica caja de libros que Cepeda Samudio, Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor le enviaron a Sucre (Sucre), cuando enfermó de pulmonía. Un paquete de 21 ejemplares, de los cuales ‘Yiyo’ y yo pudimos recrear 16 títulos. “También recuerdo el inmenso orgullo que sintió Gabito la primera vez que logró una cita con un gobernador”, me dijo ‘Yiyo’ alguna tarde en que conversábamos sobre las relaciones de su hermano con el poder.

Dos veces me invitó Gabito a trabajar con él y dos veces propuso mi nombre para dirigir una publicación entonces acéfala en Colombia. A principios de los ochenta me invitó a acompañarlo en Alternativa. En los noventa, preocupado porque yo llevaba más de siete años fuera de Colombia, me recomendó volver, invitándome a fundar con él una agencia de noticias por televisión. Tras una larga temporada como director de cine y de televisión, se barajó mi nombre como candidato a orientar otra publicación consolidada. Era la tercera ocasión que pensaban en mí para ese cargo, pero la solidaridad de Gabito llegó esta vez con una advertencia: “Lo que pasa es que Fiorillo no sabe lo que quiere”.

Por azares de la vida y el oficio, coincidimos en Cartagena, Bogotá, México, La Habana, Nueva York y Barcelona. Estoy seguro de que mi condición de reportero en ejercicio impuso casi siempre sobre él cierto hermetismo que hubiéramos preferido no tener, aunque, a pesar de ello, hayamos podido entregarnos libros propios y secretos de terceros. En reuniones de cinco o más personas, la ambigüedad de una frase, un gesto contenido, un cruce de miradas o un golpe en el pecho logra a veces significaciones elocuentes.

Por supuesto que más sabía yo sobre él. No solo por su estatura universal ni por las biografías, autorizadas o no, que circulan por el mundo, sino porque esta misma vida de azar me dio la enorme satisfacción de conocer al resto de hermanos suyos, que lo quieren y hablan de él en todo momento: Jaime, Luis Enrique, Aída, Ligia, Margot y Rita, por ejemplo. De su madre recibí varios besos, dos abrazos y tres vasos de avena.

El teléfono y el internet nos sirvieron, a Gabito y a mí, para intercambios eventuales y precisos. Una llamada mía porque mi hijo quería estudiar cine en San Antonio de los Baños. Una suya para pedirme un documento extraviado pero útil para sus memorias.

En una ocasión, con su hermano Gustavo (recién fallecido), decidimos editar un libro a cuatro manos. Gustavo había sido cónsul en Barquisimeto por muchos años y regresaba a Colombia con ganas de escribir. Entonces le propuse lo que se me había ocurrido en alguna reunión editorial: preparemos un libro, que será, entre otras cosas, texto obligado para miles de universitarios norteamericanos: de 1959 hasta la fecha, los presidentes de los Estados Unidos vistos por Fidel Castro. Entonces, de Kennedy a Bush, uno por uno, en palabras del presidente cubano. A Gustavo le sonó, por supuesto. Le insinué que solo necesitábamos una persona cercana a Fidel, que nos “palanqueara” la propuesta y las sesiones de entrevistas. Al coincidir en un aeropuerto, Gustavo se lo dijo a Gabito. Este lo escuchó con atención y soltó a volar esta frase que aún conservaba, según algunos optimistas, el latido de una esperanza: “Esa idea parece mía…”

Con Gabo me quedaba, por lo menos, otra anécdota por vivir. Tras la recuperación y remodelación de La Cueva, el mítico lugar de encuentro con sus amigos en Barranquilla, le confesé que queríamos editar aquella ‘Caja de Gabito’, con los 21 libros de distintos autores, que Álvaro, Germán y Alfonso le enviaron medio siglo atrás, a petición suya, hasta Sucre. “La lista se inicia con Mientras agonizo”, alcanzó a decirme. Le comenté que con ‘Yiyo’ habíamos establecido dieciséis títulos, que nos faltaban solo cinco y que contábamos con una lista adicional de sesenta títulos, entre los cuales estarían con seguridad los cinco faltantes. Le pregunté si podíamos hablar en México, a ver si yo se los leía y él recordaba. Me dijo que le avisara. Pero yo había sido un desconsiderado. Gabito se encontraba visitando médicos, atendiendo a estadistas y escribiendo un capítulo de sus memorias. Su respuesta me llegaría de verdad, también vía familiar, en una frase indirecta y rotunda, que provocó en la luminosidad de una tarde cartagenera mi risa más triste: “… joda. ¡Ese Fiorillo quiere que trabaje para él!”

En el 2007, el año de sus 80, de sus 60, sus 50, sus 40 y sus 25, como dijeron, en medio de tanto viaje y alboroto, Gabito sacó el tiempo para tener la deferencia de visitarnos una hora y diez minutos en La Cueva, regalándonos otra fecha de anécdotas comunes y legitimando con su presencia los proyectos de nuestra fundación.

Del encuentro quedó un audiovisual artesanal, construido con su diálogo y las fotos de varios asistentes. Un sonoviso que decidimos bautizar, con mucho cariño y en su honor, Adagio en sol mayor.

HERIBERTO FIORILLO
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

 

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