El hombre que quiso ser pájaro

El hombre que quiso ser pájaro

El Cole se prepara para volver a las tribunas luego de 16 años de ausencia.

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16 de abril 2014 , 04:01 p.m.

En una tribuna del estadio Giuseppe Meazza de Milán, en Italia, el Cole cae batiendo sus alas inútiles para el vuelo. Es un pájaro desplomándose, en barrena. Es el minuto 47 del segundo tiempo del partido de Colombia contra Alemania y Colombia pierde uno a cero, se juega su permanencia en el Mundial y hay drama. Hasta hace un instante el Cole hacía su número: se balanceaba en el borde de la tribuna amarrado de una soga que sostenían tres hinchas. Pero ahora, cuando el Bendito Fajardo se la pasa al Pibe y el Pibe se la sirve a Rincón que, a pesar del reloj, corre con increíble seguridad hacia el arco contrario y dispara, los tres hinchas eufóricos levantan los brazos para celebrar el inminente gol. Y entonces el Cole cae. Y grita. Y aletea. Y, aun así, trata –conforme el piso y las consecuentes fracturas se acercan– de ver la jugada, pero solo ve una multitud en barrido hasta que frena y queda suspendido en el aire: el último de los hinchas se había atado la cuerda a la cintura. Y allí, oscilando y con su vida pendiendo literalmente de un hilo, escucha el bramido de la tribuna y entiende que está vivo… Que está vivo para aullar la palabra “¡gooool!”. (El Cole en su casa, en Barranquilla).

Era el 19 de junio de 1990.
Ahora, 24 años más tarde, el Cole hace todo lo posible por seguir siendo el Cole.

La tarde se desvanece en el aire caliente y viscoso de Los Trupillos, un barrio popular de Barranquilla. El hombre saluda desde la ventana, su cara sale de la oscuridad como lo haría la de un cocodrilo del agua, y dispara ese efecto relampagueante del recuerdo: su figura, aunque alterada por el óxido de los años, es una estampilla en el álbum de la memoria. Todavía coincide con la imagen del hombre que con un traje y un peinado de colores decidió convertirse –desde 1989– en el hincha número uno de la Selección Colombia y terminó haciendo parte de esos personajes que –a veces por talentosos, a veces por delirantes, a veces por ambas– definen a un país y se vuelven instantáneas de su cultura pop: un Lucho Herrera sangrante, un Gabo en liquiliqui, un Pambelé ebrio, un Cole en la tribuna.

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La casa del Cole, como las demás del vecindario, es una construcción que ha crecido en una estrechez vertical a medida que la parentela ha aumentado y los recursos lo han permitido –“tengo 37 años en esta casa; la levanté yo”, dirá él–. No hay lujo, pero tampoco precariedad. No sobresale nada, no hay excesos kitsch, apenas un sentido espartano de las cosas: un sofá, dos sillas, un comedor, un televisor. Al fondo la habitación de él y su esposa, y a un costado unas escaleras que conducen al siguiente nivel en el que queda –además de un cuarto y otras escaleras externas que conducen al ‘apartamento’ de su hija, su yerno y sus dos nietos– lo que él llama, con esa voz arenosa, “mi nido”.

Y en su ‘nido’ la sobriedad desaparece. Se trata de una pequeña habitación atestada de él y no más que él en cuadros, fotografías y recortes de prensa. Una celebración a sí mismo. “Esta me la hicieron ahora en el partido contra Uruguay; son dos páginas enteras”, dice descolgando el recorte enmarcado de un diario. “Esta fue en Venezuela, esta en Argentina, esta en Italia”, va enumerando con euforia ascendente. “¡Mira: ‘El fútbol va más allá de la razón’!”, suelta enseguida señalando el titular con su foto, y sigue: “Eso es loco. El fútbol no tiene razón, no tiene lógica: yo expongo mi vida cuando me cuelgo. ¿Eso tendrá lógica? ¡Eso es porque me fascina el fútbol!”. Entonces, con la cara enrojecida y una vena gorda que divide su frente, el Cole –cuyo mote es la abreviación de ‘coleto’, que en barranquillero (al menos en una de sus acepciones) quiere decir ‘loco’– decide que debe bajarse el pantalón y buscar otro en el clóset –uno satinado y tricolor– y, mientras lo hace, nota que lleva puestos unos calzoncillos amarillos y allí, con sus piernas flacas, lampiñas y desnudas, grita pellizcando la tela del bóxer: “¡Mira, papi, amarillos como Colombia!”.

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Fanático viene del latín fanaticus, que era la palabra que utilizaban los romanos para designar a aquel que cuidaba el fanum (templo), pero luego su significado se ampliaría y también sería usada para nombrar a quienes visitaban esos templos y –como el uruguayo Ricardo Soca lo anota en 'La fascinante historia de las palabras'– “a los exaltados por el fervor religioso”. Hace 300 años, en el 'Diccionario nuevo de las lenguas española y francesa' (1705), Francisco Sobrino lo puntualizó así: ‘Nombre latino, fanaticus, y quiere decir hombre que se cree llevado de un furor divino’. Y hoy la RAE le confiere dos significados: 1. Que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento creencias u opiniones, sobre todo religiosas o políticas. 2. Preocupado o entusiasmado ciegamente por algo. El Cole es todo lo anterior: vigila con celo su santuario –su ‘nido’–, sus creencias religiosas son tan poderosas como sus pasiones deportivas –en cada partido y presentación pública se colgará un corazón de plástico con los colores de la bandera en el que se leerá “Cristo te amo”– y, con entusiasmo de orador motivacional, repetirá a menudo frases como: “A través del fútbol yo me he convertido en embajador de Cristo y en embajador de mi país”.

Al Cole no le gusta la palabra ‘fanático’; prefiere ‘hincha’. Tampoco le gusta sentirse corriente –“yo soy diferente al resto de la gente, yo no soy del montón, yo soy un man que rompe esquemas”– ni que lo llamen por su nombre, Gustavo Llanos. Si usted lo hace le dedicará una mirada hostil y con postura ofidea le advertirá: “A mí no me despersonalices”. Tal como le sucediera al actor Bela Lugosi, que luego de décadas de interpretar al conde Drácula terminó asumiéndose como el vampiro, a veces es difícil determinar dónde termina el Cole y comienza Gustavo. Él, el hincha supremo, luego de dedicar más de un tercio de su vida a fabricar un personaje a su medida, de alguna manera se ha convertido en su más ferviente admirador.

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–¿Cuántos años tienes, Cole? –pregunta el taxista mirándolo desde el retrovisor.
–Papi, estoy en el sexto piso, apartamento uno.

Hoy tiene varios asuntos que resolver. Primero irá a la oficina de abogados que lleva una demanda para que le reconozcan su pensión –“no joda, me desaparecieron 12 años de semanas cotizadas”–, luego al fondo de pensiones a radicar los papeles y, más tarde, a la empresa en la que él trabaja. Pero el Cole, con sus gafas de lentes amarillos, camisa blanca con una bandera en el pecho, pantalón satinado y tenis de colores, parece más preparado para el carnaval que para una diligencia legal. De hecho, es difícil adivinar que tiene 61 años, que está por pensionarse y que es abuelo: su cuerpo pequeño y delgado, y la tintura amarilla, azul y roja que cubre su pelo y que apenas deja ver el comienzo de las canas, le dan ese extraño aspecto adolescente, de joven envejecido, como una especie de Benjamin Button tropical.

–“¡Vaya, Cole!” –le grita alguien en la calle cuando se baja del taxi.
–“¡Vaya, Cole!, ¡Vaya, Cole!” –responde él con los pulgares en alto.

El que lo saluda es un hombre que tiene un puesto de fruta y que cuando lo ve venir se acerca, lo abraza y le pregunta si recibió la hoja de vida de su hijo. El Cole le dice que sí y que ya se la pasó a su jefe y que no se preocupe que “al pelao yo le consigo”. No será la primera vez que lo veré haciendo algo por alguien; antes, saliendo de su casa, un hombre excesivamente delgado y que caminaba con dificultad lo interceptó para darle un profundo abrazo de agradecimiento –Nancy, la esposa del Cole, contaría que ese hombre va a su grupo de oración y tiene cáncer–; luego, una mujer en la iglesia a la que él asiste –la Comunidad Carismática Católica Formando el Cuerpo de Cristo– lo apartará para pedirle consejo –el Cole y su esposa dan charlas a las familias y jóvenes de su comunidad– y ambos conversarán durante varios minutos para finalizar, de nuevo, en un abrazo.

El Cole es un activo de Barranquilla, hace parte de su patrimonio. En la calle lo saludarán y se tomarán fotos con él y él hará su mueca oficial: abrirá la boca en un grito mudo y con sus manos formará dos garras. En la oficina de abogados romperá el aséptico silencio y gritará otra vez “¡vaya, Cole!”, mientras las recepcionistas celebrarán la impertinencia con una carcajada contenida. Luego, en la sede del fondo de pensiones –al que demandó– entrará y pasará tan inadvertido como un elefante en una cacharrería, y soltará un estruendoso “¡se metió el Cole!”, bromeará con los cajeros y luego con la gerente, que no podrá hacer otra cosa distinta a sonreír. Y en las oficinas de la empresa donde trabaja como mensajero desde hace 21 años –Energía Solar y Tecnoglass– habrá más palmadas en la espalda, chistes y carcajadas. Incluso el presidente de la compañía, Cristian Daes, se unirá al coro, lo tratará como al más cercano de sus amigos y le contará que ya le consiguieron el paquete para que viaje a Brasil –que costó 40 millones de pesos– y dirá, mientras afinan los detalles de alojamiento y vuelos, que “a nosotros siempre nos ha gustado hacerle sus sueños realidad y lo hemos mandado a todas partes donde ha jugado Colombia, incluso en amistosos”.

***

De regreso a su casa pasamos frente a los moteles del centro de la ciudad. El Cole ha permanecido en silencio varios minutos mirando distraído el movimiento de la calle desde la ventana del carro. De golpe se voltea sonriendo –algo ha obturado el botón de sus recuerdos– y comienza a hablar de mujeres, luego de fanáticas y termina haciendo una disertación sobre la coquetería de las brasileñas –“papi, ellas te adoptan, seguro”–. Entonces cuenta una anécdota en la que una de ellas lo invitó a pasar la noche en su casa luego de un partido en Argentina, pero él se negó. Entonces el conductor, que no se ha perdido una sílaba de la conversación, no puede evitar la curiosidad y pregunta malicioso:

–¿Y tú si has tenido tu aventurita así?
–¿Cómo así? Sé más explícito –le pide el Cole entre sorprendido y contrariado.
–Una aventurita… Una aventurita así, con mujeres aparte de tu señora –insiste con una sonrisa ladeada.
–No, señor. Desde que me entregué a Cristo nunca más le he sido infiel ni tomo trago ni nada de eso. Cuadro, yo soy un man fiel en todo –dice golpeando las palabras, con el ceño fruncido, ofuscado por la insolencia.
Nadie habla durante un par de minutos, apenas suenan los pitos de los carros y algún reguetón mal sintonizado. Entonces el Cole, ya aplacado, adelanta su cuerpo despacio y acerca la cara como quien va a contar un secreto:
–Antes sí, te lo digo, y mi esposa lo sabe. Fue doloroso para ella pero hubo un proceso de sanación. Pero cuentos sí me han aparecido –se acerca más– ¡Uuufff! Papi… Cuando estuve en Holanda me encontré con colombianas que de frente me decían ‘vamos, Cole’… Pero yo nada. ¡No joda, papi! Así muy duro –estalla en una carcajada y choca su puño con el del taxista.

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El Cole es hijo de un paisa y una barranquillera, fue un ‘pelao’ del barrio San José –cerca de donde vive ahora– que se ganó la vida como pudo: trabajando como obrero, asistente de oficina, vendiendo ropa, como mensajero. A los 21 se enamoró de una contadora pública, a los 22 se casó con ella y a los 24 fue padre –tuvo dos hijos: Lizeth (36) y Johan (33)–. También desarrolló la afición de disfrazarse cada vez que podía: en carnavales, en Navidad, en los partidos de fútbol locales; hasta que en 1989 se jugó la eliminatoria para el Mundial de Italia 90 en Barranquilla y a él se le ocurrió ponerse un overol, fabricarse unas alas y pintarse la cara.

Las cámaras lo enfocaron, fue una curiosidad y luego, en el Mundial –al que llegó sin un peso, durmió en la calle y palió el hambre con antiácidos–, se convirtió en un símbolo de la hinchada colombiana. Lo explicará Federico Arango, autor del 'Bestiario del Balón': “Era transgresor, se ponía esos chiros y esos colores vivos y eso obviamente llamaba la atención aquí y también afuera. En Italia 90 todo el mundo lo veía, todas las cámaras lo ponchaban; en todos los videos institucionales y promocionales estaba el Cole que reunía todo ese nuevo sabor del fútbol colombiano, toda esa nueva forma de vivirlo como una fiesta”. Entonces fue famoso, una celebridad en el estadio, el hombre que hacía cualquier cosa por su Selección: desde colectas en los aviones para financiar sus estadías, hasta burlar a la policía para entrar sin pagar a los partidos. La gente lo aclamaba, era un ave extraña y divertida, era fiesta y ron.

–Recién casados él tomaba juernes, viernes y aparecía el sábado –dice Nancy–. Pero aún a pesar de eso, cuando vinieron los niños, siempre sacaba el espacio. El problema se agravó cuando empezó el personaje, porque a él le ofrecían mucho trago. Y donde queda el estadio hay muchos estaderos y ahí nos metía, porque a pesar de mi renuencia yo lo seguía, pero cuando ya lo veía borracho yo me venía con mis hijos, porque la integridad de los hijos estaba de por medio.
Para Estados Unidos 94, cuando Pelé dijo que la Selección Colombia podía ser campeona, el Cole estaba en su cenit: le dedicaron más notas de prensa y los noticieros lo convirtieron en la nota ‘amable’. Lo entrevistaron Pacheco y Yamid Amat. Viajó patrocinado. Y desde la tribuna vio cómo Colombia caía ante Rumania y después ante Estados Unidos. A los pocos días se enteró por televisión de la noticia que conmocionó al país: al jugador Andrés Escobar lo asesinaron por equivocarse en la cancha y marcar un autogol. Y, de regreso a su ciudad, escuchó en la radio que Édgar Perea lo señalaba como un ave de mal agüero, como el culpable de la mala suerte del equipo, y en la calle, por supuesto, no pocos le gritaron ‘salado’. Tuvo miedo y se deprimió. “Yo soy el ícono de la Selección Colombia, y yo me creo que me van a hacer daño y que también me van a matar”, dice, y luego cuenta que fue entonces cuando decidió aferrarse a su religión.

Más tarde vendrían Francia 98, las Copas América, y el Mundial Sub-20 de Holanda, en donde su presencia apenas si fue registrada. Incluso fue al Mundial de Corea-Japón en el 2002, en el que no jugó Colombia, pero al que dice que asistió para representar al país, en calidad de ‘embajador’. Lo cierto es que pocos lo notaron y, eventualmente, el Cole desapareció. “Llevo 16 años de austeridad, de no estar en un mundial con Colombia. Y yo la tengo clara: en mi vida personal y familiar dependemos de Cristo; pero yo, con mi personaje de cóndor, dependo de la Selección Colombia. Si a la Selección le va mal, a mí me va mal”. Sin fútbol, no hay duda, el Cole deja de ser el Cole para ser solo Gustavo, un hombre que busca su pensión, que trabaja como mensajero. Un hombre común. Y, está claro, esa no es necesariamente la descripción con la que se siente cómodo: “Mi personaje externo es el cóndor y mi personaje interno soy yo, el Cole”, dice.

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La última vez que conversamos el Cole está sentado en una de las sillas para manicura del salón de belleza Neftalí & Diana. Hace unos minutos le hicieron un tratamiento capilar para preparar y fortalecer su pelo para el tocado que habrá de llevar en Brasil y también le recortaron las cejas y los vellos de la nariz.

Ahora, mientras espera a que su pelo se seque, resopla cansado: “Yo ya no soy el mismo, ya no te duro 90 minutos gritando, la garganta ya no me da, los oídos me zumban, me canso más”. En los últimos días ha vuelto a dar entrevistas, viajó a Bogotá para hacer una propaganda, incluso lo invitaron a participar en un seriado de televisión. Su popularidad está de regreso y está exhausto. “Estoy preocupado en cuanto a mi personaje, porque no soy el mismo. Ahora creo que soy más imagen que barrista. Ya como barrista no soy el mismo”, repite soltando el aire despacio, dejando ir las palabras.

–¿Este será su último Mundial? –le pregunto.
–No sé, papi. Si Dios me da salud, me esforzaré para ir al otro– responde fatigado.
Hablamos de la selección actual y dice con un rictus amargo que ya no lo dejan entrar al hotel donde se hospeda, que tampoco puede verla en los entrenamientos, que siente que lo han apartado. Luego conversamos sobre los nuevos hinchas, los jóvenes, y le cuento que tengo un hermano de 20 años fanático del fútbol que no sabe quién es él. El Cole desvía la mirada, queda en silencio dos segundos y cambia de tema. El comentario le duele. A veces, sin querer se puede ser cruel.

“El Cole le teme al olvido”, aventurará Vanessa Romero, la fotógrafa que me acompaña y que lo ha retratado en varias oportunidades. Y habrá algún indicio que apoya su teoría: el Cole tiene la esperanza que su nido se convierta en un museo. “Loco, para que la gente lo visite y conozca”.

***

En Youtube hay un video de una entrevista de él después del partido de despedida de Aristizábal. El periodista le pregunta por el incidente del partido de Colombia contra Alemania, en Italia 90. Y el Cole –siendo el Cole en estado puro: eufórico, sudado, colorido–, le cuenta emocionado:

–Yo siento que me voy al vacío, valecita. Y yo empezaba a aletear, marica. Yo empezaba a aletear –sube la voz–. ¿Qué pasó? Que los manes que me sostenían, de la alegría, abrieron las manos y me soltaron. Y yo volaba pa’ bajo. Pero hubo uno que se amarró una de las cabuyas en la cintura y pude sostenerme. Hombre, ¿por qué? Porque yo soy un cóndor y el cóndor es el símbolo de la libertad, está en nuestro escudo de Colombia y como tal tengo que volar. Y volé, aunque sea para abajo.

Enseguida agita las alas y repite su nombre: “Cole”. Y luego hace su gesto de grito mudo. La imagen se funde a negro.

JULIÁN ISAZA.

 

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