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Abstencionismo

Abstencionismo

30 de marzo 2014 , 08:15 p. m.

Mucho se ha hablado de abstencionismo electoral por estos días en Colombia pero poco se ha reflexionado a profundidad sobre las implicaciones del tema. La Misión de Veeduría Electoral de la OEA incluso le recomendó al país estudiar los “altos niveles de abstención” en los comicios con miras a “buscar soluciones” para “superar este fenómeno”.

Sin embargo, vista en perspectiva no parece tan obvia la gravedad señalada. En las elecciones parlamentarias de 1994 el abstencionismo fue del 67,3%. En 1998 del 54,3%, en 2002 del 43,7% (el más bajo porque fue la última vez en que se autorizó la inscripción de listas múltiples e individual de candidatos independientes, paraíso de la “operación avispa” que promovía una mayor participación debido a la proliferación de candidaturas altamente personalistas); en 2006 del 54,3%, en 2010 del 55,8% y el pasado 9 de marzo alcanzó el 56,4%. Obtenida la media de abstención de las seis elecciones analizadas (55,3%), no es cierto que la apatía electoral colombiana esté particularmente disparada este año.

Por su parte, en las elecciones presidenciales el abstencionismo, aunque menor, ha descrito una curva similarmente regular en el tiempo. Teniendo en cuenta sólo la segunda vuelta electoral cuando la hubo y en el resto de casos la primera, en 1994 la abstención representó el 56,7% del potencial de sufragantes, en 1998 el 41,2%, en 2002 el 53,5%, en 2006 el 55% y en 2010 el 55,7%. La mayor participación relativa en las presidenciales con respecto a las legislativas (la media de abstención fue del 52,4%) se explica porque las elecciones a cargos uninominales son más personalistas y por lo tanto despiertan más pasiones en el votante.

Si queremos evitar caer en peticiones de principio, el primer problema filosófico que plantea el abstencionismo para la teoría democrática es dilucidar si se trata realmente de un problema. No es un juego de palabras. En todas las democracias modernas un segmento más o menos significativo de la población se abstiene de votar por diversos motivos. Simplemente porque le da pereza o porque no es racional, en términos económicos, invertirle tiempo al hecho de votar y menos aún de informarse para hacerlo concienzudamente cuando el impacto del sufragio individual en el efecto final es mínimo.

Es la visión de Ilya Somin en su libro “Democracy and Political Ignorance” (2013), que aconseja profundizar la descentralización para multiplicar la oferta de gobiernos locales de tal forma que los electores puedan escoger bajo qué “jurisdicción” vivirán, desplazándose al área de su preferencia en función de las políticas públicas adoptadas (verbigracia bajos impuestos, mercados abiertos, calidad de los servicios públicos, etc.), de manera similar a como lo hacen al momento de comprar un artículo de consumo, una lavadora por ejemplo, es decir, con consciencia de que un error en la decisión tiene una influencia real en el resultado final y los afecta de manera directa.

Somin propone entonces como solución el tránsito de la metodología masiva de la urna electoral (Ballot Box) en la que el ciudadano no tiene alternativa distinta de la impuesta por el vasto gobierno nacional, al denominado “voto con los pies” (Foot Voting) en experiencias de micro-gobierno, que deberían acompañarse de la reducción de los costos de desplazamiento para facilitar la migración no solo a nivel interno sino incluso internacional.

El abstencionismo más estructurado suele ser consecuencia de que el potencial elector no cree en el proceso democrático por múltiples razones, muy serias, que pueden ir desde el elitismo que incontestablemente instrumentan todas las democracias representativas conocidas (recordemos la irrefutable "Ley de hierro de la oligarquía" postulada por Robert Michels en 1911, que afirma que "tanto en autocracia como en democracia siempre gobernará una minoría”) hasta la repugnancia por un modelo que no garantiza la elección de los más preparados ni la toma de las mejores decisiones. En definitiva, la posibilidad de abstención desde esta perspectiva puede considerarse una gran virtud de la democracia liberal en la medida en que es el único modelo de gobierno que le permite al ciudadano ser tan libre que puede descreer del sistema en un gesto político legítimo que constituye un derecho antes que un deber.

Pero el abstencionismo también puede concebirse como la expresión de un grave defecto del modelo democrático, que consiste en su incapacidad de materializar la participación plena en los comicios y por ende la legitimidad de los gobiernos elegidos. Las diferentes modalidades de sufragio obligatorio adoptadas alrededor del mundo, aunque aumentan la participación, suponen un sacrificio más o menos intenso de la libertad ciudadana según el tipo de medidas coercitivas establecidas como sanción al elector por abstenerse de votar, pero no se conoce una sola democracia electoral en la que todos los ciudadanos voten sin excepción.

Ahora bien, si asumimos que el abstencionismo es algo definitivamente indeseable en cualquier democracia, la pregunta crucial que surge para la ciencia política desde un punto de vista empírico es qué tipo de incentivos se deben utilizar para combatirlo y qué clase de participación se busca estimular. Es una pregunta de diseño de políticas públicas que atraviesa la discusión sobre las modalidades y conveniencia del voto obligatorio, tema del que me ocuparé en la próxima columna.

@florezjose en Twitter

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