Murió Helena Cano Nieto, la educadora de mujeres 'no sumisas'

Murió Helena Cano Nieto, la educadora de mujeres 'no sumisas'

Esta semana falleció, a los 97 años, Helena Cano Nieto, hija de intelectuales y educadores.

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21 de marzo 2014 , 07:13 p.m.

Los caminos de dos familias que habrían de dejar una huella profunda en la sociedad bogotana y en el país se unieron para dar a luz una hija única: Helena Cano Nieto.

Luis Cano, el padre de Helena, hijo de Fidel Cano, fundador del diario El Espectador, fue quien tuvo a cargo el traslado del periódico a Bogotá. Desde sus comienzos, su pluma fina, guiada por una mente culta y sostenida por valores recios, conquistó a la opinión pública y creó un escenario periodístico que respetaron amigos y detractores. Luis Cano formó parte de una dinastía de plumas profundas y audaces, de convicciones seguras, que se mantuvieron firmes en medio de las tormentas políticas y la violencia del siglo XX. Violencia que en 1987 cobró la vida de uno de sus más dignos exponentes, Guillermo Cano, pocos años antes que el diario saliera de las manos de la familia.

La madre de Helena, Paulina Nieto Caballero, nació en el seno de una familia bogotana dedicada a la escritura y la educación. Uno de sus hermanos, Luis Eduardo Nieto Caballero (Lenc), comandó una pluma contestataria que cuestionó culturas, convenciones y religiones.

El otro hermano de Paulina, Agustín Nieto Caballero –todos lo llamaban don Agustín– desarrolló una visión propia sobre la educación moderna, trajo al país el sistema Montessori, la Escuela Nueva, donó un terreno suyo en el entonces norte de Bogotá y con la familia Samper fundó el Gimnasio Moderno.

Durante el siglo XX, el Gimnasio Moderno y el Gimnasio Campestre de Alfonso Casas fueron dos de los más reconocidos planteles educativos depositarios de varias generaciones. Doña Paulina formó parte de la junta directiva del Gimnasio Femenino, la versión para niñas del Gimnasio Moderno.

Así las cosas, la única hija de Luis Cano y de Paulina Nieto Caballero creció en un mundo en el que confluían la sed de cultura, la buena pluma, la responsabilidad con el país, una auténtica vocación y el don de la enseñanza.

¿Periodismo o docencia?

Su vocación de educadora dio señas desde muy temprano. Como premonitoria introducción al oficio, sus padres le apoyaron desde niña la creación de una “colonia de vacaciones” en su finca, Acandaima, en donde reunía todos los años un grupo de niñas de pocos recursos con quienes compartía sus privilegios y conocimientos.

De esa experiencia surgió años después su primer proyecto educativo, el Centro de Estudios, que capacitaba en una variedad de disciplinas técnicas, humanísticas y domésticas a jóvenes cuyos ingresos no les permitía ingresar a los planteles reconocidos.

Vivió en Ginebra, París y Río de Janeiro y estudió en la Universidad Nacional, pero fue el Gimnasio Femenino donde empezó en forma su carrera docente.

La muerte de Luis Cano en 1950 le planteó a Helena Cano la decisión más importante de su carrera.

El Espectador, en la cima de su prestigio, formó parte de la herencia que el padre le dejó. Abocada a decidir entre el periodismo y la docencia, optó por dejar el periódico y emprender la aventura de fundar un colegio en su casa de la avenida 82 en Bogotá –el Gimnasio de Nuestra Señora–, que durante los siguientes treinta años sería conocido como el colegio de la ‘Nena’ Cano.

En la alcoba que había sido de su madre, fallecida en 1964, construyó una capilla, conservó un eucalipto centenario que reinaría en el patio del colegio durante toda su existencia, mantuvo su guarida personal en el piso más alto y construyó salones de clase en el resto de la casa.

Su filosofía

El colegio hecho realidad empezó con 80 niñas, a quienes inculcaría el marco cultural de su familia, sus amplios conocimientos, la buena pluma y sus propias convicciones.

En sus palabras: “Queremos formar niñas valientes, libres, generosas de espíritu, nunca sumisas ni dóciles, siempre decididas a ir hacia adelante, a dar forma al mañana, a investigar más que a aceptar, a transformar más que a obedecer, a ser más que tener”. Como símbolo de su ‘grito de guerra’ en un medio educativo conservador, vistió a sus alumnas de uniforme rojo. Con esos ideales construyó un colegio que se mantuvo pequeño por política, en el que no se hacían filas estrictas ni silencios obligatorios, ni premios ni castigos, ni cinco o cero en conducta. La suya era una educación que favorecía la experiencia empírica, valoraba la iniciativa, daba igual peso a las matemáticas que a las artes, y obtenía orgullo de la excelencia académica.

Durante más de una década de años consecutivos, su plantel se mantuvo en el primer lugar de las mediciones oficiales del país.

Esto, quizás, porque en su colegio el ciclo del agua no se enseñaba, se mostraba con olla de agua hirviendo, vidrio que llovía y cubetas de hielo. La circulación de la sangre se hacía con mangueras rojas y azules en el patio, la historia del arte con juegos de láminas de los grandes maestros.

Había declamaciones de poesía, coro de música sagrada y ‘murga’ de música popular, bailes, presentaciones en el Teatro Colón y concursos de ‘cabeza y cola’ sobre historia.

Educación en directo

Quizás la demostración más excéntrica de su vocación pedagógica fueron las clases de geografía, que dictaba en un DC-4 que alquilaba para ver en panorámica las montañas, los valles y los ríos. Había también clases de equitación, de cerámica, de cocina y los muy esperados paseos a su finca, Acandaima.

Helena alguna vez afirmó que no sabría decir si fundar un colegio es fácil o difícil. De hecho, resulto ‘fácil’ para ella gracias a otra persona que se encontró en el camino durante sus años del Nuevo Gimnasio: Leonor Medina, un espíritu sereno y conciliador, trabajador y práctico. Con ella formaron un equipo exitoso. Complementando capacidades y ambiciones, hicieron el colegio desde el primer día y deliberaron largas horas antes de tomar la decisión de cerrarlo.

En 1994, tras 25 promociones, el colegio de la Nena Cano cerró sus puertas dejando tras de sí el ideal que lo guiaba: armonía entre excelencia académica y calidad humana.

Esta semana, a los 97 años, Helena Cano Nieto cerró también su puerta. Pese a que algunas de sus actuaciones e ideas resultaban para algunos polémicas, nadie puede negar que esta mujer culta, inteligente, audaz para su época, creativa en su vocación –quien invirtió toda su fortuna y propiedades en la educación de niñas, con sus convicciones, a su manera–, dejó huella. Sé que hoy hay muchas mujeres en Bogotá que como yo sienten gratitud hacia el maestro.

Sylvia Dávila M.
Especial para EL TIEMPO

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