Crónica de un día en la vida del actor Jorge Cao

Crónica de un día en la vida del actor Jorge Cao

Para celebrar sus 50 años de vida artística, protagonizará y dirigirá 'El locutorio' y 'Yepeto'.

13 de marzo 2014 , 04:19 p.m.

Cumplir medio siglo haciendo lo mismo podría parecerle tedioso a quien no vive, respira y ama su profesión. Este no es el caso de Jorge Cao, el actor cubano que ha participado en producciones teatrales, en cine y en televisión. El intérprete habla con voz fuerte y un marcado acento cubano. Se para derecho, lo cual aumenta su altura varios centímetros y aunque no tiene un solo pelo en la cabeza, no aparenta ni de cerca sus 70 años de edad.Después de haber trabajado como actor por cinco décadas, reconoce que aún está enamorado de su profesión. Su viernes, un día cualquiera y al mismo tiempo peculiar – pues apunta que su rutina diaria no tiene nada de rutinario- comienza en el Liceo Val, un colegio de inclusión donde los niños con necesidades educativas especiales conviven y estudian con otros niños. Llega al colegio con grandes gafas de sol cafés y una cachucha roja.

"Él aparenta ser bravo, como se ve, pero es muy bueno con los niños" comenta Betty, la recepcionista del colegio. La verdad es que Cao tiene sincera empatía con los niños, que lo van reconociendo poco a poco, ya sea por algún programa de televisión, una película o por alguna vez que lo tuvieron de director de sus obras del colegio. Los trata con naturalidad, no le molestan algunos comentarios inocentes de quienes creen saber de él más que él mismo.

Mientras los sigue a una improvisada fiesta en un salón, comenta con orgullo: "Los niños son algo increíble. Ayer mi nieto Simón decidió ser un perro. Con apenas 3 años, comía y actuaba como un animal. Yo le dije al papá: 'no pienses que este es científico… o es actor o está loco de manicomio' ". Cao baila con un compás muy cubano que intenta transmitir a los niños. Luego de hacer el trencito, se pierde entre el humo y las luces.

"Las luces son un personaje más en muchas de mis obras", dice después. El 21 de octubre de 1964 se graduó de la Escuela de Arte Dramático de La Habana. Pero esta no fue la primera vez que piso un escenario. "Yo tenía 8 años. Estaba jugando con mis amigos por las calles de Villa Clara, mi provincia natal. Buscando un escondite, entré a un teatro donde estaban teniendo un ensayo. Desde ese día quede 'prendido', acaparó toda mi atención". Empezó a ir todos los días hasta que el dueño de la compañía lo invito a participar con un pequeño papel. Interpretó a un mensajero en una comedia, y aún recuerda su primer dialogo: "Esta carta y este paquete los manda el señor Pepe Rendiría".

Luego de recorrer los pasillos hablando con todos, tomándose fotos y firmando hojas de cuaderno, una de las profesoras se acerca a felicitarlo y su actitud se vuelve un poco más lejana. Le agradece y cuando ella se aleja, comenta: "Aún me pongo nervioso a veces".

Comienza la lectura de cuentos de Rafael Pombo en un salón lleno de cojines, colores brillantes y una audiencia que no supera los 10 años. Abre un libro amarillento y viejo que cuida con suprema delicadeza. "Rin Rin renacuajo salió… no. Vamos a hacer algo distinto. ¿Quieres ser tu Rin Rin?" le pregunta a uno de los niños. En el acto, se forma un improvisado taller de actuación. Presta su edición de Rafael Pombo y pide mucho cuidado con el libro mientras se voltea y confiesa: "Este libro es mi vida, ¿sabes?". En su particular acento, y animado por la participación, incentiva a los niños a hacer parte del improvisado escenario que crearon en la mitad del salón. Es un maestro amoroso pero exigente: "No. Eso es el verso, no quiero que lo leas, yo quiero a la rana muy maja -dice con la dureza y paciencia de un abuelo- pero ¡anda, anda!".

Siempre está cambiando el foco de atención y redirigiéndolo a los demás. Pero no sube la voz sobre la de nadie. En su juventud le tocó prestar el servicio militar en Cuba. Dice que esta etapa, como ninguna otra, lo ubicó y le permitió tener la sencillez que tiene ahora. "Fue una etapa muy dura. Una noche terminé con el Music Hall, el teatro musical de La Habana, lleno de gente aplaudiendo de pie y yo en el centro del escenario. Al otro día estaba limpiando letrinas con una hoja de palma, embarrándome las manos de basura, de porquería, de excremento. Pasar en cuestión de horas del estrellato a esto pues… o te ubicas o te ubicas", recuerda Jorge con algo de nostalgia y mucho orgullo.

Su casa es cálida. Aunque afuera está lloviendo a cantaros y las ventanas de la sala se extienden del piso al techo, no hace frio. No es solo la decoración acogedora, ni los libros, ni el trago de ron que sostiene en la mano. Es algo más, algo que comparte con su esposa Katya Regueros, una bailarina retirada que lo amarró aún más a Colombia. Vivir con un actor no es para todo el mundo, reconoce ella. Antes, estuvo casado 33 años con una actriz que entendía la vida de un artista. Regueros también es artista y entiende, no es solo las fotos, autógrafos y las mujeres que lo rodean y admiran, ella dice que los celos no caben en una relación con un actor, es también saber manejar la sensibilidad de la otra persona.

El actor recuerda una vez cuando su personaje se apodero de él y afecto bastante su vida personal. "Fue haciendo una obra en Cuba, que era de una paranoia inducida", comenta. Después de presentar el montaje durante seis meses en el teatro nacional de La Habana, salieron de gira por Latinoamérica. "Estando en Venezuela un día me encontré sentado en el borde de la cama del hotel donde había un espejo grande. Mirándome, me di cuenta de que yo estaba en una actitud rara, que todos mis compañeros habían salido a comer y de fiesta y yo, durante toda la gira, no había salido nunca a ningún lado". En la sombra que vio en el espejo notó que algo andaba mal. "Al regresar a Cuba, tuve que ir al psiquiatra para reajustar a Jorge Cao y traerlo a la realidad. Eso se hace por defecto no por maravilla, todo el mundo me felicitó y me gané varios premios, pero hay un punto donde se debe tener equilibrio".

Según él, los actores terminan teniendo una morbosidad rara por el personaje y dice que "uno tiene que estar muy alerta y tener conciencia de que esto es un personaje y una categoría estética y no eres totalmente tú". Para Cao, cada personaje es un tirón del alma, su escuela es de actuación vivencial.

Luego de esta experiencia aprendió a tener un tiempo personal después de interpretar un personaje y antes de volver a casa. "Camino, siempre camino", dice en voz baja, como para sí mismo, probablemente recordando este episodio. Aún así, cuenta que "lo mejor de actuar es la fabricación del personaje. El proceso de la construcción es mucho más atractivo que la función. Es eso lo que me mantiene vivo".

Por la tarde va al Teatro Libre para ensayar su nueva obra, Yepeto. Toma un maletín de cuero gastado, sus gafas de sol (aunque aún llueve) y se sube al carro con su esposa. Va tarde y maneja como un bárbaro. Katya le coge el brazo y le dice con suavidad que debe tranquilizarse. Azarado le contesta, "¡Quince minutos tarde en un ensayo pueden dañar toda la obra!". Aun así, baja la velocidad. En esta obra actúa con dos jóvenes actores: Christian Caína y Rodrigo Hernández. Su relación con ellos fluctúa entre maestro y compañero.

El ensayo es en el último piso del teatro. Caína ya tenía preparado todo. Hablan un poco de su día, de formalidades de la obra. De la nada, el dialogo empieza a cambiar, parece algo ridículo hasta que se evidencia que ya empezó el ensayo. Mientras otra personalidad se apropia de sus cuerpos y los transforma en un novio celoso y un profesor un tanto pervertido, la conversación escala hasta terminar en gritos y con la cara enrojecida de Cao. Más tarde recuerda que su primer escenario fue la mesa del comedor de su abuela materna: "Ella vivía frente al mar. Tenía un comedor enorme que yo usaba para bailar, actuar, cantar…".

Se cansa pronto. El ensayo debe parar un par de veces y finalmente termina con él exhausto. Se recupera con unas onces en La Bagatelle, pide un sándwich aunque no deja de hablar de lo buenas que son las torrijas y de cuánto le apetecerían. Mientras come, reflexiona sobre su carrera.

Para él, un actor pasa por tres edades: "El galancete del actor joven, el actor intermedio y el actor maduro, que es la etapa donde estoy ahora. Es igual que la vida, los personajes se van complicando". Su primer espectáculo profesional fue 'La Tía de Carlos', un espectáculo musical en La Habana. "Era una versión de Pepe Triana dirigida por Francisco Moreno. Una gloria del teatro cubano", afirma.

Ha interpretado 240 personajes para el teatro, 75 personajes para la televisión y 25 personajes para el cine. Incluso ha debido ser el mismo personaje en momentos diferentes, por ejemplo en 'El locutorio', que interpretó con Gloria Gómez en el 2005 y luego en el 2009. "Aunque es una obra que he hecho en diferentes etapas, inconscientemente empiezan a aparecer cosas con mis experiencias de vida. Este mundo vivencial del actor hace que los personajes vayan creciendo".

Esta es la tercera vez que actúa junto a Gómez en esta puesta en escena, en la que una pareja de ancianos se debate entre la realidad y la fantasía. La obra comienza con la voz de "un gran intelectual colombiano, nadie declamaba como él", según dice. Se trata del papá de Katya, que murió a los 100 años y grabó, antes de morir, el punto de inicio de esta puesta en escena.

Su compañera de escena llega tarde a la casa de Cao: tenía una audición. "No me gustan mucho los castings, antes era diferente, ¿sabes?" dice ella, agotada después de lo que parece haber sido un largo día.

Hablan un poco sobre su juventud y cómo la escena artística era diferente. Comentan su situación como actores mayores y conversan sobre algunos de sus compañeros. Son amigos hace años. Discuten aspectos formales de 'El locutorio', mientras Katya prepara café. Repasan los diálogos de la obra comparándola con la que hicieron en el 2009 en Casa Ensamble y ajustando aspectos que cambiaran en el Teatro Libre.

Ambos lucen cansados. Gloria ha encontrado una nueva jaula para la utilería, necesitan una más grande. Un espacio diferente al que hubieran requerido hace unos años. La edad termina cambiando hasta su relación con el escenario. Al día siguiente, se encontrarán para comprarla. Y el público puede verla desde el 13 de marzo.

¿Dónde y cuándo?

‘El locutorio’, hasta el 5 de abril.
‘Yepeto’, del 10 al 26 de abril. Funciones: jueves y viernes, 7:30 p. m. Sábado, 5 y 7:30 p. m. Teatro Libre del Centro. Calle 12B n.° 2-44, Bogotá. Teléfono: 217-1988. Boletas: 20.000 pesos.

DANIELA MATIZ
PARA EL TIEMPO

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