Andrea Echeverri, la ruiseñora

Andrea Echeverri, la ruiseñora

Este es un recorrido por la vida de una mujer que le cambió la cara y el sonido al rock colombiano.

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11 de marzo 2014 , 11:08 p.m.

No le importa envejecer. El ejemplo de la eterna búsqueda de la juventud de Madonna le parece aterrador y se pregunta si la suerte del gran Gustavo Cerati fue por pretender que era un adolescente y no un hombre de 50 años. Andrea Echeverri acepta que no es una florecita rockera, pero todavía tiene la música en sus venas. Este es un recorrido por la vida de una mujer que le cambió la cara y el sonido al rock colombiano.

Por Margarita Peña

Andrea Echeverri Arias es esquiva para las entrevistas; no le gusta la prensa y prefiere hablar a través de sus canciones, dice que no tiene tiempo: es mamá, hace música y cerámica, ¿entrevistas? Después de una intensa cacería acepta mi visita en su casa, ubicada en el barrio Teusaquillo de Bogotá.

Ella misma me abre la puerta y me invita a pasar al estudio en el que estuvo encerrada durante un año para la grabación de Ruiseñora, su último trabajo, inspirado en un disco de Ben Harper en el que el músico estadounidense hizo todo: música, letras, voz, instrumentos…; ella siguió su ejemplo y recibió clases de producción de Richard Blair, de Sidestepper. Andrea Echeverri es alta, 1,80 m tal vez.

Tiene unas manos inmensas y el pelo corto. Tiene casi 50 años (48 para ser exactos) y no se molesta en disimular las canas. Está prácticamente en piyama. Me invita a un tinto y me pide que empiece a preguntar que tiene el tiempo medido; se sienta en una silla, cruza las piernas y produce un flashazo multlticolor con sus crocs rosados y sus medias de rayas de colores.

Se frota las manos para calentárselas y me pide que la llame por su nombre y apellidos completos, Andrea Echeverri Arias. Hoy en día es una señora. O mejor: una “ruiseñora”, su etapa de “florecita rockera” parece haber quedado muy atrás, cuando estudió artes plásticas y empezó a crear unas cerámicas de cobras y serpientes fabulosas y era la reina punk de la noche.

Su genealogía musical empieza con su mamá y sus hermanos. Y tiene una parada histórica para el rock nacional con Héctor Buitrago, su novio durante dos años, con el que creó su primera banda, Delia y los aminoácidos, y más tarde, en 1993, Aterciopelados, inspirados en un poema de Simone de Beauvoir. No duraron mucho como pareja, pero su matrimonio musical fue un éxito, “Atercios” les dio reconocimiento en Colombia y en el resto de Latinoamérica. Y todavía paga el colegio de sus hijos.

Andrea Echeverri les tiene miedo a los ratones, es un ícono del rock latinoamericano y cada una de sus apariciones ha sido icónica, como el desconectado con Gustavo Cerati; ha ganado varios Grammys y MTV; las canciones de los “Atercios” son inolvidables para varias generaciones, Mujer gala, Cosita seria, Bolero falaz o Baracunatana, prácticamente son himnos. Y sus canciones como solista también han sido un acontecimiento. Está casada con Manolo hace 20 años y tienen dos niños, Milagros y Jacinto.

¿Cómo llegó a la música?

Por mi mamá, claramente. Ella nos metió a clases de guitarra a los cuatro hijos desde chiquitos. Tomé un rato de clases y ya. Fue durante la adolescencia. Después estudié arte y no seguí tocando guitarra. Todos en mi casa cantan. Es una cosa muy natural. Cuando tenía “veintihartos” y conocí a Héctor la música volvió a reactivarse.

Toda esa herencia. La cosa folclórica. Por más de que uno haya tocado la guitarra, como me decía un buen guitarrista, “si usted no hubiera tocado todo eso desde chiquita ahora no podría hacer casi nada”. Con Héctor también se juntó todo lo que había estudiado en arte… Porque en arte, más allá de la técnica, lo que le enseñan a uno es a enfrentar retos creativos.

¿Nació con la música?

Sí. En mi casa todos cantan. Y en los paseos de carro, me acuerdo que eso era cante que cante.

¿Qué recuerdos tiene de su niñez?

Lo que más recuerdo de mi niñez es la finca en los llanos. Mis papás nos llevaban cada quince días de manera religiosa. Tengo más recuerdos de allá que de Bogotá. Del caño. De los caballos. De los paseos. Fue una infancia de aventura, bien chévere. Por las noches se reunían todos. Tomaban aguardiente. Mi mamá empezaba a cantar. Esos son mis dos ejes de recuerdos bonitos. Esa finca la compraron cuando yo tenía cuatro años. A esa edad montaba a caballo amarrada con un ponchito. [Andrea hace la mímica de amarrarse un nudo en la cintura]. Ahora dicen que eso no se puede hacer. El otro día yo iba a amarrar a mi hijo y me dijeron “no, no, no, nooooo”. [Andrea se agarra la cabeza con preocupación]. Tengo los recuerdos más bonitos de esa edad. Jugaba a hacer represas con piedras en el río.

¿Cómo fue su encuentro con Héctor Buitrago?

A Héctor lo conocí a través de un amigo. Una vez me preguntó que si quería cantar en una banda. Le dije “bueno, sí. Vamos a ver qué onda”. Por esa época había hecho coros con Distrito especial. Llegamos a la casa de Héctor. Era el año 1989, creo. Él tenía La Pestilencia y Mordiscos. Me acuerdo que fui a Mordiscos a comprar el disco de La pestilencia [el grupo de hard core que fundó en 1986 con Dilson Díaz] porque quedé prendada de él.

¿Amor a primera vista?

Total. Fuimos pareja aproximadamente dos años.

¿Qué fue lo que más le gustó de él?

El talento, no. Él me mató desde el principio. Me acuerdo que tenía un anillo de una araña amarilla. Como esos de Halloween. Me pareció una persona única. Muy él. Era superpunk. Pero más allá de eso, es como cuando sumercé siente un espíritu libre, único, verdadero. De esos hay poquiticos. Uno va a ver, y casi todas las personas son una repetición. Héctor es de esas personas que usted siente que son ellas. Empezamos a ser novios. Nos fuimos a vivir juntos. Hicimos Barbarie.

¿Qué recuerda de Barbarie [el mítico bar bogotano de los años noventa]?

Chévere. Ahí se juntaron todos mis amigos de arte. Decoramos esa casa en La Candelaria divina. La hicimos y la pintamos sin mucho billete. Todo muy creativo, chévere y bonito. Héctor ponía una música buenísima, porque él era supercoleccionista. En esa época no se conseguía la música fácil; él se la pasaba en la “19” y pedía cosas. Le llegaban por correo paquetes de Alemania. A él le gustaba harto el punk. Y también New Order. Cosas que en esa época eran difíciles de conseguir. Y ahí, en Barbarie, estaba toda la música. Fue un lugar muy chévere. Y también era un lugar muy pesado. Nosotros vivíamos ahí mismo. En el segundo piso. Y vivir ahí con la rumba…, pues…, uno se levantaba y olía ahí como a [Andrea se tapa la nariz con ambas manos]. Olía a pucho, a “gómito”…, convivir con la rumba…ufff. El chorro. El cigarro. Todo. Era pesado. Ahí también empezamos a ensayar y a tocar. Ahí montamos cosas. Construimos algo.

¿Tiene buenos recuerdos de esa época?

Mixtos. Intensos en todo caso.

Su relación con Héctor se termina, ¿cómo siguen trabajando juntos?

Fue difícil. Pero la música era chévere. Y funcionaba.

¿La música era su apuesta?

No era mi apuesta. Uno en esa época no pensaba que fuera a pasar nada. Me gustaba. Y aparte hacía cerámica. En esa época tenía un almacén con otros amigos ceramistas. Se llamaba Tierra de fuego. Esa era mi apuesta. La música era una cosa chévere. Los únicos que tenían un disco era… que sé yo… Compañía ilimitada. Y La pestilencia, que habían sacado su disco ellos mismos. No existía escena. Uno lo hacía porque era rico. Por mero gusto. Todo pasó de “chiripa”. Pasó.

¿Qué siente por el éxito, la fama y el reconocimiento que ha logrado?

Lo disfruté. Mucho. Una de las cosas que más disfrutaba era que había billete. Porque uno de ceramista…, hmmm, te diré. Vivíamos muy “pelaos”. Pero “pelaaaos”. Me acuerdo que iba a la casa de mi mamá a comer. Porque allí era más o menos arroz y tomate. Cuando empezó a haber billetico fue muy rico. Y viajes. Lo del reconocimiento al principio lo disfruté mucho, porque Héctor y yo éramos raros.

¿Cómo raros?

Nos vestíamos raro. No éramos masa. Ahora es más fácil ser raro. En esa época no lo era. Me acuerdo que para alquilar un lugar nos cerraban las puertas en todas partes. Porque éramos raros. En el bus uno se sentaba y se paraban de al lado de uno. Lo miraban a uno raro. Los papás de uno también. Todo el tiempo era una lora: “usted por qué es así, usted por qué se viste así”. Cuando usted se vuelve famoso y le sacan fotos uno dice: “mierda, me aceptaron”. Eso fue bien chévere. Ahora ya es mamón.

¿Por qué?

Porque usted sale a la calle y todo el mundo lo conoce. Y ahora con esa cosa de que todo el mundo tiene cámara. Todo el planeta quiere sacarse fotos con sumercé. Uno da tres pasos, foto. Otros tres, foto. [Suspira]. ¡Qué mamón! Claro que todo eso hace parte de otra cosa chévere. Y es que yo sigo comiendo. Y sigo pagando el colegio de mis hijos. Vivir de lo que a sumercé le gusta hacer. Eso es un regalo. El resto son los gajes del oficio. Hay gente de esa que se topa con usted y quiere sacarse foto de buena onda. Que tiene sus discos. Todo bien. Otros, en cambio, lo hacen por “Florecita rockera”. Y uno dice: “¿otra vez “Florecita rockera?”. ¡Ya!

¿Cómo fue el embarazo de Milagros, su primera hija?, ¿por qué decidió tener hijos?

Yo quedé embarazada grande. Pensaba que no quería tener bebés. A los “treintayhartos” empecé a sentir que sí quería. Creo que fue una combinación entre reloj biológico y yagé. Por ahí en el yagé sentí como ángeles y anunciaciones. Empezamos con Manolito [padre de los dos hijos de Andrea] a trabajarle al asunto. Y funcionó. Cuando me di cuenta fui muy feliz. En eso estábamos.

Junto con Héctor Buitrago, antes de Aterciopelados, creó una banda llamada Delia y los aminoácidos.

¿Para usted quién es Dios?

[Andrea guarda silencio un rato]. Me lo imagino como un señor de barbita blanca. Fui a misa. Soy de una familia supercatólica. En realidad no pertenezco a ninguna religión, ni a ningún rito. Sí creo en una fuerza creadora. Creo en la bondad y en la justicia. En lo derecho… También tengo muchas preguntas.

¿Por ejemplo?

El mundo es muy injusto. Muy terrible. Uno dice: “¡Uy!, ¿pero qué es esto?”. Están ganando los malos. Y uno se asusta. Pero me pasa por ejemplo que voy en el avión y se empieza a mover y yo soy [junta sus manos como quien va a orar]: “Ave María…”. Creo que con la Virgen tengo algo raro.

¿Qué es lo que tanto le gusta de la Virgen?

No sé. Son muchas cosas juntas. Porque, repito, no voy a misa. Es más, por haber estado de chiquita tan cerca le tengo jartera. Reconozco unos defectos fuertes en eso. La cosa del Señor sangrando, y llorando…, no sé. Esa cosa del sacrificio y del castigo… me parece negativa… , muy fea. Y la resignación…, eso también me parece rarísimo. Finalmente es una cosa de manipulación. La figura de la Virgen, en cambio, siempre me ha parecido superbonita. Tiene que ver con que es mujer. Con que es superhermosa, pero también maneja una cosa de pudor que me parece muy bonita en esta época en la que todo el mundo se empelotó. Y se soban con el tubo. Eso me da susto, ¿qué le pasó al mundo?

¿Qué significa para usted la sexualidad?

Es una cosa muy delicada. Muy hermosa, en un nivel, y manejada de una manera. Como lo manejan ahora, no, es muy feo. Y muy peligroso. Eso es tenaz. Todos somos sexuales. Profundamente. Los hombres un poco más. Son pa fuera. Uno es pa dentro. Uno tiene sus límites naturales.

¿Usted ve televisión?

No mucho. A veces me siento con mi gorda a ver. En estos días vi tres propagandas en fila y quedé verde. Hay una de frunas que es dizque una mezcla de dos sabores. Hay un pelado que ve a dos chicas. Lo que dices es: “¡Uy! ¿Te imaginas mezclar la cara de Juanita con las piernas de Pepita?”. [Choca con fuerza las palmas de sus manos]. ¡Pug! “¡Fruna de lulo con no sé qué!”. Después una chica: “¡Ay, yo no uso tampones!” “¡Ay! Es buenísimo” [simula el movimiento con la mano] ¡Chag! ¿El día que usted tiene la regla lo máximo es ponerse una minifalda blanca? ¿Cuál es la onda? Si a sumercéle está saliendo una sangre es porque hay una cosa sucediendo. ¿Cómo la van a ignorar y a ponernos la sexualidad como lo que reina? Una sexualidad que, además, de pronto tiene que ver con un ciclo de vida. Que sumercé está con unas hormonas alborotadas y que está en ciclo de seducción. Perfecto. ¿Pero, por qué nos van a imponer eso a todos? Es con el champú, es con todo. Todo el mundo en una calentura. Ay más feo. Mi gorda es una preadolescente. Yo le digo, pero tampoco me excedo porque si no, hago el efecto contrario. Lo que le tocó. Porque es que está todo sin corazón. Me acosté contigo y no me sé el nombre…, y esas cosas. Es despiadado. Está raro.

Río es una canción optimista de Bogotá, ¿usted cómo ve su ciudad?

Río es de Héctor. Claramente él es el ecologista. Como cualquier ser humano me identifico y lo apoyo. Pero él es el abanderado. A Bogotá la disfruto porque aquí nací. Aquí están mis hijos. Mi familia. Mis amigos. Está mi trabajo. Pero me la paso acá. Encerradita. [Risas]. Claro que a veces salgo, pero me asusto y todo. Esta ciudad es tremenda. Pero también tiene muchas cosas que ofrecer. Pero también es muy terrible…, esa gente en la calle. Pobrecitos…, dormidos ahí. Es fuerte.

En un país machista, ¿cómo ha sido ser una mujer rockera?

Creo que siempre he estado protegidita. Y ha sido lo que ha sido. No tengo nada para comparar. Es lo que ha sido. Aterciopelados siempre fluyó. Lo que hago en este momento también ha fluido. No es facilísimo. Y evidentemente es mucho más fácil que en la radio pasen a Juanes y a Shakira, como tres millones de veces más. Pero repito, de eso vivo. No me falta nada. No tengo limusina, ni tengo una mansión. Que tampoco querría. Pero con esto pago los colegios de mis hijos todos los meses y me siento orgullosa [Risas]. Cada mes que pasa, lograr vivir, para mí, es un logro chévere. Igual yo soy consciente de que sigo siendo la rara en un país muy cuadriculado. Y eso no es fácil. Pero también es lo que siempre he sido.

Nada que ver con usted es un himno feminista, ¿a quien se la canta?

En esa época estuve en muchas giras. Con muchos hombres. En una gira estábamos Fabulosos Cadillacs, Maldita vecindad, Molotov, y nosotros. Y yo era la única mujer. He visto a esos hombres en estado alterado. Ni siquiera conmigo, sino verlos así a la caza. Esa canción es buena. Es para ellos. Los he visto babeando.

El video de Maligno está compuesto por unos movimientos suyos vigorosos a cámara, ¿en qué se inspiró para ese video?

Héctor tenía el coro de la canción, y luego hicimos las estrofas entre los dos. El video lo hizo la misma chica que hizo el del Estuche. Y particularmente me gusta más ese; creo que es divino. La chica se llama Marina no sé quÉ. Es neoyorquina. Para Maligno ella tenía unas ideas muy concretas. Me acuerdo que nos mostró referencias, pero no me acuerdo mucho. Pero había esa cosa de la canción que era el tema de estar prisionero. De una cosa sofocante.

Su voz tiene un registro nostálgico. O melancólico, ¿usted es así?

Creo que sí soy así. Tengo hasta la cara melancólica. Me acuerdo que hace años Bunbury me dijo que hay voces que ríen y hay voces que lloran. Y la mía llora. Creo que tiene que ver con la voz de mi mamá, también. Y va muy bien con ciertas canciones. Con las que tienen cierto drama.

¿Cómo fue la noche del desconectado con Cerati?

Nosotros veníamos de una gira con ellos. Hicimos tres ciudades en EE. UU. “Mayami” era la última. No éramos cercanos. No. Porque él era él. Y nosotros éramos nosotros. Los que abríamos. Éramos los chiquitos. Claro: estábamos derretidos. Íbamos a las pruebas de sonido. La vaina musical era muy poderosa con todos los de Soda. Éramos supernuevones. Cada paso de ellos lo seguíamos con la boca abierta. Estábamos impresionados. Mucho. Nos lo encontrábamos en el ascensor y quedábamos paralizados. Cuando el mánager nos invitó, pues claro, casi nos morimos. Y después… el ensayo para el desconectado…, él era muy bravo. Rígido. Pero en ese ensayo conmigo se portó superdivino. Me escribió la letra. Me dio un pick. ¡No, una belleza! Esa es la energía que se ve ahí en el video. Quedé enamorada totalmente. Porque además de buen músico, es churro y fue superdulce conmigo.

Antes de empezar a cantar le ofreció un trago, ¿qué era?

Whisky. Él tomaba whisky. [Risas].

¿Quién determinó el diseño de la ropa que usó esa noche?

Nosotros nos fuimos ahí a la Lincoln Road. ¿Sumercé conoce “Mayami”? Esa calle es como chévere. Salimos de compras y yo escogí eso que tengo puesto ahí.

¿Dónde cree que está Cerati?

[Silencio largo y profundo]. No sé… Últimamente he pensado harto en eso. Porque todos nos estamos envejeciendo. Y es muy difícil hacerlo fluidamente. Sobre todo en esta cultura que quiere que todos seamos jóvenes y bonitos. “Mamis” eternamente. A mí, por ejemplo, me aterra Madonna. Tiene “cincuentaypico”. Yo ya casi tengo cincuenta. Me miro en el espejo y pienso que no parezco de todos esos años, pero hay muchas cosas sucediendo en mi cuerpo. Últimamente las he sentido mucho. Me he enfermado y he tenido que hacer cambios en muchas cosas. El otro día, en un aeropuerto, me puse a ver una telenovela y me di cuenta de que no hay viejitas. Ahora las de más edad están todas estiradas. Y todas pelirrojas. Hay que convertirse en viejita. Eso es chévere. En estos días pensaba eso y decía: “ese man [Cerati] no parecía para nada de cincuenta años”. Pero de pronto lo forzó. De pronto debía haber parecido un poco más de cincuenta. Y haberse sentado en el show. Yo lo vi en el último show y era impresionante cómo se exigía a esa edad. Parecía como de quince. Hubo algo ahí que su cuerpo no aguantó. Yo siento esas cuarentayocho ruedas y estoy tratando de vivir con ellas.

¿Y bien?

No tan bien. Es difícil. Voy aceptando todos los cambios que me van pasando, pero es muy difícil. Me acuerdo harto de cosas que decía mi papá, como que si por las mañanas no le dolía a uno algo era que estaba muerto. [Risas].

¿Usted se levanta con dolores?

Sí, por ahí tengo un par. Y sumercé tiene que escuchar y pararle bolas a lo que su cuerpo le está diciendo. Y hacer yoga, o qué sé yo. Pero el cuerpo a uno le habla y hay que saberlo escuchar. Un dolor no es malo. Un dolor le está diciendo “Hey, aquí está pasando algo, pilas”. ¿Cerati? Quién sabe. Estará tomando impulso, quiera Dios. Pero…, no sé. Tristeza, claro. Tristeza total. Porque además él era mejor cada vez. Me gustaban harto los discos de él solito. Superbonitos. A mi hija últimamente le está gustando mucho. Le ponemos los primeros de Soda y uno oye la diferencia. Uno a esta edad prefiere los últimos. Divinos. Elegantes. Cheverísimos.

Hábleme de su metamorfosis entre Florecita rockera y Ruiseñora

Ruiseñora tiene la palabra señora. Y tiene mucho de eso. Ese lo hice solita, acá en este estudio. Me encerré un año y lo hice. Soy de papás paisas, así que soy muy disciplinada.

¿Cuál fue el motivo de inspiración de ese álbum?

Una pelea.

¿Con quién?

Una pelea tenaz de la que no quiero hablar. Me tengo que ir. [Risas, se levanta y se despide].

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