Venezuela: ¿por qué está en crisis la revolución?

Venezuela: ¿por qué está en crisis la revolución?

El país vive la crispación política, PDVSA se debilita y lo básico escasea. Informe especial.

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05 de marzo 2014 , 07:29 p.m.

Una radiografía de la situación en el vecino país muestra las dinámicas que se mueven en medio de una revolución socialista en transición y las protestas de una oposición que no hace tambalear a Maduro.

Razones de una crisis que no cesa

Dieciocho muertos en un mes de multitudinarias protestas, más de 200 heridos y una inflación anual de 56 por ciento no tumbarán al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Al menos por ahora. (Lea también: San Cristóbal, una ciudad rebelde)

Tampoco lo logrará la inseguridad, que se refleja en las morgues superadas por los muertos (casi 12.000 o 25.000 en el 2013, según quien los cuente) que ha puesto a Venezuela como uno de los países más peligrosos del mundo; menos, la escasez de harina de maíz para las arepas de leyenda, ni la falta de papel higiénico y un largo etcétera de productos básicos que marcan un desabastecimiento de 28 puntos porcentuales. (Siga este enlace para leer: El venezolano tiene más dinero, pero sigue igual de pobre)

La permanencia en Miraflores del exchofer de metrobús, exsindicalista, excanciller y exvicepresidente, del que la maledicencia dice que nació en Colombia –en zona de frontera–, la garantiza la Fuerza Armada Nacional, la mitad más uno del país que se cree ‘revolucionaria’ y devota a morir y ha gozado de sus beneficios, y casi una veintena de elecciones en las que el chavismo ha ganado, a veces holgadamente y otras por un puñado de votos, como en las pasadas presidenciales. (Lea acá: PDVSA, un gigante del petróleo cada vez más débil que arrastra al país)

Pero la dinámica en la que se ha sumido Venezuela, el país con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, con apenas 30 millones de habitantes y que por sus ingresos podría tener niveles de país del primer mundo, parece el drama o, al menos, el culebrón de telenovela de una realidad atravesada por el despilfarro y la inequidad de las bonanzas desaprovechadas por una élite política corrupta o ineficiente desde los 70. De este punto a una revolución de cualquier índole faltaba poco. Y así fue. La encarnó el teniente coronel paracaidista Hugo Rafael Chávez Frías, un caudillo mesiánico, de verbo explosivo y carisma fascinante, que se inspiró en el desajustado y convaleciente modelo cubano y que, a su muerte, hace un año, dejó al país sumido en una incertidumbre que en parte explica lo que sucede ahora en las calles y que se vino a sumar a la terrible polarización que trajo su vertiginoso ascenso y las hábiles maniobras que lo sostuvieron en el poder. Su épico regreso, tras un aventurero e ingenuo golpe de Estado de 48 horas en abril del 2002, ya forma parte de las fábulas de héroes y villanos que enseñan los colegios. (La criminalidad se le salió de las manos a la 'revolución bolivariana')

Los chavistas explican sencillamente el fenómeno actual: “Un sector minoritario de la ultraderecha ha decidido desarrollar un plan de ‘Maduro vete ya’, y, de manera disociada, algunos manifestantes, que no expresan la realidad de nuestro pueblo, creen que lo pueden lograr. Pero no es toda la oposición”, se apresura a aclarar el exministro chavista Rodrigo Cabezas en diálogo con EL TIEMPO. (Economía petrolera en grandes apuro)

“Hay problemas económicos, obviamente; hay una situación importante de desabastecimiento por múltiples razones –reconoce–, pero no hay una situación que amerite que se levante la bandera de derrocar a un gobierno legítimo, constitucional. Son los mismos sectores desesperados del 2002 que intentaron derrocar al presidente Chávez, con Fedecámaras y una parte del ejército. Son los mismos que aquella vez salieron derrotados y hoy también saldrán derrotados”, añade.

Aunque las tensiones y la polarización fueron creciendo a medida que el gobierno de Chávez se tornó ‘socialista’ y ‘bolivariano’ (que pocos entienden qué significa) y fueron habituales las protestas e, incluso, los dolorosos rompimientos familiares por simpatías políticas, el anuncio del tumor de Chávez en junio del 2011 y las señales tempranas de la crisis económica desencadenaron la bola de nieve que hoy rueda por las cálidas ciudades venezolanas.

“En el 2012 convergen dos problemas: mantener a Chávez en el poder a pesar de su enfermedad y los síntomas claros de la descomposición económica. Por eso, no se le puede achacar a Maduro toda la responsabilidad. La transición tras la muerte de Chávez, lo apretado del resultado de las presidenciales (1,5 por ciento de votos de diferencia), la crisis inflacionaria y de seguridad y, a finales de diciembre del 2013, la discusión dentro de la oposición sobre el liderazgo y la línea política que había que seguir, que permitió que un sector se lanzara a las calles para plantear un cambio de régimen, todo, todo eso aceleró los procesos que se venían dando desde el 2012, el 13 y el 14 y que han llevado a los acontecimientos actuales”, dice a este diario el analista de la Universidad Central Carlos Romero.

De forma, no de fondo

La división en la oposición es un punto clave. De forma, no de fondo, coinciden los analistas, y, según Romero, no solo entre seguidores del detenido Leopoldo López, que parece ir adelante en popularidad, y del excandidato presidencial Henrique Capriles, más amigo de esperar mejores escenarios. Para Romero, “estos dos líderes están en el centro democrático, pero hay otros dos sectores: un grupo, con lazos con el empresariado, que plantea una política colaboracionista con el chavismo y que no ve las condiciones para un cambio de régimen, y el otro, un sector golpista y reaccionario con ramificaciones en EE. UU. y Colombia, entre otros, que desde el exterior sostiene la tesis del cambio pragmático del régimen vía insurrección militar”.

En ese sentido, el periodista y exmilitante chavista Vladimir Villegas apunta que “la ruta de la oposición debe ser electoral, pues forzar la barra para acortar los tiempos del Gobierno o buscar una salida por nocaut sería ir derechito al abismo”. Y complementa: “Algunos sectores han asumido una forma de lucha violenta que ha influido en la activación de la polarización. Es un momento tanto o más peligroso que abril del 2002. Todo es producto de que no hemos tenido un diálogo político adecuado. Hasta ahora, la oposición ha estado en las calles, no el chavismo. Hay que ir al diálogo antes de que haya un choque de fuerzas en la calle”.

Y sobre la supuesta división en el chavismo –se dice que Diosdado Cabello, actual presidente de la Asamblea Nacional (legislativo), le estaría poniendo zancadilla a Maduro–, Villegas es enfático: “Esta es una tesis que tiene sus adeptos, pero sería suicida. Estamos hablando de la supervivencia política del chavismo. Para mí, Diosdado ha sido uno de los puntos de apoyo de Maduro. Que tienen estilos distintos, sí. Creo que hay diferencias, pero no pugnas”.

Villegas explica que, ante el vacío por la muerte de Chávez, hay una transición con dos posiciones fundamentales dentro del chavismo. “Hay unos que creen que la salida es la radicalización, y otros, que hay que reorientar, lidiar con las dificultades económicas y luego sí retomar el proyecto”, afirma.

Similar opinión tiene Cabezas. “Eso de la división es una especulación. Ese favor no se lo vamos a hacer. Eso no quiere decir que no haya discusiones, no hay un pensamiento único, como quieren hacer ver. Esto es una máxima de Chávez: ‘Irreverentes en la discusión, reales en la acción’ ”, dice.

Aunque el chavismo insiste en que quien dirige las protestas es el mismo golpismo del 2002, un protagonista de excepción ha sido el movimiento estudiantil, que, no obstante, no es monolítico, sino que tiene líderes que provienen de diversas orientaciones. Hay moderados, radicales e, incluso, chavistas.

Sin control

Para Cabezas, el hecho de que quieran tumbar a Maduro los pone fuera de la ley y en una etapa preinsurreccional. Romero teme algo similar. “Están hablando abiertamente de un cambio de régimen en Venezuela –sostiene– y que son autónomos frente a los partidos y los dirigentes. Eso me hace pensar que están dando un paso adelante que en mi opinión es muy peligroso.”

Aunque su protesta se ocupa de asuntos que van desde la inseguridad hasta problemas dentro de las universidades, su tenacidad y sacrificio ponen ante la opinión pública nacional e internacional el dedo en la llaga y desnudan la represión de la que han sido víctimas por las fuerzas antidisturbios.

No es clara cuál será la salida de esta crisis, ni si la protesta aguantará mucho más. De momento superaron una prueba, la de los carnavales y el largo festivo que impuso Maduro con el fin de bajar las tensiones. El pan y circo no funcionó.

Miles prefirieron las calles a las playas. Y eso, conociendo el espíritu festivo de los venezolanos, es un avance, reconocen sociólogos que habitualmente dudan de la disciplina de los opositores en contraposición a la de los chavistas.
Por lo pronto, Maduro convoca a un diálogo, al que se resiste la oposición, que exige justicia por los muertos y los abusos de la Guardia Nacional y la liberación de los detenidos, en especial la de López. De momento, Maduro ha conseguido que pasen a segundo plano el desabastecimiento con sus interminables colas, la inseguridad y los demás males.
Pero, así como la pregunta es qué tanto aguantará la oposición y los estudiantes ‘sifrinos’, como se refieren a ellos los chavistas, la misma se aplica a los ‘revolucionarios’: ¿qué tanto aguantará la economía venezolana?

EDUARD SOTO
EDITOR INTERNACIONAL

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