Alianza

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06 de febrero 2014 , 07:58 p.m.

Atención a la frase que viene: “El señor Gustavo Petro pertenece al mismo partido del señor Enrique Peñalosa”. Pues con esas palabras, señoras y señores, pruebo completamente mi punto, cierro totalmente mi caso, y voy terminando, quizás, esta columna. Porque no puede haber un ejemplo más contundente del sinsentido de la política colombiana, de sus volteretas y sus contradicciones. Porque si ha habido dos personas en el mundo que hayan tenido poquísimo que ver, si ha habido dos líderes que se hayan cuestionado con ira y se hayan mirado de reojo en la Bogotá de los últimos veinte años, esos han sido los altivos Petro y Peñalosa. Y ahora, así los “petristas” les muestren los dientes y les den la espalda a los “peñalosistas” en plenas elecciones, han sido condenados a detestarse en el mismo partido como si un libretista se hubiera puesto a pensar “qué es lo peor y qué es lo más chistoso que podría pasarles a estos dos”.

Si la política colombiana fuera seria, si la vida colombiana hubiera superado de una buena vez la lucha primitiva por la supervivencia y quedara atrás por fin nuestra eterna tentación de despreciar las instituciones y empezar todo de ceros (nuestra tentación de refundar el país sobre la base de un caudillo, de una constituyente), Petro seguiría haciendo parte de un sólido partido de izquierda estereotipado por los unos y venerado por los otros, y Peñalosa no habría tenido que probar su buena y su mala suerte tan lejos de la derecha. Pero no es así. A uno lo pueden matar en Colombia, a uno lo pueden hundir en Colombia por siempre y para siempre. Y los colombianos, mamíferos domésticos de la familia de los felinos, hemos aprendido a vivir nuestras convicciones de puertas para adentro. Y a camuflarnos, como camaleones en la selva de este bipartidismo vergonzante, en alianzas que quieren decir que no somos lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario.

El peligro sigue. Por culpa de la llegada de la extrema derecha al poder, podría haberse pensado que –ya que el fanatismo tenía una voz, ya que podía pronunciar su versión de los hechos por encima de la mesa– estos eran los años para no temerles a las ideas propias, para ser de izquierda, por ejemplo, sin que serlo fuera el paso anterior a la muerte. Y sin embargo aquí está la exconstituyente Aída Avella, la candidata presidencial de la UP que, luego de sobrevivir a un atentado brutal en 1996, estuvo en el exilio durante diecisiete años, perseguida de nuevo por las mismas amenazas de siempre como sombras que da el sol de Colombia. Y aquí están los treinta militantes de la Marcha Patriótica asesinados, y el proceso de paz espiado por los guerreristas, y el propio Petro amenazado, y en la mira todo lo que suene a “demasiado social”. Poco ha cambiado: bienvenidos a los 90, a los 80, a los 70.

Era claro que este extrañísimo “Petro más Peñalosa”, la alianza enclenque que se vino abajo esta semana, no era el símbolo de un inesperado giro hacia la convivencia pacífica entre enemigos, sino la prueba suprema de la confusión política que vivimos. Era obvio que tanto Petro como Peñalosa iban a ser incapaces de reconocer sus errores: el chavismo del uno, el uribismo del otro. Era evidente que tarde o temprano iban a sabotearse igual que hace cuatro años. Y que habría sido un milagro que, empeñados, como buenos colombianos, en vender la idea de que son “de centro”, hubieran aprovechado el momento para señalar que derecha e izquierda pueden vivir en un mismo cuerpo sin matarse. A uno lo pueden matar en Colombia: y en un lugar tan precario, que no es país sino cuestión de vida o muerte, tiene sentido formar una alianza con quien no va a dispararnos. Pero estamos hablando de Petro y Peñalosa.

www.ricardosilvaromero.com

Ricardo Silva Romero

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