Ruth toma la palabra

Ruth toma la palabra

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31 de enero 2014 , 06:59 p.m.

Una mujer como cualquiera otra. Nacida en Bucaramanga, criada en Tame y acogida por Venezuela. Formada en el seno de una familia humilde y trabajadora donde –dice– los valores morales y el amor a Dios eran prioridades que no se discutían.

Ruth, la mayor de siete hermanos, llevó una niñez normal. Sin juguetes, pero feliz. Tenía de muñecos a sus hermanos. Cuando cumplió los quince vio llegar gente extraña, que con mucho dinero ilusionaba a los vecinos. Varias de sus amigas terminaron como mulas del narcotráfico; y muchos campesinos, cultivando marihuana o coca. Fue una época de sobresaltos, pues la negativa de sus padres a participar en el negocio los hacía antipáticos al entorno.

Ruth se reserva un capítulo violento de su vida del cual no le gusta hablar. Se convirtió en madre a los dieciocho, y la hija la salvó. A los veinte, conoció al amor de su vida. Tuvieron tres hijos hermosos, más la bella hija a quien él amó y crió como suya. Durante casi catorce años Ruth fue feliz, hasta aquel fatídico día en el que asesinaron a su compañero y destrozaron su cara a culatazos. Los asesinos se identificaron como paramilitares. Al examinar la cédula de su víctima, descubrieron que no era el objetivo de su misión.

La vida cambió. Ni siquiera pudo llorar. Tenía que seguir luchando por sus retoños, inculcándoles el amor por la vida y el perdón, “porque el rencor enferma el cuerpo y el alma”. Siete años después tropezó con el demonio que le había disparado a su hombre. Militaba ahora en las Farc.

Fue muy difícil enfrentar sola tantas cosas que le violentaban la vida. Demasiado para un solo corazón, que terminó protestando a su manera con un fuerte dolor en el brazo y una asfixia que la llevaron al hospital.

Luego, todo empeoró. El Ejército empezó a asesinar inocentes, y los hacía pasar por guerrilleros para cobrar recompensas y vacaciones. Y su ángel, el niño que nunca se separaba de ella, terminó también muerto bajo las balas del gobierno de Uribe, al que denomina guerrerista y vengativo. Y agrega: “Cuando te matan un hijo, te matan el alma”.

Ruth recuerda cómo, dos días después de haber denunciado los hechos, “el Presidente de tu país sale muy orgulloso por las muertes que ha logrado con su política de supuesta justicia y paz, y por televisión dice que esas denuncias son falsas, tu denuncia es falsa, tu hijo bueno no está muerto”.

¿Qué hacer, entonces, cuando solo eres una madre más del montón? ¿Y qué hacer cuando, tres meses después de que el Ejército asesina a tu hijo y lo presenta como guerrillero, la guerrilla asesina a tu hermano por haber tomado la valiente pero mala decisión de gritarles: “Váyanse a trabajar, mientras ustedes vienen a quitarnos lo que honestamente trabajamos, el Ejército mata inocentes, mátense entre ustedes!”. Y lo mataron.

¿Qué hacer ante tanta impunidad e injusticia? Ruth decidió que debía luchar por que a los hijos, esposos y hermanos de otras mujeres no les suceda algo igual. Lo que pasó no lo puede revertir. El recuerdo de la nobleza de esos seres sacrificados no le permite sentir odio. Solo envenenaría su alma y la ensuciaría con sentimientos de venganza.

Hoy defiende la vida digna y ayuda a otras víctimas a sacar las iras internas por medio del arte. Así lo contó en Cúcuta, en un taller binacional de la Escuela de Paz y Convivencia. Y como Ruth, muchas mujeres esperan que no se dilate el fin del conflicto.

Los diálogos en La Habana parecen frenados. Las elecciones, en lugar de enredarlos, pueden hacer avanzar los debates sobre drogas y sobre víctimas, centrales en la agenda. Y ayudaría mucho que las Farc declararan una tregua y profundizaran la autocrítica que comenzaron con el reconocimiento del atentado de Pradera como crimen de guerra.

Socorro Ramírez

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