Los monstruos de la cueva

Los monstruos de la cueva

El refugio de Gabo y sus amigos cumple 60 años: sus primeros 20 albergaron la explosión del grupo.

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30 de enero 2014 , 11:27 a.m.

Antes de ser un bar, La Cueva era una tienda de barrio con ínfulas de almacén. Se llamaba El Vaivén y vendían desde leche hasta cor­dones de zapatos. A cierta distan­cia del mostrador había una mesa donde se reunían todos los días, a partir de las 6 de la tarde, un gru­po de hombres para hablar de cacería. El vie­jo nombre contenía ya una pista de lo que sería este lugar para escritores y artistas: un vaivén de temas e ideas, pero también, como dice la fa­mosa canción de Agustín Lara, un vacile don­de ni se sufre ni se llora. Lo importante es estar vivo, decía el pintor Orlando ‘Figurita’ Rivera. Y Álvaro Cepeda Samudio sentenciaba: “Pri­mun vivere y endespoues philosofare”.

El nuevo nombre que adoptó el lugar se re­lacionaba con la afición a la cacería del primer grupo de asiduos, pero inevitablemente hacía eco a la caverna de Platón: a su oscilación en­tre la vida real y la vida pensada. En un mu­ral de Alejandro Obregón que aún se conserva en La Cueva, y que él llamó ‘La mujer de mis sueños’, un amigo le hizo dos disparos como re­presalia por una de las famosas bromas pesadas del pintor. El sueño pintado de Alejan­dro había sido violentado por una ráfa­ga de realidad, pero él decidió dejar el mural así. “Otros prefieren intelectuali­zar del todo la pintura; yo tengo siempre los dos pies en la tierra”, afirmaba Obre­gón. Para Alfonso Fuenmayor, el arte de Obregón aliaba el pensamiento a la per­cepción sensual. En Cepeda también se daba esta tensión y la ambición de su­perarla. Por eso podíamos encontrar un Álvaro gregario y risueño en la vida real, y otro melancólico y solitario en la voz que narra los cuentos de su primer libro ‘Todos estábamos a la espera’. Y verlos luego unificados en su libro póstumo Los cuen­tos de Juana.

La Cueva fue remodelada y reinaugurada hace 10 años como museo, bar, restaurante y fundación, cuando la familia Char Abdala la entregó en comodato a la fundación que diri­ge Heriberto Fiorillo. Desde su reinauguración, la entidad ha desarrollado numerosos proyec­tos y actividades culturales para mantener vivo el legado del Grupo de Barranquilla y su im­pulso creador. Lo ha hecho de la mano de su di­rector, de su presidente, Antonio Celia Martí­nez-Aparicio, de otra media docena de socios y de un amplio grupo de colaboradores por don­de han pasado casi todos los escritores y artis­tas de la ciudad, buena cantidad de creadores nacionales y un buen puñado anual proveniente del exterior, invitados al Carnaval Internacional de las Artes. Este proyecto es la mayor apues­ta de la fundación para unir la reflexión con lafiesta, mezclar la abstracción con el instin­to vital del Caribe y fundir el mundo intro­vertido del pensamiento con el extroverti­do del carnaval.

Sobre el dintel de la puerta principal, Fiorillo rescató un viejo letrero: Aquí na­die tiene la razón, que resume el vaivén de opiniones y posturas que nunca encon­traban reposo en La Cueva y que definían este lugar como un universo donde todo era sentimiento, hasta el mismo intelecto. Era como si aquellos primeros creadores no se resignaran a que la vida fuera solo una sombra platónica proyectada en una pared y buscaran el arte verdadero en los moldes principales de la realidad.

Estoy sentado en un salón de La Cue­va, rodeado de pinturas de Orlando Ri­vera, Roda, Noé León y Alfonso Melo, nombres notorios asociados al grupo. En cada mesa hay un ejemplar del li­bro La Cueva, crónica del Grupo de Ba­rranquilla, escrito por Fiorillo. Lo abro al azar y leo que Orlando ‘Figurita’ Ri­vera era, según palabras de Germán Vargas, “un ser extraordinario, de una vitalidad y una vivacidad que no se en­cuentran fácilmente. Uno de esos ta­lentos naturales que suelen darse, con cierta frecuencia, entre las gentes de la costa colombiana”. Rivera fue un artis­ta amado por las dueñas de los burde­les que le pagaban con trago y pasión los murales con los que adornaban sus paredes. A una de ellas, Rosita Mos­quera, su amante oficial, la reprodu­jo con una cayena roja en la oreja, en su cuadro más conocido: ‘La mujer de la Arrebatamachos’, como se apo­da esa flor. ‘Figurita’ murió un sábado de carnaval, como él mismo había deseado ex­presamente, disfrazado de mujer, al precipitar­se de una carroza que había construido él mis­mo y que, según los que pudieron verla, era la más bella del mundo. “Se parecía tanto a un carro celestial –dijo un testigo–, que se llevó al mismo ‘Figurita’ ”.

Le echo ahora un vistazo al menú y elijo El cuadro, un filete de pescado fresco en salsa de leche de coco y otras frutas tropicales, inspi­rado en los colores de Obregón, aunque sin los grillos amaestrados que a este le gustaba de­vorar. Decido seguir la filosofía del grupo de no quedarme apenas como testigo remoto de la vida, me olvido un rato de los cuentos de La Cueva y me concentro en saborear la exube­rancia del plato. Cuando abro los ojos, me en­cuentro con una foto de Cepeda y Gabo. En­tonces recuerdo que en el momento más álgido de La increíble historia de la cándida Eréndida y su abuela desalmada, Gabo interrumpe repenti­namente su narración para hablar de Cepeda: “Me llevó en su camioneta por los pueblos del desierto, con la intención de hablarme no sé qué cosa, y ha­blamos tanto de nada y tomamos tanta cerveza que sin saber cuándo ni dónde atravesamos el de­sierto entero y llegamos hasta la frontera”.

Eso era Álvaro: una interrupción violenta, una sacudida ebria en el ambiente, un impetuoso ma­nantial de conversación en el desierto, un vendaval de risa que paralizaba todo lo demás, un viaje imprevisto hasta la frontera, hasta los límites, hasta los extremos. Cepeda, alma del grupo, vol­có toda su fe en la amistad. Él era un bárbaro en muchos sentidos: en la generosidad, en la camaradería, en las dis­cusiones, en la literatura, en el periodismo, en la forma de hablar. Murió a los 46 años en pleno furor de su vida y de su obra. Organizaba gale­rías, salones internacionales, dirigía un perió­dico, se daba trompadas con los marineros del muelle, hizo cine, filmó documentales, escribió cuentos únicos, cocinó platos estrambóticos, conquistó a las mujeres que quiso, fue la mano derecha del empresario más rico del país. En el epígrafe de su libro Los cuentos de Juana, Ce­peda cita una frase de William Blake que po­día haber sido su lema o el lema de La Cueva: “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”; lo que podría ser cierto si no fuera porque en La Cueva nadie tiene la razón, ni si­quiera el que escribió aquel letrero.

Por Paul Brito

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