El aporte de Villegas

El aporte de Villegas

Presencia decisiva del maestro peruano fallecido en la modernidad plástica nacional

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30 de enero 2014 , 08:16 a.m.

En diciembre de 1951, Arman­do Villegas llega a Bogotá, bien o mal llamada ‘Atenas Surame­ricana’, con su grado en Bellas Artes y una carta de recomen­dación de su maestro Ugarte Ele­spuru (…) El joven artista de­sea continuar estudios de Bellas Artes en Bogotá y abrirse camino como pin­tor, acaso sin haber decidido del todo por qué caminos formales se dirigirá su pintura. Era previsible, dada su formación académica, que lo hiciera dentro de las corrientes de la pintu­ra figurativa. Pero lo que se larva en la imagi­nación de un artista es difícilmente previsible. Su universo de formas no siempre se expresa conscientemente.

En Bogotá, la presencia hegemónica del arte figurativo es un pesado lastre para quie­nes, estimulados por las vanguardias euro­peas y sus ramificaciones múltiples, desean una ruptura. Lo que se llamará después la ‘Escuela de la Sabana’ –un paisajismo román­tico de alta factura técnica, anclado en sus mejores expresiones en el impresionismo– es una corriente dominante (Ariza, Acuña, etc.), como lo son las corrientes derivadas del ‘in­digenismo’, una pintura vernácula que, como en Perú, busca su asidero en expresiones rai­zales: Pedro Nel Gómez, Ignacio Gómez Jara­millo, Carlos Correa, entre otros, parecen re­producir lo ‘ya visto’ en otras latitudes.

Si alguna corriente contemporánea se ha introducido como de contrabando en las fór­mulas del arte figurativo, esa no es otra que el Cubismo, como ha sucedido en el México de Siqueiros o Rivera. En Colombia, por ejem­plo, lo vemos en las primeras obras de Enri­que Grau y Cecilia Porras. Pero los límites y códigos de la figuración no se han roto, ni siquiera con la formidable propuesta de los grandes surrealistas (De Chirico o Magrit­te). El expresionismo, impregnado del ‘fau­vismo’, tiene un ejemplo marginal y polémi­co en la obra de Débora Arango, repudiada, sin embargo y solitaria en su gran aventu­ra. El arte, para una burguesía en pleno do­minio de la opinión pública, o para un aca­demicismo de estirpe conservadora, el arte pasa por la moral cuando no por el filtro de la ‘belleza’ clásica, el sentido de la armonía y el equilibrio académicos.

Este ‘feísmo’ que viene de Picasso o de los expresionistas alemanes, solo está re­servado al caricaturismo. Impensables un Georg Grosz o un Edgard Munch, como im­pensables las precipitadas modificaciones (“metamorfosis”, las llamó Malraux) de un arte que, en los albores del siglo XX, ya no pertenecía al mundo de la razón o el ‘equili­brio’ sino al universo imaginario de la más absoluta libertad, aquello que ya Goya ha­bía consignado en uno de sus ‘Caprichos’: el sueño de la razón produce monstruos. Monstruos en el universo onírico de De Chi­rico o Dalí, desdoblamientos en Magritte.

Pero también, en otras vertientes, el imperio del cro­matismo de un Klee o un Kandinsky; la geometría, fi­guración del universo visual, como en el arte ruso de las tres primeras décadas del siglo.

La tiranía de la realidad se formula por los estre­chos caminos del ‘realismo’. Sin embargo, una gene­ración aparece en el horizonte del arte colombiano, y la llegada de Armando Villegas a Bogotá coincide con la gestación de una ruptura histórica en la cual, digan lo que digan, callen lo que callen los críticos de hoy, la presencia del peruano es decisiva. Decisivo será su paso por la Escuela de Bellas Artes de Bogotá, a la que ingresa para ejercer un modesto magisterio entre sus condiscípulos. Se diría que esta experiencia no es más que un pretexto para echar raíces en Colombia y en su medio artístico. Debe de haber pesado mucho su con­dición de ‘extranjero’; pesará aún más cuando, al cabo de muchos años, asuma la doble nacionalidad, pese a ser un artista cuya práctica se inicia, profesionalmen­te, en territorio colombiano. Muy pronto se vinculará a ese grupo de ‘pioneros’ del arte contem­poráneo colombiano, compartiendo con ellos no pocas experiencias.

La memoria puede olvidar delibera­damente, por una suerte de perversión interesada, pero los documentos de épo­ca no olvidan. En ellos veremos a Ville­gas, a todo lo largo de la década de los cincuenta, al lado de Alejandro Obre­gón, Fernando Botero, Enrique Grau, Eduardo Ramírez Villamizar y Guiller­mo Wiedemann. Este retrato de épo­ca es algo más que una iconografía ac­cidental. De allí, de sus diversificadas propuestas, surge la ruptura del arte co­lombiano con la inmediata tradición. Al retrato podrían añadirse las figuras de Marco Ospina y Silva Santamaría. Y, so­bre todo, de Édgar Negret. Pero no se tra­ta de una comunidad de propósitos, ni de un grupo formado en una sola tendencia o corriente. Mucho tiempo después, una mano traviesa sacará de esa foto de época a Armando Villegas.

Un espíritu común une a estos ar­tistas: romper las amarras de un nacio­nalismo cerrado, separarse de las pro­puestas, respetablemente agotadas y por momentos convertidas en dogma, de los seguidores del paisajismo, indigenismo y realismo vernáculo. Las propuestas do­minantes en la época no son desdeñables. El tiempo se encargará de colocar en su lugar a los Ariza, Gómez Jaramillo, Acu­ña o Pedro Nel Gómez. Pero el nuevo es­píritu, que llega tarde o sólo llega cuando el mundo del arte ha legitimado las pro­puestas del arte abstracto, del expresio­nismo, del surrealismo, de la nueva figu­ración, ha de imponerse, incluso a falta de postulados teóricos o de una coherente formulación crítica.

Por Óscar Collazos

* De un ensayo sobre el maestro peruano en un libro de Villegas Editores.

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