Fe de erratas

Fe de erratas

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29 de enero 2014 , 07:21 p.m.

El domingo pasudo (voy a mandar esta columna adolorida tal como la digite, sin demasiadas correcciones, sin forzar nada tampoco, lo juro, está quedando así; y les pido a los abnegados correctores de estilo de EL TIEMPO que la dejen intacta), el domingo pasado, o pasudo, escribí en este periódico la primera entrega de una serie de crónicas sobre la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra.

Se trata de un ejercicio narrativo que no aspira a revelar (ay) nada excepcional ni novedoso, sino más bien a contar, de la mejor manera posible, sin huir tampoco del “rigor historiográfico”, aspectos fascinantes de esa guerra que acabó con el siglo XIX y que por poco acaba con Europa. Aspectos fascinantes que son muchos: sus antecedentes, sus protagonistas, sus entresijos políticos y diplomáticos. El arte y la tragedia y el pensamiento de la sociedad que la sufrió.

Así que escribí un primer texto, que salió el domingo pasado, como ya dije, sobre esa especie de ingenuidad con que muchos veían el futuro inmediato del mundo en 1914, cuando un volcán a punto de estallar rugía bajo sus pies. Ese es quizás el aspecto más ‘poético’, por llamarlo de una manera absurda, de la Primera Guerra Mundial: su fuerza desgarradora entre el tiempo feliz que se acaba con ella, y el que le sobrevino con las consecuencias que ya todos sabemos de sobra.

Hice mi texto aquí mismo, en este computador, con mi mejor esfuerzo. Creyendo como siempre que la escritura tiene su propia música, y que para descifrarla no hay que acudir solo a la ortografía y a la sintaxis –aunque también, o hacerlo sería imposible– sino además al solfeo: al ritmo y a la percusión, a las notas y a los silencios y al tiempo, al sonido. Luego me editaron dos periodistas inmejorables, Paola e Irene.

Y sin embargo fui víctima y artífice del destino inevitable de todo el que escribe: la errata. De ella decía don Alfonso Reyes: “He ahí el enemigo”. El típico y funesto error que se nos cuela sin remedio en un texto, a veces para mejorarlo o para darle un sentido inesperado, aunque casi siempre para arruinarlo, y que luego no nos deja dormir y nos atormenta para siempre, así nuestros amigos nos aseguren que nadie lo vio. Pero para un autor deshonrado por la vieja maldición, lo único legible de sus palabras son las erratas.

En mi caso fue una letra, espero, la de la infamia: una ve corta en vez de la be larga del participio adjetival “rebelados”, que se refiere al acto de rebelarse. Escribí “revelados” y no “rebelados”, quizás porque en la cabeza tenía también “revueltos” o “revolucionados”, yo qué sé. Igual no hay excusa y lo que pasó, pasó. Pero estuve de muerte, consolado solo por la famosa anécdota de Blasco Ibáñez, en una de cuyas novelas quedó que una señora se levantaba con el “coño fruncido”, cuando el original decía “el ceño”.

O la del profesor Blanco en la Barranquilla de los años 30 (la historia es de Mauricio Vargas), quien escribió para El Heraldo un ladrillo sobre los presocráticos. El linotipista puso al margen un comentario crítico, ¡que salió publicado porque el corrector se durmió y nunca llegó hasta allí!: “Mierda es lo que escribe este viejo hijueputa”. El pobre sabio fue a quejarse con Juan B. Fernández, dueño del periódico, quien le respondió muy serio y confidencial: “Tranquilo, profesor: le prometo que esto queda entre nosotros dos”.

“Erratas a juicio del lector”, advertía en sus libros un amigo del ya citado y magistral Alfonso Reyes. “Chillen, putas”, les grita a las palabras Octavio Paz en un poema, cuando son ellas las que nos hacen chillar a nosotros.

Por eso espero que mi mala letra –esa y todas–, lector, quede entre nosotros dos. Por la fe que mueve al mundo, la fe de erratas.

catuloelperro@hotmail.com

Juan Esteban Constaín

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