En las entrañas de la Real Academia Española

En las entrañas de la Real Academia Española

Recorrido por los pasillos de la RAE. Cumple tres siglos actualizando el diccionario más consultado.

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26 de enero 2014 , 10:52 p.m.

Todos los jueves, a las 19:30, suena una campanilla en la Real Academia Española (RAE). En su elegante sede a metros del Museo del Prado se reúnen en torno a una gran mesa ovalada los filólogos, intelectuales, catedráticos, científicos y escritores que integran la institución. La delicadeza del tintineo marca el tono y el estilo de la sesión que está por comenzar.

La responsabilidad es colosal: hallar la definición más precisa posible para un grupo de palabras que pasarán a integrar, o no, el diccionario más consultado de nuestra lengua. Los miembros ocupan sus sillones, uno por cada letra –mayúscula y minúscula– del abecedario.

Para llegar a esa sala se atraviesa un pasillo custodiado por copias de la serie Los caprichos, de Goya (los originales, que pertenecen al tesoro de la RAE, están guardados en la bóveda de seguridad). Por ese mismo corredor, hace dos meses, caminó la escritora Carme Riera Guilera, el miembro más reciente de la Academia.

El protocolo indica que, luego de ser elegido por los académicos, el flamante miembro debe preparar un discurso y presentarlo en un acto público, donde aborda una problemática de la lengua o la literatura. Vestido de frac, ingresa al salón principal acompañado por los dos últimos miembros que han tomado posesión. A su derecha se encuentran las autoridades de la Academia; a su izquierda, quienes serán sus nuevos compañeros; en el centro, el director, debajo de dos lienzos: el de Felipe IV, el monarca que auspició el surgimiento de esta institución, y el de Miguel de Cervantes, el máximo exponente de la literatura española. A este discurso de ingreso le sigue la contestación de un académico que le da la bienvenida, y luego la entrega de una medalla que deberá ser devuelta a la institución a la muerte del académico, puesto que estas distinciones son las mismas desde que la RAE surgió, en 1713.

Ajena al gobierno y a los partidos políticos, desde su nombre la RAE expresa su origen como institución que emana de la corona española. Los reyes siguen de cerca las actividades de sus ocho academias, en particular de esta, la más conocida en todo el mundo hispano.

La RAE tiene su propia biblioteca –distribuida en tres sofisticadas salas– integrada por 250.000 volúmenes, entre ellos las primeras ediciones del Quijote y de obras de Lope de Vega. Su pompa y solemnidad son el resultado de una tradición de tres siglos de vida que limpia, fija y da esplendor a la lengua, según reza su lema, explícito en su escudo: un crisol en llamas.

Establecer y confeccionar obras que ayuden a la cohesión y unidad de la lengua en su diversidad son sus funciones principales (obras como la Gramática y la Ortografía de la Lengua Española lo atestiguan), pero la más conocida es la redacción del Diccionario de la Real Academia Española (Drae). Este texto y esta institución cobran cada vez más protagonismo. El informe del Instituto Cervantes de 2013 precisa que más de 500 millones de personas hablan español, que es el segundo idioma más hablado del planeta y el tercero más utilizado en Internet.

Este año se publicará una nueva edición de este diccionario, la número 23, que contendrá 90.000 palabras, de las cuales dos tercios son enmiendas de la edición anterior, precisa el director de la RAE, José Manuel Blecua.

Desde la A hasta el Drae

Mucho antes de que las palabras lleguen a los académicos y se discutan los jueves hay una enorme tarea previa de investigación. A pocas cuadras del estadio Santiago Bernabéu funciona el Centro de Estudios de la RAE, donde se ubica, entre otros departamentos, el Instituto de Lexicografía, una casa con jardín al frente y banderas de todos los países de habla hispana. En un ambiente más informal que el del edificio de la sede central, los lexicógrafos de la institución se dan cita muy temprano, de lunes a viernes. Filólogos de formación, gramáticos, especialistas en griego y latín y semantistas integran las huestes de ese ejército de zapadores –metáfora de Concepción Maldonado, una eminencia y experta editora de diccionarios– que iluminan sobre el origen y el uso que los hablantes del español actual le dan a una palabra.

En este edificio se atienden además las consultas sobre el idioma que llegan a diario al departamento Español al Día. Muchas veces, cuentan los lexicógrafos, reciben preguntas específicas que provienen de la justicia a la hora de interpretar una palabra, pues la definición o redacción de un término puede cambiar de modo radical el curso de un proceso.

La lexicología ha cobrado en las últimas décadas un gran desarrollo. La profesionalización y especialidad de esta tarea fue impulsada por la tecnología que permitió la confección de aquel motor inmenso que constituye el paso previo para realizar un diccionario: los corpus.

Los especialistas reúnen textos, corpus, para extraer de ellos la información que permite analizar la frecuencia y los contextos en que se utilizan las palabras para poder así precisar su significado y origen. Las fuentes son publicaciones periodísticas, literarias, científicas y académicas, entre otras. Incluso se han incorporado materiales orales.

Gracias a los corpus, es más ágil la exploración de términos a lo largo de los siglos y así será posible la publicación en el 2017 del esperado Nuevo Diccionario Histórico del Español (NDHE), coordinado por el académico José Antonio Pascual, un texto indispensable que busca trazar la evolución del léxico desde el origen de una palabra hasta la actualidad.

El Drae incorpora los denominados americanismos, es decir, aquellas palabras del español cuyo origen y uso provienen de los países de América Latina. Para ello, desde 1951 se fundó la Asociación de Academias de la Lengua Española, integrada por 22 academias.

“El diálogo y el contacto entre la RAE y las instituciones americanas es prácticamente diario. En breve funcionará un mecanismo para poder estar conectados a través de un teléfono gratuito, y mediante teleconferencias se podrá trabajar de modo simultáneo en un mismo texto”, anticipa Blecua. La RAE también aborda la elaboración del Diccionario de Americanismos (DA), confección donde es indispensable la colaboración de todas las academias hispanoamericanas.

Todo diccionario cuenta con una planta –palabra tomada de la arquitectura–, un esqueleto donde se ubican los elementos de cada palabra (etimología, clase de palabra, acepciones, ejemplos de uso, etc.).

“Cómo hacer un diccionario es un problema, y cómo hacerlo siguiendo una tradición de 300 años es otro problema mayor. El primer diccionario de la Academia se hizo a mano. Es de 1726-1739, pues se fue publicando por tomos de la A a la Z. Se llamó Diccionario de autoridades porque contenía citas, en su mayoría, de autores del Siglo de Oro español. En la actualidad se realiza a partir de un conjunto de corpus. El Drae sigue la tradición de la Academia, siempre en armonía con la gramática. Va destinado a una gran cantidad de hablantes, con sus variedades dialectales, y se debe precisar aquellas palabras que provienen de América y en qué países se utilizan”, explica Blecua.

Quizá la lógica indica que un diccionario se redacta por orden alfabético, pero no es así. Muchas palabras se definen por sus campos semánticos, y por ejemplo, existe un lexicógrafo especializado en la definición de todas las palabras utilizadas en teatro, otro en vocabulario científico, etcétera.

Desde el Crátilo de Platón, el problema de la definición ha sido abordado por la filosofía. Los diccionarios deben definir la palabra (por ejemplo, si es un verbo o un sustantivo, y cuál es su significado) y no la cosa en sí misma o cuál es la cosa que una palabra designa. Esta última tarea corresponde a la enciclopedia. “Toda definición se puede mejorar. Sí existe un estilo y leyes, como la legibilidad. No deben superar las veinte palabras ni tener oraciones incrustadas dentro de otras”, precisa Blecua.

Políticamente descriptivo

Una vez definida una palabra comienza una larga serie de revisiones a cargo de otros especialistas. Cuando ya no existen objeciones se confecciona una lista que será discutida en la sesión de los jueves por los miembros de número de la RAE e incluso una vez aprobadas regresan otra vez al Instituto de Lexicografía. La revisión general del nuevo Drae demandará casi un año.

A pesar del prestigio indiscutible de sus miembros, son frecuentes las críticas a esta institución, canalizadas a través de muchas entradas del Drae. “La gente considera que el diccionario tiene que tener las últimas novedades de la lengua juvenil, de la lengua científica, de los dialectalismos, y este diccionario es un diccionario de la lengua general, no específica”, detalla Blecua. Otro aspecto criticado del Drae es la ideología de la sociedad que se cuela en sus entradas.

“Todos los diccionarios arrastran los problemas de la lengua y de la sociedad. Pero, precisamente, un diccionario no debe ser políticamente correcto, sino descriptivamente correcto. No le corresponde ocultar el machismo, por ejemplo. Un diccionario debe ser objetivo y debe incorporar incluso aquellos rasgos negativos. Y lo que es más importante aún, debe respetar la gramática de la lengua”, asegura.

Alabado o criticado, el Drae es el más consultado de nuestra lengua y pertenecer a esta institución responsable de su confección, la RAE, es un honor para todo estudioso de la lengua –hoy, la ficción tiene representantes como Javier Marías, Mario Vargas Llosa y Arturo Pérez-Reverte–. Definir una palabra continuará siendo un problema complejo cuyos límites exceden muchas veces la filología. “La definición perfecta no existe”, asegura Blecua.

LAURA VENTURA
La Nación (Argentina)

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