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¿Y ahora qué? / Voy y vuelvo

¿Y ahora qué? / Voy y vuelvo

Pase lo que pase con el alcalde Gustavo Petro, Bogotá no volverá a ser la misma.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
25 de enero 2014 , 07:05 p. m.

Las heridas abiertas en estos 50 días de controversia jurídica, tras la destitución del mandatario por orden de la Procuraduría, difícilmente sanarán en el futuro inmediato. Son las consecuencias de una decisión que derivó en lo político, mutó a lo ideológico y terminó en lo personal, un peligroso coctel que no podía producir nada distinto a un confuso guayabo en el que los enemigos del Procurador terminaron siendo amigos de Petro y los enemigos de Petro terminaron justificando las acciones del Procurador.

Ha sido un proceso jurídico tortuoso, desgastante, que más que claridad ha dejado confusión, y más que unir a la ciudad, la dividió entre buenos y malos. Aquí nadie se quedó sin su apelativo: si se estaba con el Alcalde, se era un alcahueta; si con el Procurador, un ‘golpista’ o un oligarca. Nadie pidió que lo rotularan de tal o cual forma, pero hasta allá nos llevaron los protagonistas de esta historia.

Ahora que todo vuelve a quedar en suspenso por orden de la ‘tutelitis’ que contagió los despachos judiciales, vale la pena dar una mirada atrás para ver los estragos que van quedando de este vendaval y las fracturas de una sociedad que quién sabe cómo vamos a reparar.

La primera de ellas es la jurídica. En un país con más leguleyos que hombres arando el campo o científicos dejando huella por el mundo, era inevitable este espectáculo de códigos, artículos, incisos, parágrafos, sentencias, notificaciones, tutelas, interpretaciones y demás, que lo único que han dejado claro es que aquí no se sabe quién manda a quién: si el Procurador o la Corte o el Juez o el Secretario o el policía contratista del distrito que terminó ganando la tutela que salvó a Petro. Hasta el Alcalde quedó confundido, pues en algún momento de la semana que termina parecía resignado a abandonar su despacho, cuando se produjo la ‘tutelitis’ que suspendió su destitución.

De ahí que sea conveniente no decir nada ni especular con nada. Esperar.

La maraña de normas invocadas alrededor del caso Petro hizo estallar al poder judicial y enfrentó públicamente al Procurador con el Fiscal, al Fiscal con el Ministro de Justicia, al Procurador con los magistrados y a los abogados y decanos del derecho con unos y otros. Ya lo había advertido Santander a Bolívar: “Con leyes que me escuden hago yo diabluras”.

La segunda fractura compromete al Gobierno Nacional y a la administración distrital. Desde aquel 9 de diciembre en que se conoció la destitución de Petro, este le endosó al Presidente de la República la responsabilidad por su futuro y por la suerte, incluso, del proceso de paz. Santos se limitó a decir que no podía darles gusto ni al Alcalde ni al Procurador, actitud que no cayó bien en el Palacio Liévano.

Las tensiones se extendieron a otros despachos y provocaron nuevos roces, demandas y contrademandas que hoy hacen parte de este entramado jurídico. Los bogotanos, y el país en general, asistimos al cruce de cartas entre el Ministerio de Cultura y la dirección de Patrimonio de la capital por el uso indebido que un grupo de seguidores del Alcalde vienen haciendo de la plaza de Bolívar. El tema llegó hasta la Procuraduría, que conminó a restituir la plaza en un tiempo perentorio. Pero ahí siguen los manifestantes.

El contraataque de Patrimonio se enfila ahora a hacer cumplir la ley en obras que el Mincultura adelanta o pretende adelantar en el centro. Por la misma senda, el Ministerio de Vivienda y la Secretaría de Hábitat chocaron esta semana por el supuesto incumplimiento del Ejecutivo con el cupo de subsidios para vivienda de la población desplazada. Respuesta del Minvivienda: que la Alcaldía ponga primero la casa en orden.

De cara a la ciudadanía –y esa es la tercera fractura en todo este proceso– el daño aún está por verse. La ciudad ha quedado dividida. Huérfana de estimulos que le permitan creer que las cosas pueden mejorar. El cansancio de la gente es evidente y la desconfianza es el pan de cada día. Cualquier cosa que diga o anuncie la administración tendrá una lectura para los críticos del Alcalde y otra para sus defensores. Cualquier anuncio que se haga será interpretado como un globo desesperado por demostrar que se gobierna o una prueba de que el Alcalde manda. Ya hemos vivido eso, durante el gobierno del expresidente Samper.

Sin salir del atolladero legal, ahora nos encaminamos a una campaña por la revocatoria del Alcalde. Otra batalla de consignas y epítetos. Pero sin duda, más democrática. Si consigue mantenerse en su cargo, el Alcalde tendrá que emplearse a fondo –como lo hizo en la plaza de Bolívar– para cauterizar esas heridas abiertas, para no dejar que su política del amor se convierta en política del odio. La duda radica en que Petro ha demostrado ser un excelente congresista, un gran orador, pero no un buen cirujano. El Alcalde no construye consensos sino que es más dado a ahondar diferencias porque son la base para soportar sus tesis. Nada indicaría que en lo que resta de su mandato vaya a cambiar de parecer. Y entonces seguiremos en las mismas: con un Alcalde al que muchos consideran que gobierna para el 30 por ciento de la ciudad y una ciudad que entrará en la apatía a la espera de que algún día todo termine.

Desde este rincón, un saludo fraternal y una voz de aliento al doctor Guillermo Asprilla.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
@ernestocortes28

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