¿Enfermo terminal?

¿Enfermo terminal?

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21 de enero 2014 , 05:41 p.m.

La aparente sublime estrategia para devolver el Partido Conservador a sus épocas de mayor esplendor no era otra cosa que el oportunismo ramplón. El ejecutor escogido fue el sibilino senador Carlos Holguín, con ínfulas de líder nacional, pero quien con dificultad podía trascender de provinciano dirigente. Lo acompañaban un séquito de timoratos congresistas, algunos de los cuales tenían estrechos vínculos con el paramilitarismo, como el entonces senador cordobés Julio Manzur.

Por eso el parlamentario Holguín no escatimó, aunque fuera en actitud solapada, por aparecer en la tarima del recién elegido presidente Álvaro Uribe en mayo del 2002. Con senil astucia sabía que la promesa del novel presidente de lucha contra la politiquería y la corrupción era un mero cuento para seducir incautos que pronto abandonaría.

Como no había mensaje, porque tan profano propósito no lo podía fecundar, se inventó el lema ‘La fuerza que decide’. A partir de entonces los puestos y las dádivas corrieron a raudales y colmaron todas las aspiraciones de los amansados congresistas, quienes a cambio se conducían con vocación taciturna, limitándose a dar fe notarial a las iniciativas gubernamentales.

Los hechos a partir de entonces son bien conocidos, aunque los resultados paradójicamente pasan inadvertidos. Un desastre del que siguen sin responder. De 30 senadores y 50 representantes que tenía la colectividad y sus movimientos afines al término del gobierno Pastrana pasó a contabilizar solo 22 senadores y 36 representantes en el 2010, el punto más bajo en toda su historia.

Y aunque la crisis del partido tiene origen más remoto, a comienzos de la década pasada gozaba de una base regional suficiente para retomar el rumbo.

Tenía casi 4.000 concejales en todo el país entre propios y afines, pero hoy apenas cuenta con 1.989; es decir, el 17,5 por ciento del total, la mayoría electos con menos de 200 votos y en municipios de menos de 5.000 habitantes.

De ser el partido que promovió la elección popular de alcaldes y que tenía el 40 por ciento de los mandatarios locales a finales de los ochenta, y el 28 por ciento en el 2000, hoy apenas cuenta con 194. De nuevo, un exiguo 17,5 por ciento.

A pesar del esfuerzo por presentar candidato propio del presidente del conservatismo, el exsenador Omar Yepes, una de esas rarezas de hombre de partido que todavía subsisten en Colombia, los síntomas que sufre la colectividad son los de un enfermo terminal, con dirigentes que han caído en el absurdo, como dijera el expresidente Misael Pastrana, “de disputarse peldaños en una escalera en descenso”.

Ya ni siquiera exjefes de Estado le quedan, pues el expresidente Pastrana confunde la política con una profusa actividad epistolar.

Mientras tanto, miles y miles de militantes y corajudos concejales, líderes de barrio, pueblos y veredas, que aún aguardan el renacer del conservatismo, son desengañados por pusilánimes dirigentes que no tienen bríos ni para comandar las más ligeras batallas.

Tan desdibujado está el partido que cualquier observador externo se sorprendería de que no fustigue el despilfarro, que no abogue por la eficiencia del Estado, por la reducción de impuestos o por la calidad del gasto público, como hace el Partido Republicano en Estados Unidos, y esté más bien dedicado a la mermelada y los subsidios, como cualquier partido socialista.

No se requiere, entonces, de mucho entendimiento para anticipar que un partido que no tiene quién lo represente, fatigado, sin capacidad creativa, desaparecido de las grandes ciudades, no podrá hacer otra cosa que apoyar la reelección del presidente Santos. No obstante, el verdadero problema estará en la previsible nueva pérdida de representación parlamentaria. Y he ahí una pifia más de los seudoestrategas. Desdeñan la opinión, hacen mutis por el foro y se dedican a la mermelada, pero no caen en cuenta de que el pastel se achica cada vez más, y por eso de 22 senadores con probabilidad elegirán menos de 20.

El acabose en ese punto puede ser irreversible, a menos que jóvenes parlamentarios como Carlos Ramiro Chavarro, Juan Mario Laserna, David Barguil o Arturo Yepes emprendan la reforma después del 9 de marzo para evitar que termine enterrado como el Copei, en Venezuela.

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John Mario González

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