Flojos toros, bellos caballos / Columna de Antonio Caballero

Flojos toros, bellos caballos / Columna de Antonio Caballero

"El de Puente Piedra este domingo no era un ruedo, sino un crimen. Ahí no se podía torear".

20 de enero 2014 , 10:15 p.m.

…Y un ruedo criminal. En el arenal espeso de la placita de Puente Piedra, a un paso de Bogotá –es decir, con los trancones, a hora y media–, se deslizaban las pezuñas de los toros, se hundían los cascos de los caballos, se resbalaban las zapatillas de los toreros. Por eso fue corneado feamente, recogido de la arena por el pitón del toro como con una cuchara, el banderillero Ignacio Páez, a quien se llevaron corriendo a la enfermería con un puntazo en la nuca. Por eso se cayó aparatosamente el Gordo Franco, abriendo en la arena un ancho surco como de toro en el arrastre, y en sucesivos intentos todos los banderilleros pasaron sin clavar, desconfiados de sus propios pies. Por eso se cayeron los caballos de picar al empujón del toro. Por eso se descalzó para torear el experimentado Paco Perlaza. Por eso perdió pie Juan Solanilla en la cara de su primer toro, que le desgarró la taleguilla y lo obligó a seguir en la plaza con unos pantalones blancos de arenero. Y, ah, sí: los areneros. Muy rápidos y eficaces con sus escobas y cepillos en los arreglos cosméticos del redondel, desbaratado tras la lidia de cada toro; pero era como ordenar con un pincel de pestañas los arenales del Sahara. El de Puente Piedra este domingo no era un ruedo, sino un crimen. Ahí no se podía torear.

Y no se pudo. Nadie lo hizo. El experimentado Paco Perlaza se aburrió pronto con sus dos distraídos toros sin nervio, el porfiado Juan Solanilla lo intentó una y otra vez hasta el punto de regalar un sombrero de ‘Marruecos’, mirón en la muleta y con peligro por el lado derecho, al que sometió con machetazos de pitón a pitón. Los dos mataron mal.

También es que con esos toros mansos de La Carolina inmóviles como peñascos, también es que, digo, con esos toros no se podía torear: descastados, sin nervio, parados al tercer pase tomado de uno en uno. Pero tal vez hubieran tenido mayor movilidad y alegría si no se hubieran hundido hasta los corvejones en el blando piso sin apisonar, apenas barrido y peinado por los ya mencionados areneros y rastrillado por un bello tiro de caballitos píos, negros pintados de blanco y enjaezados de negro. Si los toreros de a pie no pudieron torear –Perlaza desbordante de precauciones, Solanilla más atrevido pero inseguro sobre sus dos pies– no fue por el peligro de los toros, que no había, sino por el del ruedo.

Sí quiso torear –pero a caballo– Pablo Hermoso de Mendoza, el prodigioso rejoneador navarro. Iba de sombrero calañés, y con una casaca morada y oro de joven arzobispo. Y montaba, como él sabe montarlos, sus prodigiosos caballos de torear. Le vimos cinco: un tordo rodado de salida para bellas galopadas en redondo, un castaño oscuro de galope lateral, un tordo majestuoso de curvado cuello de cisne, uno blanco para las banderillas cortas y el rejón de muerte, un alazán con borlas en las crines que le hacía en vano coqueteos tentadores a un toro gordo, badanudo e inmóvil. Su primer toro, por culpa del imposible ruedo, se estrelló contra los tablones de un burladero y se partió un cuerno por la cepa. Con los otros dos desplegó la música de su repertorio: las dobles piruetas, los volantines, los juegos de manos, los pasos de gala y de solemnidad. Y se caía de aplausos la placita cubierta, que bajo el sol sabanero que se colaba a chorros por entre las rendijas, descubierta hubiera sido mucho mejor.

ANTONIO CABALLERO
Especial para EL TIEMPO

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