Semblanza de Gonzalo Arango, profeta del Nadaísmo

Semblanza de Gonzalo Arango, profeta del Nadaísmo

El poeta Harold Alvarado, en el aniversario número 83 del nacimiento de Arango, traza su perfil.

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20 de enero 2014 , 07:57 p.m.

El nadaísmo fue obra de un solo artífice: Gonzalo Arango Arias, cuando le dio por recorrer el país como gonzaloarango, el nuevo profeta de una supuesta nueva era. Su vida, como sucede a menudo entre nosotros, es su obra.

Hijo de una pareja de campesinos antioqueños, –“blancos pero honrados, honrados pero pobres”– conservadores y católicos, que tuvieron quince hijos (entre ellos una monja, un comerciante, otro político, un contabilista, dos modistas), de los cuales Gonzalo fue el décimo tercero, desde niño sintió el llamado de la gloria y la buscó primero en la política y luego la encontró en el periodismo y la publicidad a través de los escándalos, sacrilegios, quemas de libros y profanaciones que planeó con cabeza fría y a los cuales indujo a sus apóstoles, casi todos hijos de artesanos y desclasados que lo acompañaron y luego abandonaría al descubrir su verdadera vocación: la mística.

Gonzalo Arango Arias nació en Andes, un pueblo de las montañas antioqueñas, en 1930. Su padre era el telegrafista del pueblo y su madre, una matrona dedicada a la crianza de sus hijos y el embellecimiento de las calles y los parques. Hizo sus primeros estudios en el Liceo Juan de Dios Uribe, al lado de Jaime Jaramillo Escobar, conocido durante el furor nadaísta como X-504 y quien es hoy el más grande de los poetas vivos colombianos.

“Era entonces –dice Jaime Jaramillo Escobar– un chico de aspecto delicado, lo más inofensivo del mundo, siempre con un libro bajo el brazo. No servía para jugar al fútbol.

“Le gustaba mucho quedarse haraganeando en el río, disputándoles las guayabas a los pájaros, leyendo a Platón. En ese tiempo la filosofía estaba de moda entre los estudiantes del Liceo Juan de Dios Uribe, en Andes, y además de la filosofía, también estaba de moda entre nosotros la oratoria, y los más aficionados se iban a gritar improvisados discursos al río...

“Gonzalo procuraba siempre apartarse a leer, y construyó un refugio en el solar de su casa, con ayuda de Bernardo Salazar, un compañero de Betulia, interno como yo. Los sábados y los domingos iban a trabajar.

“Como yo tenía un periódico, convencí a Gonzalo de que escribiera un artículo, y lo escribió sobre el Quijote, en el cuarto centenario de Cervantes. Ese es el primer artículo que Gonzalo escribe. También organizamos un centro literario, el Centro Indio Uribe, que era más o menos como los talleres de hoy”.

Pero el mozo delicado y tierno padece ya el tormento de la carne. Una de sus páginas memorables, una carta a Jotamario, incluida en Correspondencia violada, (1980), recuerda a una profesional del sexo, Rita Machuca, retratada con un realismo digno de un cóctel de Henry Miller con Quevedo y con un trazo y pulso de dibujante de toreros que enriquece nuestra lengua y nos indica desde entonces ese cruce de caminos de su prosa, entre la chabacanería más ramplona y el más estremecedor de los delirios de la mística antioqueña:

“Vivía Rita Machuca en El Cedrón donde tenía un rancho de paja e iban los andinos a hacer sus primeras armas para la guerra y ella bajaba los domingos a surtir y de paso se pegaba unas perras del carajo que paraban con la pobre de culos en la cárcel (...). Me acuerdo mucho de la Rita porque todos los chicos del pueblo le hacíamos procesión (...). La Machuca fue el pecado capital de mi infancia y juventud (...). Olvidaba decirte que la Rita, cuando bajaba al pueblo, no usaba calzones para hacerle propaganda a su trasero, la muy puta, que lo tenía muy bello, o al menos a mí me parecía el infierno. Como sabes, mi mamá le había dedicado mi castidad a la Santísima Virgen, pero ella se las arreglaba bien con el telegrafista de Andes, o sea con don Paco, mi padre, que le hizo trece de tacada, uno por cuaresma, sin contar los días festivos y las vacaciones de diciembre”.

Una prosa sublimada de las lecturas que había frecuentado en Andes, un poco de Freud, mucho de Vargas Vila, un tridestilado de D’Annunzio, Alexis Carrel y quizás de Nietzsche y sin duda una botella completa de a litro de Fernando González.

Parece que por ciertas persecuciones políticas encubiertas y por la violencia desatada en esos años, la familia del futuro iluminado decidió trasladarse a Medellín donde Gonzalo Arango conoce a Fernando Botero y terminará el bachillerato en el Liceo de la Universidad de Antioquia. De inmediato ingresa a la facultad de Derecho, pero Arango decide dedicarse a la redacción de una novela en una chacra de propiedad de su padre. Sufría ya de una angustia crónica y, según afirma su amigo de entonces, Alberto Aguirre, “se volvió un promotor de su propia imagen y empezó a decir mentiras” dejándose atrapar por esa “hoja del infierno de la publicidad”. Lee entonces en Verlaine, Kafka, Mallarmé y se ve encarnado en Aliocha, el personaje de Crimen y castigo, seudónimo que usará luego durante años en sus crónicas.

Por un tiempo Gonzalo Arango trabajará en la agencia de noticias France Press, pero sus actividades más notorias las realiza como empleado y promotor de Gustavo Rojas Pinilla a través del Diario Oficial, uno de los cotidianos de la tiranía y como activista del Movimiento Amplio Nacional (MAN) ocupando incluso el nada despreciable cargo de suplente en la Asamblea Nacional Constituyente de 1954 y miembro del Sindicato de Escritores y Artistas, en su gran mayoría compuesto por derechistas y facistoides, que celebraba al general Rojas. El 10 de mayo de 1957, al caer la dictadura, y mientras estaba a la espera de su nombramiento como cónsul de la patria en Ámsterdam, una horda de energúmenos trata de lincharlo en el edificio Antioquia, donde pulcramente vestido de paño inglés y corbata francesa, tiene que esconderse en un baño público del último piso. Durante unas semanas se esconde en casa de su amigo el poeta Alberto Escobar Ángel, pero luego tiene que huir al departamento del Chocó, se oculta en sucesivas fincas de sus amigos y decide ir a Cali, donde recibe la irradiación final (luego de noches durmiendo en parques, oficinas de abogados adictos a la bohemia, hoteles de mala vida) y la amistad y los testimonios de Elmo Valencia, el ‘Monje Loco’, sobre la existencia en San Francisco y New York de los poetas beatnik y los angry young men británicos. Desde entonces, sus lecturas insomnes recibirán los ecos y alaridos de Allen Ginsberg, Gregory Corso y Jack Kerouac, tres de los ídolos, junto a la Brigitte Bardot de sus 25 años.

Pero si fue en Cali donde decidió fundar un movimiento que no dejara una fe intacta ni un ídolo en su sitio; fue en Medellín que pasó a la acción tomándose las calles, los cafés y los parques y en la llamada plazuela de San Francisco “de la ciudad mas pacata de Colombia, eterna primavera de la hipocresía, la asustadiza y cruel y vengativa y corrompida y rezandera, Roma de las rifas y las trampas, regida por los enredijos de rata del tanto por ciento y el cuánto me debes” quema su escasa biblioteca, su copia de María, de La vorágine, de Carrasquilla, un Quijote, lanza asafétidas a los intelectuales católicos y a las iglesias, comulga sin confesarse, arroja las hostias al suelo, etc., etc.

Gonzalo Arango Arias se transformó luego en un ser apacible y beatífico. Primero fue su encuentro con la monja Rosa Girasol con quien vivió en El Monasterio. Rosa Girasol se llamaba Rosie Smith, era una gringa de New York, mayor que el elegido, que tenía cuatro hijos y había sido actriz, ceramista, maestra de inglés y amiga y admiradora de Fernando González.

Pero su encontronazo definitivo con la divinidad tuvo ocasión en la islita de Providencia donde vio la luz en el rostro de Angelita, una inglesa que le hizo abandonar el nadaísmo y el periodismo. Se disponía a viajar con ella a Londres cuando descubrió la muerte en Tocancipá. Había subastado sus pocas pertenencias y a José Mario Arbeláez regalado su Olivetti Studio 44 de letras cuadradas, con la que había escrito la mayor parte de su obra.

Una obra que ha envejecido prodigiosamente, demostrando cómo era de pobre su prosodia y su sintaxis y su vocabulario. Casi todo suena a discurso de culebrero y en materia de ideas todo raya en la más absoluta ausencia. Quedan algunos reportajes y algunas cartas como piezas de arqueología. La música de la prosa y la poesía de Gonzalo Arango Arias hay que buscarla en otras partes. Y es que Arango Arias “creía en el valor de un escritor cuando su obra lo pone en conflicto con la Policía”, como había declarado durante su periodo nadaísta.

HAROLD ALVARADO TENORIO
Especial para EL TIEMPO

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