¿Dónde reside el yo?

¿Dónde reside el yo?

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14 de enero 2014 , 04:17 p.m.

La noción de identidad, según el psicólogo Daniel Kanheman, se manifiesta en nosotros desde dos perspectivas diferentes: un ‘yo vivencial’, que opera de instante en instante, y un ‘yo recordador’, que puede narrar los momentos (no todos) que su contraparte ha experimentado así como planear (no siempre) los que vienen en camino. Si, como bien lo saben los neurólogos, todo ocurre en el cerebro, ¿dónde residen allí estas manifestaciones de la individualidad?

La corteza prefrontal, la región delantera de la parte frontal de nuestro cerebro, es responsable de la planeación de nuestras actividades, el registro de lo que conocemos y el control de nuestro comportamiento social. La corteza sensorial, la parte posterior del cerebro, procesa las señales visuales, auditivas, olfativas y de contacto.

El yo que recuerda y coordina está ubicado en la corteza prefrontal; el yo que atraviesa por el día a día, en cambio, no parece encontrarse en ninguna parte. “Por extraño que parezca”, sostiene el doctor Kanheman, “yo soy mi yo recordador; el yo vivencial, el que hace mi vida, es como un extraño para mí”. Y más extraño aún: El yo recordador puede desvanecerse –disolverse– sin necesidad de dormirnos, anestesiarnos o consumir drogas. Y, aparentemente, cuando el yo recordador está apagado, disfrutamos más de las cosas buenas.

¿Cómo han llegado los investigadores a tal conclusión? Un grupo de científicos del Instituto Weizmann de Ciencia en Israel puso a los participantes de un estudio a ver una película, de esas ‘agarradoras de la atención’, con el fin de observar la actividad cerebral en imágenes logradas por resonancia magnética. Durante la proyección, las evaluaciones mostraron que en los cerebros de los voluntarios, mientras la corteza sensorial mostraba muchísima acción, la corteza prefrontal, donde reside el yo recordador, estaba casi apagada.

Bien sabíamos que el yo recordador se desentiende por completo de las sensaciones corrientes (el contacto de la ropa o de la silla donde estamos sentados) pero ¿ignorar una buena película? La poca actividad allí registrada, supongo, es la que nos permite recordar la cinta pero, si no se la contamos a alguien pronto, es posible que la olvidemos por completo.

El papel del yo recordador en la corteza prefrontal no es pues percibir todas las sensaciones que le llegan, sino filtrar lo insignificante (la mayoría) y seleccionar lo que nuestro organismo como un todo necesita para tomar alguna decisión, productiva o correctiva, cuando sea del caso. Por ejemplo, en situaciones difíciles o dolorosas (muy diferentes a las películas entretenidas), el yo recordador entra en alta actividad para resolver problemas.

Veinticinco siglos atrás Buda intuye que, si reducimos (y eventualmente disolvemos) el yo recordador, el que se silencia en las películas, disminuimos el sufrimiento y abrimos la puerta a la armonía interior. Buda, por supuesto, no habla nunca de yo recordador e ignora por completo la existencia de una corteza prefrontal; es más, los antiguos, incluido Aristóteles, consideraban que el asiento de la mente se encontraba en el corazón, no en la cabeza. Pero para Buda sí es claro que el sentido de identidad es un agregado de partes (cuerpo, sensaciones, percepciones, condicionamientos y conocimientos) que nos crea la ilusión de una individualidad autónoma. La ciencia moderna, aunque por caminos diferentes, también sabe que no hay entidades etéreas detrás del organismo humano.

La palabra sánscrita ‘nirvana’ literalmente significa ‘apagado’ (como el fuego de una vela cuando se sopla). ‘Nirvana’ se refiere a la imperturbable ecuanimidad que la mente alcanza una vez se ‘apagan’ los deseos desordenados, las aversiones y los prejuicios; esto es, cuando se extingue la hoguera del yo que hemos codificado en nuestra corteza prefrontal. “Quien triunfa sobre sí mismo es más victorioso que quien en el campo de batalla vence a mil soldados mil veces”, dice el sabio de la India.

Gustavo Estrada

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