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Editorial: Sensatez y cordura

Editorial: Sensatez y cordura

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
13 de enero 2014 , 08:31 p. m.

En una decisión que confirmó la gran mayoría de los pronósticos, incluidos los de la Administración Distrital, la Procuraduría General de la Nación, en cabeza de Alejandro Ordóñez, dejó en firme la remoción de su cargo del Alcalde de Bogotá por el cambio en el modelo de recolección de basuras, así como la inhabilidad para ejercer cargos públicos por quince años. De no ocurrir nada extraordinario, en los próximos días el Presidente firmará el decreto que confirma la primera destitución de un mandatario capitalino.

El hecho, como es natural, ha generado intensa controversia. Desde las filas del burgomaestre se ha dicho que Ordóñez obró con severidad inusual, motivado por convicciones políticas y religiosas. Desde otras orillas se han recordado, y es pertinente hacerlo, errores cometidos por antecesores de Petro de similar talante y también con impacto en las finanzas, que no llamaron la atención del ente disciplinario en su momento.

Es importante señalar también que, más allá de las consideraciones sobre sus motivaciones y severidad, Ordóñez obró dentro de las reglas legales de juego. Encontró tres faltas gravísimas con sanciones que establece el código disciplinario. Estas mismas reglas –hoy objeto de duros y bien argumentados cuestionamientos– son las que le dan la potestad de destituir a quienes han sido elegidos por voluntad popular.

Toda esta discusión se ha producido en un ambiente marcado por una indeseable polarización. Tal estado de cosas facilita el que se cruce la barrera que separa el ejercicio de un cargo, cuyo único horizonte debe ser el del servicio a la comunidad, de la esfera personal. Así, se olvida que se está ejerciendo la representación de todos los ciudadanos, que esperan un ejercicio ponderado del poder, en el que el bien común sea el único norte.

Estas consideraciones se hacen para decir que en coyunturas como esta es cuando los líderes deben mostrar su talante democrático. Este no ha sido, desafortunadamente, el denominador común de algunos de los mensajes que han sonado desde el balcón del palacio Liévano. Esos que hacen peligroso equilibrio sobre el fino límite que separa la protesta legítima y pacífica de la insurrección. Los mismos que dejan demasiado espacio a la libre interpretación de exaltados seguidores. Responsabilidad, sensatez y cordura se esperan de Gustavo Petro, tanto como total apego a las instituciones. No puede caer en la tentación de tomar caminos que, aunque le aporten réditos personales, bien podrían afectar pilares de esta democracia.

No se puede olvidar que, entre las muchas virtudes de este sistema, está la de que siempre existirá la posibilidad de cambiar las reglas de juego. Que las normas y las instituciones estén mal diseñadas –como puede ser el caso– no justifica desconocerlas. Se puede protestar pacíficamente, pero con la claridad de que estas movilizaciones deben cristalizarse en un esfuerzo que termine en un cambio de aquello que ha demostrado ser inapropiado e, incluso, injusto. Al mismo tiempo, y ya más claro el panorama político de la ciudad, hay que exigirles a los partidos estar a la altura del enorme desafío que significa sacar a la capital del atolladero. Tienen una responsabilidad enorme y no pueden ser inferiores a ella. La escogencia de los candidatos no debe hacerse en función de cálculos electoreros o burocráticos, sino con la premisa de que Bogotá está en un punto crítico y de que, hoy más que nunca, necesita un liderazgo que aglutine y que, con una óptima gestión, supere esta época de polarización.

EDITORIAL

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