Caicedo dejó atrás su pasado de dolor y muerte

Caicedo dejó atrás su pasado de dolor y muerte

A finales de los noventa, Caicedo fue uno de los pueblos de Antioquia más azotados por las Farc.

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11 de enero 2014 , 05:43 p.m.

Escondido en medio de altas montañas y frondosos bosques está Caicedo, un pueblo donde la no violencia ahora es ley después de años y años de muerte y horror. La prueba de que esta región ha dejado atrás su pasado violento es que en el 2013 no se registró ningún homicidio, según datos de Medicina Legal.

El último asesinato ocurrió el 30 de diciembre del 2012 en la vereda La Soledad. Mariano Quiceno, un campesino de 88 años, murió a tiros cuando se opuso a un supuesto robo. El suyo fue el último funeral por una muerte violenta que se vio en este municipio de unos 7.000 habitante en el occidente antioqueño, donde en los últimos 10 años no ha habido más de una decena de homicidios.

Para llegar desde Medellín a esta especie de paraíso, donde reina la paz, hay que recorrer una distancia de tres horas por carretera y a través de una trocha de 38 kilómetros en la que solo cabe un vehículo en cualquiera de sus sentidos.

A finales de los noventa, Caicedo fue uno de los pueblos de Antioquia más azotados por las Farc. Sus habitantes recuerdan el secuestro, el 21 de abril del 2002, del exgobernador de Antioquia Guillermo Gaviria Correa y del exasesor de paz de la región, Gilberto Echeverri, quienes murieron en cautiverio un año después por las balas de las Farc. Con ese episodio, la guerrilla quería, aún más, imponerse por la fuerza en el pueblo. Pero no lo consiguió. Con marchas, protestas y actividades simbólicas, los residentes en Caicedo empezaron a rechazar los actos violentos de los cuales eran víctimas. Se mantuvieron firmes en su lucha.

Jesús María Gómez Pardo estuvo en varias de aquellas manifestaciones. Las recuerda muy bien. Su acento paisa fue forjado en las montañas del municipio y, aunque nunca ha salido de allí, conoce como nadie de guerra y de resistencia. “Ser un pueblo no violento es que haiga (sic) paz, tranquilidad. Que uno pueda salir sin miedo. Eso es ser no violento”, explica este hombre de manos gruesas, callosas, resultado de su trabajo de la tierra.

Gómez Pardo recuerda que cuando las Farc estaban allí no podía sacar su café para venderlo: “Nos cobraban ‘vacunas’ o nos robaban el cafecito. Las cooperativas cerraron. Un padre se inventó las marchas del café. Nos íbamos caminando hasta Santa Fe de Antioquia. Y cuando los guerrilleros salían, los enfrentábamos”.

El actual alcalde de Caicedo, John Gerardo Caro, no puede olvidar la primera vez (ha sido elegido en tres ocasiones) que llegó a ocupar el primer cargo del municipio. Aquella vez ganó las elecciones después de la última toma guerrillera del 15 de octubre de 1997, cuando los subversivos incluso destruyeron a tiros y bombas la iglesia, proclamándose amos y señores del pueblo.

“En 1998 yo recibí la alcaldía sin un solo policía o soldado. Me tocaba esconder los oficios que le mandaba al Ejército en casas de familiares. Nunca dormía en la misma parte. Fueron dos años así. Luego retornó la Fuerza Pública”, relata.

Caro trajo soldados campesinos e inició la labor de transformar el miedo de sus paisanos en valor: “Las obras físicas son importantes, pero por encima de todo está el valor de la vida. Esa ha sido mi bandera”.

Con la entereza del pueblo y la decisión de las autoridades lograron sacar, entre el 2003 y el 2004, a la guerrilla de los cultivos de café, de las lomas y de los alrededores del municipio.

Eso lo reconoce Amanda de Jesús Moreno, una comerciante que sufrió, como cientos de sus vecinos, el desplazamiento. “Nos llenó de valor. Cuando nos unimos a salir a la calle a manifestarnos, lo hacíamos sin temor. Gracias a eso hoy el pueblito está como está”, dice.

Y es que en las angostas calles de Caicedo, donde sobresalen coloridas casas coloniales, se respira ambiente de paz. “Antes uno no se podía ni asomar a la ventana. Manteníamos escondidos. Hoy nos podemos quedar a cualquier hora en la calle, andar por el monte e incluso sentarnos al lado de la estación de Policía, eso antes no se podía”, concluye Amanda con una sonrisa.

Yeison Gualdrón
Enviado especial de EL TIEMPO

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