Carretas sobre Bogotá

Carretas sobre Bogotá

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10 de enero 2014 , 07:17 p.m.

No es fácil decidirse a quererla o irremediablemente a odiarla; permanecer o buscar otro destino. Es que es una ciudad contradictoria, de clima caprichoso, con doce horas de luz diaria (como pocas) y muchos campos de oscurantismo.

Es posible que en los años veinte (de este siglo) en su entraña subterránea transite un metro que lleve dignamente a millones de personas al trabajo, ya no importa tanto que eso suceda con cincuentenario retraso, si un día deja de ser ficción o simple discurso de campaña electoral.

Por fin sobre Bogotá, una de las treinta ciudades más grandes del mundo, no se oyen ya las carretas de mercaderías de basura, testimonio lacerante de humanos y animales. Hay espacio encantado para el poderoso Festival de Teatro, Rock al Parque y la Feria del Libro; para regocijarse con la noche y todas sus rumbas, los conciertos multitudinarios, la parte sobreviviente de las montañas, los “árboles ciudadanos” o el matadero de animales que, simbolizando civilidad, se volvió biblioteca pública.

Del lado irritante, en forma de pecado ¡¡Capital!!, se ven crecer el arribismo, con su violencia cargada de precios inflados, de estereotipos de burguesía feudal y narcotráfico; la dictadura amenazante de los taxistas; la corrupción de curadores urbanos o el desprecio por el espacio público; catorce horas diarias de trancón; las declaraciones sin vergüenza y sin sanción de los hampones que se la robaron en el ‘carrusel’ contractual. Cuesta creer en grandes proyectos con el antecedente de sobrecostos e incapacidad gerencial capitalina en los inicios de los embalses del Guavio y Chingaza.

Cada habitante de esta ciudad deshojará su propia flor mientras piensa qué le gusta y qué no, pero todos aspirarán a que sea más amable, mejor dotada y productiva. Entre tanto, parados en las cuerdas de la luz, las alas recogidas, la cabeza gacha y la gula urgente, acechan tantos políticos de siempre, en espera de que otra vez se desbarranque. No importa cuánto cueste, quieren comer alcalde, presupuesto y votos. Poco se les oye el interés por la ciudad y mucho vociferan de aspiraciones personales.

De niño oía decir en la fraseología coloquial que Bogotá fue la Atenas suramericana. ¡Qué va, carreta! Importa que un día, posible si la politiquería no mete garras, Atenas y otras ciudades llenas de líos quieran parecerse a Bogotá.

Gonzalo Castellanos V.

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