Tras el rastro de las tortugas de mar en Colombia

Tras el rastro de las tortugas de mar en Colombia

El programa realiza el seguimiento de tortugas marinas, para conocerlas y protegerlas.

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10 de enero 2014 , 06:20 p.m.

Caguama nació en algún lugar del Pacífico, aproximadamente hace treinta años. Pero quienes la vieron por primera vez, en la playa La Cuevita, muy cerca del caserío El Valle, en Bahía Solano (Chocó), pensaron que Colombia siempre había sido su único hogar. Ella brotó de un huevo que su madre enterró en la arena y que se desarrolló durante un par de meses a la orilla del mar. Muy pequeña, llegó al océano, esquivó barcos y las redes y arpones de cazadores ilegales que iban detrás de su carne, supuestamente afrodisiaca.

Nadó, se hizo adulta y asombró a muchos en todas partes. Durante muchas temporadas vivió las 24 horas del día solo para calmar su apetito con medusas, su alimento preferido. Hasta que ocurrió lo inevitable: por cosas del azar, y en momentos en que acababa de enterrar huevos en la arena para dejar descendencia, unos niños de El Valle que caminaban por la orilla se le acercaron y la capturaron a sangre fría. Un gesto que habría de cambiarle la vida para siempre.

Biólogos expertos le instalaron en el caparazón un transmisor satelital que la sacó del anonimato. Así, y sin saberlo, pasó de ser cualquier tortuga a convertirse en Caguama, una especie de mesías para su especie. Porque durante los últimos días ha estado enviando señales de sus recorridos y de su comportamiento. Datos que han servido para que un grupo de científicos hayan podido confirmar que su ‘pasaporte’ no era solo colombiano, como se sospechaba inicialmente.

Caguama se mueve por todo el Pacífico con tranquilidad y sin restricciones fronterizas. Desde noviembre, cuando aquel aparato le fue adherido a su cuerpo de 63 cm de largo y 70 cm de ancho, ha viajado por las costas colombianas y ha pasado largas temporadas en Panamá y Costa Rica. Las señales que emite el transmisor que lleva pegado al caparazón la ubican en este momento, cuando el 2014 apenas despunta, en Nicaragua.

Este espionaje del comportamiento de Caguama comenzó en marzo del 2013, bajo el proyecto ‘Seguimiento satelital de tortugas marinas’, liderado por el programa de Especies para Latinoamérica y el Caribe del Fondo Mundial de la Naturaleza (WWF), y en el que también han participado expertos de la Fundación Natura e incluso los voluntarios de la comunidad de El Valle, quienes entre julio y noviembre de cada año (temporada reproductiva de los reptiles) recorren la playa del caserío para reubicar en tortugarios o viveros artificiales los huevos que las tortugas dejan en el lugar.

Con esto, ellos se aseguran de que no serán robados –por depredadores o por humanos que suelen comerlos o venderlos– y de que las crías podrán llegar sin peligro al mar, con el único fin de repoblarlo.

Caguama, que es conocida científicamente como Lepidochelys olivacea y que otros también han bautizado como golfina o lora, la más pequeña entre sus congéneres, no es la única a la que se le sigue el rastro.

También se han instalado transmisores satelitales en tortugas de los parques nacionales Galápagos (Ecuador), Las Perlas (Panamá) y en la isla de Gorgona. Igualmente, en ejemplares de la especie carey (Eretmochelys imbricata), de las cuales hay muy poca información en el Pacífico oriental. Próximamente, la idea es instalar otros tres dispositivos en Costa Rica, Guatemala, Belice y México. Cada transmisor puede costar tres millones de pesos. Y el alquiler del satélite Argos, que permite su seguimiento, puede ascender a 200.000 pesos al mes por animal.

Al comprobar que Caguama se ha movido como Pedro por su casa por el Pacífico, que va de país en país sin pedir visa o permiso, saber la velocidad de sus desplazamientos o la profundidad a la que acostumbra nadar confirma que su supervivencia y la del resto de especies de tortugas marinas no pueden depender de los esfuerzos aislados de cada Estado. Es necesaria la conformación de un corredor marino que funcione eficazmente y que sea monitoreado por las naciones que las resguardan. Las tortugas marinas son vitales para la vida del océano, porque ayudan a proteger los arrecifes de coral, que, a su vez, sostienen la pesca. Una tesis que no tiene discusión para la academia.

Sin embargo, los reptiles siguen guardando muchos secretos, entre ellos, hasta dónde llegan sus recorridos mar adentro. ¿Para qué se van de viaje? ¿Cuáles son sus rutas preferidas? ¿Qué sitios frecuentan y durante cuánto tiempo? ¿Cómo logran ir de un lugar a otro sin perderse? ¿Cómo logran regresar a desovar a sitios muy cercanos a donde nacieron? ¿Qué hace una mamá tortuga que acaba de poner sus huevos?

Resolver, así sea parcialmente, esos interrogantes es otro de los objetivos de este programa, tal vez uno de los más ambiciosos que se han hecho en el continente, que sigue las bases de uno que desarrolló el Centro de Investigación para el Manejo Ambiental y el Desarrollo (Cimad), con sede en Cali, pero que ahora intenta pasar de los estudios locales a los regionales.

“Buscamos conocer las amenazas que enfrentan y así, dependiendo de los sitios que frecuentan, definir nuevas áreas protegidas para su conservación”, explicó el biólogo Diego Amorocho, coordinador del Programa de Especies para Latinoamérica y el Caribe de WWF y director de esta iniciativa.

“Sabíamos que las tortugas iban de un lugar a otro, que no se situaban en un solo lugar, pero ahora lo estamos viendo en tiempo real, lo que nos permitirá dirigir mejor los esfuerzos para protegerlas”, agregó Amorocho. Tal seguimiento es posible, aun para cualquier persona con acceso a internet y en la página www.seaturtle.org.

Todas las tortugas marinas sin excepción, incluyendo la Lepidochelys olivacea y a las que se suman la laúd (Dermochelys coriacea), la carey, la tortuga verde (Chelonya mydas), la cabezona (Caretta caretta) y la negra (Chelonya mydas agassizii), están en vías de extinción, según datos de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

Durante décadas han sido duramente perseguidas, principalmente con el objetivo de robar sus huevos. Sin embargo, ese saqueo continuado no ha sido la única maldición para estos animales, que tienen un diseño más antiguo que el de los dinosaurios.

La cacería para comer su carne o hacer sopas, las artes de pesca mal diseñadas o el uso de mallas de arrastre, en las que quedan atrapadas sin remedio, son otros de sus principales enemigos. Sin contar la contaminación del mar.

Muchas tortugas comen bolsas plásticas al confundirlas con animales vivos, y mueren intoxicadas. No obstante, aún hay esperanza para ellas. Amorocho opina que tal vez con este programa de seguimiento satelital, y otros más, exista la oportunidad de unir los esfuerzos necesarios para salvarlas.

JAVIER SILVA HERRERA
REDACCIÓN VIDA DE HOY

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