Vargas, un torero leal

Vargas, un torero leal

Sebastián Vargas, torero a prueba de toda sospecha, curtido y valeroso, hizo lo más notable.

09 de enero 2014 , 08:26 p.m.

La tarde comenzó con sol y terminó con aguacero; comenzó con ovación y terminó en pitos por la falta de raza, de poder, de ofensividad, de alegría, del encierro.

El primero, el mejor plantado, distó 94 kilos del cuarto, castaño, astifino, en el borde mismo de la legalidad. El denominador de la corrida fue la ausencia de real emoción, de la fiereza que avala todo en la fiesta.

Sebastián Vargas, torero a prueba de toda sospecha, curtido y valeroso, hizo lo más notable. Su capote marcó la cima de la corrida. De rodillas en los medios, tres afaroladas, chicuelinas, revolera, un quite luminoso por caleserinas y media. Y para cerrar el segundo tercio, dos pares en uno, por las tablas, Calafia y quiebro al relance. El público estalló con auténtico furor.

Luego, el animalito que, como toda la corrida, no fue picado, pagó sus excesos de los dos primeros tercios y vino a menos aunque bien dosificado por el cucuteño, que lo rodó de un estocada honda. Al grande y flojo primero también le administró con economía lo poco que traía y lo despachó de un estocadón. Torero de tres tercios, torero leal, torero a la antigua, cortó una oreja real.

Sebastián Castella, sobrio, serio, con un aseo quirúrgico pero frío subrayado por la falta de transmisión del segundo, montó una faena destilada en cortas dosis; la res no aguantaba más, la cual fue acompañada de ‘oles’ corteses, apagadones y una teatral interpretación del Toreador, de Bizet. Impecable por diestra y siniestra, el francés ejecutó un gran y fulminante volapié que le mereció la otra oreja de la tarde.

Manzanares, el esperado, el que trajo gente de lejos, conmovió con sus aristocráticas maneras tanto con la capa como con la muleta, pero la sosería de ‘Panelita’ embotaban la cosa. Sin embargo, ole y ole con ole. Un quiquiriquí final brilló con una luz reminiscente, y hasta hubiese habido premio, pero el desatino con los aceros que obligó dos avisos lo hizo imposible. Bajo el aguacero, abrevió con el manso sexto, cuando la gente huía de la plaza. Nada.

JORGE ARTURO DÍAZ
Especial para EL TIEMPO

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