Lo divino y lo humano

Lo divino y lo humano

Manuel Libardo echó en sus dos faenas un manifiesto por el aseo y la pinturería.

08 de enero 2014 , 08:19 p.m.

‘Villancico’, negro, lustroso, pequeño, despuntado, salió y atacó raudo, fijo, codicioso, encelado sin tregua. De no haber sido Pablo su rival, quién sabe qué hubiese pasado. Porque fue tal su imparable codicia que por momentos llegamos a preguntarnos si el navarro podría someterlo. Auténtica confrontación de excelsitudes. Así fueron las primeras escaramuzas. Toro y torero, los cuernos ansiosos, veloces, a milímetro del anca templada, mandona como una muleta, y el galope a dúo circundando el ruedo una y más veces, con son y emoción y la reunión no se rompía. Y la plaza, llena en tres cuartos, que se caía.

Primero con los bellos caballos Churumay, y luego sobre Chenel, Pirata y Viriato levitó. Los rejones y las banderillas parecieron nada más que pretextos para las composiciones estéticas. He visto a Hermoso grandioso muchas veces, en muchas partes, pero jamás como el pasado miércoles. Quizá porque jamás lo vi con un toro que peleara como este, fue tanto y tan largo su derroche que al final mostró fatiga y la gente, fuera de sí, no quiso que muriera. Y el presidente tampoco. Y él volvió solo, maltrecho, pero digno, al toril. No sé cuál fue más afortunado, si Villancico por toparse con Pablo o al contrario. Lo que sí sé es que la obra que construyeron juntos no se olvidará en esta plaza.

El sexto fue más grande, pero manso, y Hermoso, otro Hermoso que descendió de las nubes al suelo, puso el rejón caído, pasó en blanco y falló en banderillas. Y en la muerte no pudo estar peor. Mejor dicho, convenció a quienes no querían creerlo de que también es humano.

Manuel Libardo echó en sus dos faenas un manifiesto por el aseo y la pinturería, luciendo con dos noblotes, poca cosa. Mató mal a uno y dio la estocada de la feria al otro. Fue cogido y le fue negada la puerta grande por este palco regalón.

Iván Fandiño declaró al final: “Es imposible, me voy de América y no me ha salido un toro que me permita dar siquiera una tanda a gusto”. Eso lo dice todo.

Los cuatro vistahermosas, para los de a pie, de una pobreza franciscana, sin trapío, sin pitones, sin bravura, sin fuerza y sin alegría. Los de Ernesto Gutiérrez para rejones, uno pequeño bravo y el otro grande manso.

JORGE ARTURO DÍAZ REYES
Especial para EL TIEMPO

 

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