¡Que vivan los burócratas!

¡Que vivan los burócratas!

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07 de enero 2014 , 04:50 p.m.

No todos los servicios son como la electricidad en Argentina, donde, aunque las empresas son privadas, la fuerte regulación estatal –de los burócratas– ha conseguido que les falte energía a cientos de miles de ciudadanos y empresas, algunas en situación crítica.

Por caso, en España existen una fuerte competencia y facilidad para el cambio de compañía de telecomunicaciones –gracias a la ausencia de “regulaciones” burocráticas–; en particular, el mecanismo de portabilidad permite cambiarse de operadora telefónica conservando el número. Así, en el 2013 se cambió un total estimado de 7 millones de clientes. Como consecuencia, solo en el último año, los precios de la telefonía móvil cayeron 21,96 por ciento y, desde el 2005, bajaron a la mitad.

Año tras año han perdido cuota de mercado las más grandes (Telefónica, Vodafone y Orange), en favor de los nuevos y de los operadores móviles virtuales (OMV), que no tienen red y revenden minutos de tráfico. Así, en el 2005, las tres grandes operadoras acaparaban casi el 100 por ciento del mercado y, desde la irrupción de Yoigo como cuarto operador y de las OMV, el líder, Movistar, ha pasado del 46,6 al 33,6 por ciento que tiene actualmente; Vodafone ha perdido cinco puntos, y Yoigo y los alternativos hoy suman el 18,6 por ciento del mercado.

Todo, gracias a la lucha encarnizada de las empresas por “robarse” clientes, sirviéndoles mejor. Por el contrario, las eléctricas argentinas no viven de los clientes sino del subsidio que les da el Gobierno y, por tanto, para sobrevivir tienen que convencer al burócrata y despreciar al cliente. Es que el mercado se rige por una neta vocación de servicio –no hay otro modo de ganar clientes–, mientras que el Estado utiliza su monopolio de la violencia –su poder de policía– que queda en manos del burócrata jefe para imponerle al público lo que le venga en gana. Se dirá que hay burócratas con vocación de servicio; si fuera así, trabajarían dentro del mercado, no se impondrían policialmente.

Zoé Shepard, tras tres años en una oficina gubernamental francesa, escribió un libro (‘Absolument dé-bor-dée! ou le paradoxe du fonctionnaire’), que es irónico pero realista. Ingresó a la función pública por vocación, luego de ocho años de estudio, y estaba persuadida de que mejoraría el servicio. Hoy, entre otras cosas, asegura: "Cuando ingresé, me sumergí en un mundo... en el cual es posible 'solucionar' un problema sin resolverlo y 'pilotear' un proyecto sin ocuparse... En la función pública hay que llenar el escote, no el currículum... La importancia de los [agentes] no se mide por sus realizaciones... Lo importante es lamerles las botas a los poderosos... Están los que tienen poco para hacer, los inútiles y los acomodados, que son mayoría”.

Un caso patético es el del (des) gobierno venezolano, que ha llevado su poder policial al extremo de que, en su ofensiva "contra la usura", hasta hace unos días ya había encarcelado a 53 comerciantes e iniciado 157 “causas judiciales”. Y como toda violencia destruye, así se entiende cómo países riquísimos en recursos son tan pobres. Según Jesús García-Luengos, del Centro de Investigación sobre Seguridad y Gobernanza Transnacional (Reset), unos 3.500 millones de personas viven en países ricos en recursos naturales, como nueve del África subsahariana, zona en donde, a la vez, están los doce últimos países del Índice de Desarrollo Humano (IDH) del PNUD.

Alejandro A. Tagliavini

Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland (California)

https://twitter.com/alextagliavini (@alextagliavini)

 

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