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Una hora con el genio Stephen Hawking

Una hora con el genio Stephen Hawking

El célebre científico británico, calificado como un Albert Einstein, cumple este miércoles 72 años.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
04 de enero 2014 , 03:49 p. m.

“El profesor Stephen Hawking le dará la bienvenida a su despacho a las 3:30 de la tarde del miércoles 28 de noviembre del 2013. Por favor, confirme su asistencia”. Ese fue el escueto correo electrónico que recibí de parte de Judith Croasdell, secretaria privada del científico más importante del mundo en la actualidad, después de las decenas de solicitudes y correos electrónicos que envié a lo largo de seis meses al despacho del físico, en el Centro para Estudios Matemáticos que él dirige en la Universidad de Cambridge (Inglaterra).

Siempre había tenido la ilusión de conocerlo en algún acto público, lo que nunca ocurrió, y luego de buscar sus datos de contacto tuve la osadía de mandarle un correo a Croasdell solicitándole visitarlo personalmente, así fuera solo un par de minutos, para expresarle mi infinita admiración.

Así que la sorpresa al leer el correo fue enorme. Inmediatamente después de recibirlo, confirmé: “Allá estaré”.

Hawking, quien cumplirá 72 años este miércoles, es calificado por muchos como el Albert Einstein de nuestro tiempo –de hecho, sus compañeros de estudio en el bachillerato lo llamaban así–. Ha dedicado toda su vida al estudio del Universo y su origen, a los hoyos negros y al viaje en el tiempo, y todo lo ha hecho a pesar de que fue diagnosticado muy tempranamente, a los 21 años, con esclerosis lateral amiotrófica –una enfermedad terminal degenerativa que destruye las células nerviosas y luego acaba con el movimiento muscular–. El dictamen fue contundente: no tendría más de dos o tres años de vida.

Han pasado 51 años después de ello, y Hawking se ha convertido en una leyenda mundial, tan popular que le crearon un personaje en la serie de televisión Los Simpson y presidió la ceremonia inaugural de los Juegos Paralímpicos de Londres 2012.

Con una emoción incontenible por verlo en persona, abordé aquel día un tren de Londres a Cambridge. Le llevaba una libra de café colombiano y un libro sobre nuestro país. Entré al moderno edificio del Centro de Ciencias Matemáticas, en Wilberforce Road, una tarde otoñal. Los minutos antes de verlo fueron de extrema ansiedad. Nunca planee qué hablar con él en específico. Lo único que me propuse fue ser auténtico y espontáneo en el diálogo.

El edificio renovado e inaugurado en 2002 contrastaba con la arquitectura medieval de Cambridge. Me dirigí al despacho del profesor Hawking –quien durante tres décadas fue profesor Lucasiano de Matemáticas en esa universidad, un cargo que ocupó Isaac Newton– y pregunté por la señora Croasdell.

En su despacho

Ella salió de una de las oficinas con prisa. Me dijo que era bienvenido y que tendría unos minutos con él. Fue directa al explicarme que debía hablar claro y tener paciencia para mi diálogo con el profesor, pues, como se sabe, Hawking perdió el habla para siempre por una neumonía que se le complicó al extremo, en 1985, hasta tal punto que los médicos sugirieron desconectarlo –afortunadamente Jane Wilde, su esposa en ese entonces y con quien tuvo tres hijos, se opuso–.

A las 3:30 en punto ingresé a su despacho. Hawking vestía una chaqueta marrón y una camisa de cuadros negros y cafés. Sus manos estaban entrecruzadas sobre sus piernas. Se veía minúsculo en su silla de ruedas. Resulta inquietante, cuando se lo tiene delante, esa inmensa contradicción de una mente tan poderosa –quizá una de las más avanzadas del mundo–, atrapada en un cuerpo inservible a nivel motriz.

Una biblioteca lo rodeaba, fotos de su vida y su familia. El suyo no era un estudio adecuado para su condición, aunque cuenta con ayuda profesional las 24 horas del día: allí estaba presente una de las tres enfermeras que lo acompañan, en turnos de ocho horas, cada día. Frente a Hawking se veía el computador por medio del cual se comunica con el mundo.

Al verme, me recibió con un leve movimiento de un párpado y de su labio. Croasdell me dijo que me sentara a su lado, para así poder seguir en la pantalla del computador las frases que construye artesanalmente, carácter por carácter. Esta maravilla la logra con la ayuda de un sofisticado programa que vincula su ojo a la pantalla para que él pueda escoger entre palabras predeterminadas o letra por letra –esta última lo hace más vulnerable de cometer errores–. La primera frase que armó en la pantalla fue: “Bienvenido a la Universidad de Cambridge y a la oficina donde trabajo todos los días”. Segundos después, un sintetizador de habla llamado Equalizer convirtió en sonido la frase con una voz desprovista de emociones. Al oír al aparato, no pude evitar sentirme como en una conversación con un extraterrestre.

“Vivo feliz en Cambridge. Sus calles, parques, el río y la universidad inspiran conocimiento”, agregó.

Me presenté y le ofrecí los dos regalos que llevaba. Al oír que era café colombiano, inmediatamente vi en sus ojos una gran expresión de agrado, pues el profesor es amante del café –también de la champaña–.

Volvió a empezar a teledirigir los caracteres en la pantalla para decirme que había estado en Chile –en referencia a Latinoamérica– y que iría próximamente a las Islas Galápagos (Ecuador). Le ofrecí, entonces, una invitación a Colombia para así sumar a nuestro país a su extensiva vida viajera, que lo ha llevado a todos los continentes y a sumergirse en una expedición por el fondo marino y hasta a flotar en un espacio de gravedad cero.

Eran cinco minutos los que duraba en armar una respuesta. Yo las esperaba en silencio, evitando distraerme con detalles tan fascinantes como el pizarrón que está dispuesto en su despacho, donde se ven las anotaciones que hacen los estudiantes de los doctorados en Física y Matemáticas que le ayudan a avanzar en problemas y teorías en los que está trabajando.

“¿Qué es lo que más ha aprendido de la ciencia?”, le pregunté al hombre que según Kitty Ferguson, autora de la biografía Stephen Hawking, su vida y obra, realiza todos los cálculos y ecuaciones en su cabeza.

A lo que respondió: “En la ciencia, encontrar la formulación correcta de un problema es a menudo la forma correcta para resolverlo”.

Todo es una oportunidad

Su enfermera me daba datos de su cotidianidad mientras yo seguía viendo a Hawking escribir cada frase de manera estoica y pausada. “Mi discapacidad no ha sido una desventaja en mi trabajo científico, por el contrario ha sido favorable”, decía la pantalla. Hawking siempre asume todo como una oportunidad. En 1987, con la enfermedad ya muy avanzada, redactó y publicó con ayuda de un colega su libro y bestseller Una breve historia del tiempo. Después de ese ya ha escrito otros seis obras.

Decía la enfermera que el 99 por ciento de la vida laboral de su paciente está enfocada en el desarrollo científico y que “al estar en una silla de ruedas y sin poder moverse, puede dedicar todo el tiempo a pensar en la ciencia y no a gastarlo en otras responsabilidades y rutinas”.

“¿Cuáles cree que son los mayores problemas de la humanidad?”, le inquirí al profesor. Y él contestó: “La superpoblación y el consumo energético”.

Me pregunté varias veces si acaso en sus silencios –mientras tomaba aire y escribía sus respuestas–, se había perdido de la conversación que teníamos. Su enfermera me dijo que hablara con toda naturalidad y que no me cohibiera ya que la concentración de Hawking era prodigiosa.

Para este momento no daba crédito a esta experiencia de vida. Llevaba casi 40 minutos a su lado. Decidí preguntarle si había visto Nostalgia de la luz, un documental chileno sobre los telescopios de Atacama y el firmamento del país austral, a lo que respondió que no, pero ante lo cual se mostró interesado. Él mismo acaba de ser el protagonista de un documental sobre su vida: Hawking (2013), que relata su increíble viaje personal desde 1942, cuando nace en Oxford, hasta el presente.

Empezamos a hablar de la curiosidad, una virtud que me atrae de los científicos. “De pequeño me gustaban los trenes mecánicos”, me dijo. Y agregó: “Siempre me interesé por la forma cómo funcionan las cosas”.

Di un paso más en el diálogo. Le pregunté si creía que hay vida en algún otro confín del universo. “Deben existir formas superiores de vida y tal vez, otras inferiores. Si encontramos las superiores o nos encuentran, tal vez no podamos sobrevivir a ello”, dijo la voz ‘mecánica’.

Judith Croasdell entró en la oficina para advertirme que pronto terminaría la visita. Le pedí un consejo a Hawking antes de culminar. “Debemos mirar más a las estrellas y menos al suelo”, aseguró a través de la máquina después de haber dicho “estoy satisfecho si he contribuido con algo a entender el Universo”.

Me despedí con un apretón a su brazo derecho. Le agradecí su generosidad y lo felicité por sus aportes a la humanidad. Había estado una hora con él. Nos tomaron una foto de leyenda. Salí de su despacho y miré, feliz, al cielo.

*Consultor para la ONG india Barefoot College.

RODRIGO PARÍS ROJAS*
PARA EL TIEMPO - CAMBRIDGE (INGLATERRA).

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