Cuando los hijos maltratan a los padres

Cuando los hijos maltratan a los padres

La psicóloga Esther Roperti analiza este comportamiento y ofrece pautas para evitar esta situación.

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04 de enero 2014 , 03:21 p.m.

Que un adolescente insulte a sus padres no sorprende mucho; pero que de la agresión verbal pase a la física y que la situación se vuelva tan insostenible que los padres deban denunciarlo y pedir una caución, es tan preocupante como frecuente.

En España las cifras evidencian un problema en ascenso: mientras en 2007 se contabilizaron 2.683 casos denunciados, en 2009 el número se duplicó (5.209) y en 2010 se estabilizó hasta el promedio que se maneja hoy en día, que es de 8.000 denuncias. Colombia no está lejos de esa realidad. Según estadísticas del Instituto de Medicina Legal, el año pasado, de los 15.829 casos de violencia entre familiares, 1.679 correspondieron a víctimas de hijos agresores. En 2011 esa cifra fue de 1.715, es decir que de un año a otro la disminución fue solo de 36 casos.

“Así como en el siglo XX nos preocupaba la vida sexual de los adolescentes, ahora nos preocupa su violencia”, indica la doctora en psicología clínica, Esther Roperti Páez-Bravo, una venezolana que es toda una autoridad sobre el tema en España, y quien ahora enfoca sus investigaciones en América Latina.

En el 2007 poco se hablaba del tema, ¿por qué decidió escribir un libro ese año?

Porque trabajaba en un centro de menores donde los chicos cumplían la última fase de sus penas. Empezaron a haber tantos casos de padres que denunciaban a sus hijos que los pasaron a mi Centro. Nuestra población cambió radicalmente: de chicos que cometían actos vandálicos pasamos a unos que eran denunciados por sus padres por maltrato.

¿Cómo son estos jóvenes?

Son adolescentes de entre 15 y 18 años, aunque parece que eso ha ido bajando y ya con 12 años se habla de chicos maltratadores. En la mayoría de los casos son hombres y la agredida es la madre.

¿Presentan trastornos?

No, los chicos que yo evalué no son psicóticos ni tienen traumatismo cerebral. Esto tiene que ver más con un tipo de personalidad narcisista. Son chicos impulsivos, poco empáticos, que tienen una tolerancia muy baja a la frustración. Es como si les faltara capacidad de adaptarse a las normas. Los adolescentes violentos están muy ansiosos porque no tienen los controles internos para canalizar sus emociones.

¿Nunca conocieron límites?

En efecto, el control de las emociones empieza siendo externo, guiado por los padres, y luego se convierte en interno cuando tú mismo eres capaz de controlarte. Las reglas sociales de convivencia son culturales, y somos los padres los primeros encargados de transmitirlas. Cuando los niños cumplen dos años de edad se dice que están pasando por una pequeña adolescencia. Son muy difíciles porque comienzan a debatirse contra las normas haciendo berrinche y diciendo que ‘no’ a todo. Hay que empezar a poner límites y enseñarle que hay que saber digerir la rabia. Los niños tienen que entender que el miedo, la rabia, la angustia son sentimientos que tenemos todos.

¿Cómo se sienten los padres que denuncian a sus hijos?

Por un lado, miedo. La denuncia es el último paso, porque hay una historia de violencia acumulada. Por otro lado, la sensación de fracaso, de haber fallado en una tarea que se suponía sencilla. La frustración es tremenda y hay que trabajar el tema de la autoridad.

¿Los padres pueden ser amigos de los hijos?

No. Hay estudios centrados en los estilos educativos y en la manera en que se negocian las normas en casa. Y todos coinciden en que el peor de los modelos es el “padre amigo”. Es una relación donde no hay jerarquía. A medida que va creciendo tu hijo, vas aflojando y negociando, pero la última palabra es de los padres.

¿Qué línea de investigación está siguiendo ahora?

Mi orientación clínica es psicoanalítica y ahora estoy profundizando en lo que llamamos “el lugar del padre”. La relación madre-bebé es una simbiosis perfecta y, aunque el padre esté presente, para el psiquismo del niño la única que existe es ella. En determinado momento el padre debe entrar en esa relación como un indicador de que hace parte de la vida del bebé, de que son un triángulo, y la madre tiene dejar que el padre entre. Los dos imponen las normas de comportamiento y orientan al niño. En las familias en las que el padre no existe, la madre hace saber al niño que ambos tienen vidas individuales y que es ella quien impone las normas.

Estudiosa del tema

La doctora Esther Roperti se formó como psicóloga en su natal Venezuela y obtuvo un máster en Orientación Familiar por la Universidad Pontificia de Salamanca (España). Además tiene un doctorado en Psicología Clínica, otorgado por la Universidad de Salamanca y el Hospital Dr. Carlos Arvelo de Caracas. Desde 1998 vive en Madrid y ejerce su profesión tratando a adolescentes y familias con problemas de diferente índole; así como haciendo supervisiones clínicas e informes psicológicos periciales. La experta está trabajando sobre cómo hacer para que los padres aprendan a imponer normas claras.

Zulma Sierra
Para EL TIEMPO

 

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