Las dos caras de la moneda

Las dos caras de la moneda

¿Sorprende todavía que el uno haya votado por el otro?

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25 de diciembre 2013 , 08:21 p.m.

Todo lo que el país necesita para que las inconsistencias manifiestas de nuestra Constitución Política queden al desnudo son dos personajes, que desde sus puestos públicos, ya sea por elección popular o por alquimias parlamentarias, deciden actuar arropados en las banderas de sus respectivas ideologías políticas. Son dos caras de la misma moneda. ¿Sorprende todavía que el uno haya votado por el otro?

El Procurador –con la mano izquierda y un puñado de fieles colaboradores–, buscándoles el lado fino a las leyes para asestar con la derecha la férula de la Inquisición contra sus adversarios. El alcalde –con la derecha–, burlando al Concejo Distrital y a los bogotanos con decisiones arbitrarias al margen de la ley para luego levantar el brazo izquierdo desde el balcón del palacio Liévano (Viva il Duce!) incitando al levantamiento popular en defensa de la Democracia.

¿Cuál democracia? Los colombianos de a pie nos preguntamos dónde está la representación de la voluntad popular cuando lo único evidente aquí es el despliegue táctico de unas agendas políticas muy personales, cuyos contenidos (de derecha o de izquierda) deberían estar relegados en los libros de historia. Agendas que, si llegaran a prosperar, nos devolverían a la Colombia del 9 de abril y que todos queremos nos sean desveladas en sus recónditas motivaciones: Señor Alcalde: ¿a qué le apunta con tanto victimismo? Señor Procurador: ¿por qué tanta cacería de brujas?

Este espectáculo tiene a los más cuerdos en silencio, pensando a qué horas comenzó este desbarajuste institucional. Varios observadores culpan a la Carta Política del 91, al resaltar, por ejemplo, el fortalecimiento descarriado de instituciones como la Procuraduría, o la norma electoral de las alcaldías que le permite a un candidato con el 30 por ciento de los votos instalarse en el poder, por la falta de un mecanismo tan sencillo como el de la doble vuelta. Quienes claman por una reforma constitucional que les ponga remedio a estos desafueros creo que tienen mucha razón.

Confundido debe de estar el nuevo embajador de los Estados Unidos, culpable de haber dicho algo sensato, pero poco diplomático: que un funcionario de derecha que inhabilita por 15 años a uno de izquierda, en un país en guerra, no es un buen augurio para la paz. Lo que nadie le ha explicado al señor embajador es que esta pelea tiene ribetes muy complejos, porque, al igual que el sistema electoral de su país (recordemos que al presidente Bush al final lo eligió la Corte Suprema), la culpa la tienen las palabras mal escritas, aquellas que terminan esculpidas en las constituciones y que defendemos como si las hubiera escrito el mismísimo Creador.

Un ejemplo patente de esta pobreza de la palabra escrita que llamamos Ley es la que (mal) regula los procesos de aprobación de los POT. Entre las decisiones más controvertidas del inhabilitado alcalde Petro, como es sabido, está la de haber expedido por decreto el último Plan de Ordenamiento Territorial. Pues bien, al cabo de cuatro meses de tan polémica decisión, los organismos judiciales encargados de definir si el Alcalde cometió o no cometió un abuso todavía no han fallado. Muy bizantina debe ser esa Letra Escrita para que nadie se atreva a pronunciarse sobre su contenido.

Lo que sucede es que hay “tanta tinta tonta”, como decía un célebre pasquín sobre un muro de la plaza de toros, y que concluía, lúgubre, “tanta gente extinta”. Ya es hora de que se ajusten la Carta Magna del 91 y aquellas instituciones que por mala letra se escapan de toda lógica democrática. Este es el motivo por el cual se convierten en fáciles bastiones de la egopolítica.

Camilo Ayerbe Posada

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