Ucrania, frías noches europeas

Ucrania, frías noches europeas

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20 de diciembre 2013 , 05:16 p.m.

Cae la noche de nuevo en Kiev. Fría, gélida, extrema. Tensión en el ambiente. Cientos y cientos de personas aguantan el frío. Aguantan la presión. Barricadas y estructuras metálicas desafían el statu quo. Protestas. Noches demasiado largas. Bajo cero. Días atrás, la policía reprimió con inusitada dureza a los miles de ucranianos que acampaban en la plaza de la Independencia. Hablan de democracia. De libertad. Hablan de la Unión Europea. Protestan contra el presidente Janukóvich y su rendición total frente al Kremlin. Protestan contra un sistema podrido por la corrupción de las élites. Protestan frente a la presión extrema que Rusia ejerce sobre Ucrania y que no está dispuesta a que la exrepública bascule hacia el oeste. Hacia Europa, la que se confunde con Polonia, la que juega con mayorías y minorías recíprocas en suelo europeo, en Polonia, en Alemania, en Suecia, en Ucrania. Pero solo son peones de una partida mayor. La de Rusia frente a Bruselas. La de una pretendida Unión Euroasiática como contrapoder a la Unión Europea. Rusia, Bielorrusia, Kazajistán aceleran su intento de unión aduanera para dentro de cinco meses. Ucrania es una pieza central en esta entente. Demasiados intereses en juego, geoestratégicos y económicos.

El viejo zar trae hambre atrasada. Quiere cambiar el paso. Imponer su impronta de un poder trufado de autoritarismo.

Apenas ha transcurrido una década desde la revolución naranja. Y los sueños de libertad y de Europa fueron robados. Fracaso. En aquel entonces era Viktor Yúshchenko quien enarbolaba la bandera de la libertad, de acercarse a Europa y de tumbar un sistema carcomido y corrupto. Era el anatema, la excusa, la bandera libertaria que servía para hacer frente a Moscú y romper el sistema fáctico. Europa era utilizada como arma de presión. También fracasó. Las oligarquías del poder y la lucha fratricida con su segunda, Timoshenko, hoy encarcelada, acabarían en el 2010 dando la victoria a Janukóvich, siempre, en las horas buenas y en las malas, tutelado por Moscú. El detonante de ahora es el portazo a un acercamiento de asociación con la Unión Europea y la rendición ante el Kremlin, que controla y bloquea las importaciones ucranianas y la llave del gas en el terrible invierno ucraniano. Rusia quiere resucitar su viejo poder; más de veinte años después de desmembrarse la Unión Soviética, Moscú irradia poder, quiere poder, atrapa poder y devora poder. Ucrania es una pieza clave. Cerrar una unión euroasiática sin Kiev es una espina que debilitaría las pretensiones de Rusia. Si bascula hacia Bruselas, las alarmas rusas saltan, su pérdida de poder e influencia serían letales para sus aspiraciones. No importa el precio que paguen los ucranianos. Ni su corrupta clase política, a buen recaudo. Siempre ha sido así. Siempre será así mientras las sociedades civiles claudiquen y miren hacia el lado de la indiferencia. Demasiadas décadas atrapadas en la red nihilista y destructiva del comunismo.

A diferencia del 2004, ya no se trata de repetir unos comicios usurpados y manipulados. Se trata de algo más. De descontento, de hastío, de cansancio hacia el sistema político y los políticos que gobiernan. Se trata de libertad. También de europeísmo, pero a menor escala. Es el acicate. El estigma. Pero la realidad es la que se vive en las ciudades, en pueblos y aldeas ucranianas. Son sus ciudadanos anónimos los que protestan. Los que alzan su voz. Los que mantienen una llama por la libertad, su libertad personal, la que sienten humillada y trufada por las élites políticas. La de una sociedad vigilada y un estado vigilante y postrado a los intereses de Rusia.

Un país fracturado. Un país que necesita cicatrizar su pasado. Barricadas en el centro de Kiev. Líderes que surgen desde las calles, el sentir popular, pero sin proyección alguna. Incluso basculan hacia la xenofobia. La misma que la Unión rechaza, pero sufre igualmente. Acampados de cualquier rincón de Ucrania, etnia y religión, todo suma, barricadas y alambres. Lumbres de resistencia en viejos bidones de tiempos pretéritos. Eslóganes de ayer y de hoy. Viejos y nuevos lemas. Misma historia. Pero en las calles de Kiev, en la plaza de la Independencia, de Europa, se libra una batalla mayor. La del poder regional. La de un férreo autoritarismo y de influencia que recoge los fríos rescoldos de la Guerra Fría. La de erigir una zona de influencia y cohesión que se contraponga a Bruselas y la Europa occidental. Moscú no tolera un jaque en lo que considera su viejo y natural espacio de influencia y dominación. Por el momento mantiene su alfil, un gobierno títere y sumiso a sus intereses de mano de un hombre aparentemente de acero y resistencia, Janukóvich. Pero la calle es incontrolable. Puede serlo aún más. A mayor represión, mayor indignación. Europa es rehén. O actúa o mantiene, como casi siempre, silencio en su pobre política exterior. Las cartas están boca arriba.

Abel Veiga Copo

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