Bebamos vino como bebemos cerveza / Hablemos de vinos

Bebamos vino como bebemos cerveza / Hablemos de vinos

Pero no en las cantidades que se bebe, sino más bien en el "cómo".

notitle
14 de diciembre 2013 , 04:33 p.m.

Últimamente he estado pensando en cervezas. Me da envidia cómo se beben. Pero, sobre todo, me da envidia cómo nosotros –los consumidores– nos enfrentamos a ellas. Con desenfado, con relajo, con cero expectativas más allá de que esté helada, de que sea fresca. Para escribir la más perfecta y entusiasta de las “notas de cata” de una cerveza, bastan cuatro palabras: “¡Qué helada que está!”.

Estoy convencido de que la baja de consumo de vinos en el mundo no se debe a que la gente esté consumiendo “menos pero mejor”, como se suelen justificar las dramáticas caídas en el consumo per cápita, sino que más bien se debe a que la gente, de pronto, ha percibido que el vino –de ser algo habitual, un alimento más en la mesa–, se ha vuelto sofisticado, especial; algo a lo que hay que prestarle atención.

Y de ahí que se debe abrir una botella de esta forma y no de esta otra; que hay que servir el vino a esta temperatura y que, por favor, no se te ocurra beber este tinto con este plato porque te pueden excomulgar los santos sommeliers del Olimpo vitícola. Cuánto nos puede sorprender que los consumidores se aburran de tanta parafernalia para refugiarse en una fresca cerveza.

¿Quién se preocupa del correcto servicio de la cerveza? ¿Es que alguien, alguna vez, se ha quejado porque el amigo abrió de forma inadecuado una botella? ¿Es que alguien se quejó porque los vasos no eran los correctos? ¿Es que alguien, alguna vez, se puso de pie para reclamar porque el contundente sabor del asado no podía ser “maridado” con la ligereza de la cerveza de turno?

Me gustaría que el vino se bebiera como la cerveza. Pero no en las cantidades que se bebe, sino más bien en el “cómo”. Nadie anda preocupado de formalidades, nadie se preocupa de tonteras. Cada uno conoce la cerveza que le gusta y las razones de ese cariño. Y vamos y la pedimos en la terraza en el verano, para quitar la sed (el vino también puede quitarla), y vamos y compramos un barril de cerveza para que anime nuestra fiesta (ojalá el vino se vendiera así), y bebemos dos o tres botellas porque sabemos que no vamos a quedar tirados en el suelo si lo hacemos (¡vaya uno a beberse una botella de tinto de 16 grados de alcohol!) y, más importante: nadie se cree poeta cuando bebe cerveza. La bebe y ya.

Si el vino tuviera al menos algo del comportamiento social que provoca la cerveza (y podría perfectamente tenerlo) las cosas serían muy distintas.

PATRICIO TAPIA
Especial de EL TIEMPO

Despierta con las noticias más importantes.Inscríbete a nuestro Boletín del día.

INSCRIBIRSE

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.